Saturday, June 21, 2014

Divagando


Hace varios días que no escribo y de eso tiene la culpa lo que leo. Cuando un libro me apasiona o me motiva, casi siempre logro hacer algo nuevo. Pero, ¡ay de mí!, qué aburrido, qué cuesta arriba se me hace lo que me he impuesto, lo que me obligo a leer en este momento.
Son dos novelas. Dos escritores que conozco sus obras casi en su totalidad, y aun así, o no estoy en el mood, o no es el momento ideal para esas historias. Ya veré si podré ser capaz de seguir, o simplemente, desistiré. Si un libro no me produce placer, lo aparto y digo lo mismo que Borges: "Yo aconsejo, ante todo, la lectura hedónica, la lectura del placer". La época en que me obligaba a leer todo Proust, una novela detrás de la otra como una tarea impuesta, ya pasó.
Las semanas también pasan sin apenas darme cuenta. Hoy, al firmar unos papeles en mi trabajo, vi que estábamos a 12 de junio, y caí en la cuenta de que hace exactamente treinta y cuatro años y seis días que arribé a este país.
Los (años) que viví en La Habana se me muestran en imágenes intermitentes, en silencio. Hay un silencio enorme en esos recuerdos. Algo ha cambiado, o soy yo el que he cambiado, pero no tengo nostalgias por aquel tiempo. Es como si proyectaran una película silente que me sé de memoria, y, mirando cómo se suceden las escenas, espero por la próxima, sabiendo de antemano lo que viene a continuación.
Como estaba cerca de la fecha señalada, se me ocurrió escribir una serie de relatos sobre mi arribo a Cayo Hueso y los primeros días en este país. Pensaba agruparlos con el título 1980. Me sentí entusiasmado con la idea, como me siento siempre que emprendo la tarea de comenzar un nuevo proyecto. Esbocé algunos pequeños relatos con la imposición de que nada político, o alguna sensiblería por la ciudad que quedó atrás se notaran claramente. Todo lo político, todas las pérdidas, tendrían que estar, aun sin nombrarlas, dentro de un lenguaje minimalista, desprovisto de sentimientos, como si narrara una noticia.
Pero no me convencían. Estaban forzados, no se deslizaban al releerlos, y cuando pensaba en ellos, por algún rincón de mi cerebro sentía una voz que me acusaba de no estar escribiéndolos para mí.Ni siquiera los guardé con la intención de revisarlos más adelante, y al borrarlos, me sentí aliviado. Ya no guardo nada. Si no me gusta lo que leo, lo elimino y lo olvido al instante.
Dos meses atrás volví a leer un pequeño libro de cuentos de un escritor x que me dejó un sabor extraño desde la primera vez. Con esta segunda lectura aquel extraño sabor retornó como antes junto a la imagen de x queriendo halagar, suplicando por una palmadita de aprobación. Lo imagino terminando el cuento y murmurando: "¿le gustará o no le gustará? Esa es la cuestión." ¡Qué patética visión! Le tengo pavor.
Han pasado varios días desde que comencé a divagar con esta cosa que hago para mi blog, y hoy desperté escuchando a Armstrong. Una canción, y después otra y otra. No se sale ileso con Armstrong. Algo se revuelve por dentro como una melcocha; se retuerce a su antojo, y ya no puedes hacer nada.
Amaneciendo, y Édith Piaf, Nina Simone, Jacques Brel, Ella Fitzgerald; un suicidio en Miami Lakes. ¿Han visto un video en You Tube con la cara de Jacques Brel cantando Ne me quitte pas? No hay nada tan trágico, ni tan suplicante, ni tan grande.
Vino a pasar el día con nosotros mi suegro. Entre los dos, desaparecimos el contenido de una botella de vodka, exageradamente grande, como todo lo ruso. Luis entró a la cocina, y me enseñó a servir el mejor trago que he tomado con esa bebida:
Un vaso ancho y corto (para mí es indispensable el tipo de vaso) varios cubitos de hielo, vodka al gusto, rellenar después con tonic water, y al final, agregarle el zumo de medio limón.
Es el paraíso, y la mejor manera de ver los juegos del Mundial.

Saturday, June 7, 2014

1, 2, 3, jump!



para Mariana, fotógrafa.

De todas las artes, la pintura y la fotografía son las que me apasionan. Cuando era un niño pintaba, una y otra vez, un barco con una banderita cubana en la popa, y entre las olas, formadas por simples líneas ondulantes, dos o tres peces idénticos. En una esquina, arriba, un sol de cara sonriente y varias nubes. Siempre repetía el mismo dibujo. No recuerdo que alguien me hubiera dado alguna opinión sobre mis barquitos, ni un halago, ni una crítica. Todavía hoy, pacientemente, dibujo lo mismo, sin que falten la bandera o los peces. Pero, muy a mi pesar, ha sido tristemente ignorada mi incursión en el mundo de las artes plásticas.
Con la fotografía fui un poco más lejos. Ya he logrado que todas las cabezas salgan en la foto. Hasta ahí. Tratando de superar la pericia de mi mujer, hace unos días, le tomé varias fotografías a la pecera. Viendo como ella obtiene maravillas de un espacio tan reducido, me creí capaz de hacerlo igual o mejor. Mientras buscaba ángulos diferentes, tomaba distancia y apretaba o movía botones (que no tenia ni la más remota idea de para que sirven), imaginaba su cara de asombro, cuando viera tan exquisito arte.
No voy a dar detalles del resultado. Lo dejo a la imaginación del lector.
Algo frustrado, decidí que seria mejor conformarme con ser un observador más.
Pero hoy, mirando por aquí y por allá en Facebook, encuentro varias piezas del fotógrafo de origen judio, Philippe Halsman, en colaboración con el pintor Salvador Dalí.
Ya había visto algunas de esas imágenes anteriormente, pero no me había interesado en saber quien era el fotógrafo. Ahí estaba el genial Dalí haciendo sus poses y ya. Quien estuvo detrás, manipulando el "movimiento", la cámara, eso nunca me lo pregunté, hasta hoy, y el placer que me produce descubrir algo interesante, me lleva a escribir esto, por la simple dicha de tener, aún, la capacidad de asombrarme con algunas cosas:
Halsman nació el 2 de mayo de 1906, en Riga, Letonia. En 1928, con veintidós años de edad, fue acusado de parricidio. Su padre murió cuando hacían una excursión en los alpes austríacos. Llevado a juicio, terminó encarcelado sin haber pruebas contundentes, influenciados por el antisemitismo que ya imperaba en Europa.
De los cuatro años, pasó dos en la cárcel, gracias a las gestiones en su favor, llevadas acabo por un grupo de intelectuales y científicos como Sigmund Freud, Thomas Mann, Albert Einstein, sólo por nombrar algunos.
Se muda a París y trabaja para la revista Vogue, hasta 1940. En los inicios de la II Guerra Mundial, viaja a los Estados Unidos, con la ayuda de Albert Einstein. Colabora con la revista Life, donde más de cien publicaciones, llevan fotos suyas en la portada.
Escritores, pintores, actrices, actores, políticos, directores de cine, cantantes, científicos, posaron para él. Algunos de ellos, reflejando el "jumping style" o "jumpology", como se le llamó al estilo de fotografiar a sus modelos, saltando.
Cuando una persona salta (decía Halsman) el cerebro no puede controlar las expresiones del rostro. De ahí surgió "Philippe Halsman's Jump Book", publicado en 1959.
Alguna consecuencia debe de haber dejado la caída que provocó la muerte de su padre, años atrás. Sus personajes, como si estuvieran suspendidos en el aire, podrían tener cierta influencia (directa o indirecta), de "aquél salto", pienso, mientras paso de una toma a la otra.
Murió el 25 de junio, de 1979, en New York.
Ahora observo una serie de fotos en diferentes tonos llamadas "Dalí Atómico" o "Dalí Atomicus".
Veo a los dos (el fotógrafo y el pintor) trabajando juntos. Escucho la voz engolada y profunda de Dalí dando órdenes, sugiriendo ideas, exigiendo siempre. Imagino a Halsman guiando al pintor, imponiéndose con cuidado ante el ego gigantesco del otro, apuntándolo con el lente.
A Gala en silencio, tal vez un poco aburrida, harta de tantas excentricidades, dejándose inmortalizar.
Los gatos lanzados con el chorro de agua al grito de 1, 2, 3, jump! y el maestro brincando. El movimiento contiene cierto aire de ingenuidad, de juego infantil.
Cinco horas y cientos de pruebas para lograr la toma que conocemos. Cientos de saltos, cientos de veces que fueron lanzados los animales y el agua.