Sunday, October 19, 2014

Una calle del barrio.


El barrio en el que vivo hace ya muchos años tiene algunas calles, ciertos rincones que, inevitablemente, forman parte de mi historia personal. Lugares por donde paso y algo de mí se transforma, me aplasta, o me lleva al borde de una alegría antigua, pasajera, casi infantil.
El viernes pasado, al llegar del trabajo, llevé el bus escolar al mecánico. El líquido del power steering goteaba sin parar, y no logré encontrar dónde estaba el salidero. Mientras manejaba el armatoste, iba preocupado. Una de las preocupaciones era que el mecánico cerrara el taller porque ya se hacía tarde, y la otra, los funestos augurios que me fue anunciando cuando le describí, por teléfono, lo que pasaba con la guagua: todos sabemos que la mayoría de los mecánicos son unos hijos de puta.
Entonces, para evitar el tráfico infernal, doblé en Miami Lakes Drive y tomé el perímetro que bordea al Palmetto Expressway. Ese camino, rodeado de árboles y sombras, tiene un encanto especial. Carlos M, el personaje de uno de mis cuentos, hace jogging los fines de semana por la orilla del canal que corre paralelo a la calle. Y yo, mientras conduzco, voy recreando en la mente otras vidas imposibles, o transformando mi realidad con fantasías absurdas, egoístas, inconfesables.
Siempre se piensa que la vida es injusta; sobre todo con uno. Por lo menos yo lo pienso. Tener que llevar la guagua al mecánico, interactuar con un motor asqueroso que me aterra, relacionarme con la gente que pulula en ese antro, verlos tan a sus anchas entre hierros y aceites, entre pistones, mangueras, y escucharlos, además de soportarlos, mirar sus caras, la manera de moverse, sus chistes que mientras más vulgares, más tontos; el patriotismo barato, sus camionetas gigantescas, las banderitas colgadas en los retrovisores, sus cadenas de oro, las imprescindibles gorras; se me hace cuesta arriba, me amarga. Es lógico entonces que, mientras manejo hacia allí, juegue un poco con la imaginación, que juegue ingenuamente a que eso (ese submundo) no forma parte de mí.
Me veo de una manera que, generalmente, me agrada. Así de ciego soy conmigo mismo. Llevo en el subconsciente una imagen de mí que no tiene nada, absolutamente nada que ver con la realidad. Y no me estoy refiriendo a sentimientos, a formas de ser; estoy hablando solo del físico.
Los espejos reales me muestran a un hombre que mi cerebro olvida, a un hombre que retorna, una y otra vez, y se personifica y molesta, incansablemente; un hombre desechable que me asombra cuando veo en sus ojos un brillo que me es familiar.
El "espejo" a donde mira mi cerebro, refleja a "aquél" que, por supuesto, ya no existe. Ni siquiera tiene una idea clara del paso arrollador del tiempo. Sé que estoy hecho un viejo, y un viejo que envejece mal. Pero dentro de mí, a pesar del deterioro constante e implacable, sigo siendo, aún, joven.
El perímetro termina con un signo de Stop. Una construcción de lo que parece ser una escuela o un pequeño hospital, que está casi terminado. Me agradan las combinaciones de colores de las paredes, las lámparas externas, las ventanas.
En el terreno aledaño pastan las vacas. Abrí la puerta del bus, y frené para observarlas. Algunas me miraban con sus ojos tristes, y sacaban la lengua y se la introducían en la nariz. Otra se rascaba los flancos contra la cerca. No dejaban de rumiar. Se empujaban.
Volví a cerrar la puerta. Miré el reloj: las seis y media y yo comiendo mierda. Acelero.

Saturday, October 11, 2014

La fiesta


Dos semanas antes de la reunión en la casa, Mariana ya no podía dormir más de dos horas seguidas. La madrugada entera se la pasaba dando vueltas en la cama, pensando en las recetas, en los ingredientes que utilizaría, haciendo listas mentales, listas escritas: todos los detalles calculados, programados, para el gran día.
Cuando hablábamos por teléfono, ella manejando el bus escolar y yo en mi trabajo, no hacía otra cosa que describir, detalle por detalle, los cambios o las nuevas ideas que se le ocurrieron en la noche, sin poder pegar los ojos. Y, como es común en ella, siempre llegaban nuevas ideas, que iba adicionando a las anteriores.
Tiene una frase que cuando la pronuncia, yo tiemblo:
-Estaba pensando...
Esas dos palabras pueden significar un millón de cosas. Casi siempre vienen precedidas de infinidades de proyectos, cambios, otras recetas, más gastos, más trabajo para mí.
Una fiesta en casa, una reunión cualquiera, alguna invitación simple para conversar y disfrutar de un vino, de un café, la convierte en detalles deliciosos, en pequeñas obras maestras que parecen salidas de las manos de un chef: platos con quesos variados, recipientes con mermeladas, aceitunas griegas,prosciutto, variedades de galletas, ensalada de pollo al curry, higos al horno con pasta de durazno, blue cheese y envueltos con bacon; semillas, frutas, vegetales, albóndigas con salsa teriyaki, pechugas de pollo a la naranja, etc.
Y la reunión que estábamos planeando era muy importante para ella porque vendrían sus padres, la tía Marta Calvo que vive en La Habana, Tanya Astol de NY, Miguelito y otros amigos, Alejandro con su familia, y los muchachos, que incluyen a Tati y Oscar, su marido.
Yo, por mi parte, me propuse ser un ayudante tranquilo, competente, entusiasta, y no el tipo histérico, peleonero y desagradable en el que me convierto cuando creo que las cosas que tengo que llevar a cabo me sobrepasan.
Ya a las cuatro de la mañana de ese sábado de fiesta, desde la cama, la escuchaba trajinar en la cocina. Por la rendija de la puerta del cuarto entraban los aromas a curry, a gallina asada, bacon, papas cocidas, a café recién hecho.
Bajé las escaleras hambriento, dispuesto a darme un festín, pero lo que me esperaba era un fregadero atestado de cazuelas sucias, batidora, platos, cucharas, recipientes de plástico, bandejas, cafetera, morteros, exprimidores de cítricos, y cuchillos que tendría que lavar. Sin chistar, lo limpié todo.
Cuando llegaron los invitados, mientras Elis Regina cantaba un bossa nova, todo estaba listo y la mesa del comedor cubierta de exquisiteces.
Fue un éxito. Todos comimos y todos estábamos contentos. Se habló (por supuesto) de Cuba, de Guillermo. Mariana me hizo contar, otra vez, la bronca que tuve con el conductor de una guagua en pleno Londres. Discutieron sobre un cantante de ópera que yo no conocía, sobre historias de la familia, de Jaimanitas, de los muertos, y Luis me preparó un bloody mary que no me gustó.
Al final quedamos solos, cansados, ordenando el desorden, limpiando el piso, guardando la comida que sobró en el refrigerador, acomodando las sillas, tirando la basura, echando en la lavadora las alfombras de la cocina, la del baño, escondiéndolo todo de la irrefrenable curiosidad de los gatos. Y cuando terminamos e íbamos subiendo hacia el cuarto, apagando las luces a nuestro paso, pensé que tener a Mariana a mi lado era una cosa muy buena.  


Sunday, September 28, 2014

Los recuerdos inconclusos

A los catorce años leí un libro de cuentos de Ray Bradbury. Aunque hayan libros que van con uno a lo largo de nuestras vidas, otros desaparecen al instante de cerrarlos, y "El hombre ilustrado" ha sido uno de esos que me han acompañado siempre. Es una sensación, como un sabor conocido y lejano que de solo recordarlo, salivas.
Si me pidieran que señalara un relato sobre las relaciones humanas, no dudaría en nombrar a "Caleidoscopio" como uno de los cuentos más desgarradores que conozco. Me confieso incapaz de poder lograr semejante ambiente en una historia tan corta; de poder crear, con doce hombres que van cayendo hacia un terrible final, tanto desconsuelo. Esa es la palabra: desconsuelo. 
La vida que se termina, y no pueden hacer nada para evitarlo. La soledad y la muerte perdidos en el espacio; y lo único que les queda (aunque saben que por muy poco tiempo) es comunicarse y descargar sus odios, sus miedos, sus frustraciones, los recuerdos de la alegría vivida, y la miseria humana (la más popular, como decía Arenas).
Volví a leer ese pequeño y a su vez inmenso relato. La idea de los hombres cayendo como una metáfora. Podría decir, por ejemplo, sin temor a ser demasiado obvio, que es como la vida misma, como la caída vertiginosa que conduce hacia un inevitable final.
Pero ya estoy demasiado viejo (mi madre diría demasiado cujiao) para no comprender que todas las sensiblerías que he descrito antes tienen otro fondo, otros motivos, que sin proponérmelo, interactúan entre la ficción y mis recuerdos.
También, hace unas horas, llegué a la página final de "Un mapa dibujado por un espía", de Guillermo Cabrera Infante, y, aunque de una forma más urbana (para utilizar su propio lenguaje), es también un libro sobre la caída imparable hacia el abismo, una historia de desencuentros, o el advenimiento de la pérdida.
He leído varias críticas enfocadas en los errores que contiene la novela, o la autobiografía (es un poco de ambas), que podían haber sido corregidos, y estoy de acuerdo. Porque el libro no sufriría nada, y sí ganaría mucho si hubiera sido revisado a fondo antes de publicarse. Pero no es mi intención hablar sobre lo mismo.
Cualquier persona que lea esto que escribo se hará la pregunta más simple y lógica: ¿qué coño tiene que ver un cuento de Bradbury con la novela de GCI? Por supuesto que nada. Entonces, ¿de qué estoy hablando? Estoy hablando de lo único que hablo siempre: de recuerdos.                                     
                                          ______

Vuelvo a este relato después de abandonarlo por unos días. Lo he revisado varias veces hasta llegar a la palabra "recuerdos", y aun teniendo otras ideas para continuarlo, incluso la frase final, no me he decidido. Inmerso en las descripciones de la ciudad que más amo, con personajes que me son familiares y en el ambiente extraño y a la vez fascinante del mundo (o de los otros mundos) de Bradbury, me llené de recuerdos y vivencias.
Una de las propuestas era describir la fría y brumosa tarde que pasamos tomando un té delicioso y unos espaguetis blancos (¡al dente, tienen que estar al dente!, exigía Guillermo en su departamento de Londres, donde había que sortear las montañas de libros por todos lados, mientras Miriam Gómez, desde la cocina, me preguntaba si yo era puertorriqueño).
La otra idea (algo descabellada, por supuesto) era mezclar, con esos recuerdos, la primera vez, hace ya más de cuarenta años, que leí a Bradbury. Pero, como dije antes, han pasado varios días, y las sensaciones que me dejaron la lectura de los dos libros se esfumaron. Entonces, tal vez por la imposibilidad de seguir, o porque así lo he decidido, lo termino aquí.

Saturday, September 13, 2014

Los peces muertos


Murieron nueve. Ocho neones y el blanquito que parecía un fantasma. Iban flotando, dando vueltas, chocando contra el cristal mientras las branqueas, lentamente, dejaban de moverse y las bocas buscaban la última bocanada de oxígeno. Después, en todos los rincones de la pecera, los pequeños peces muertos parecían recordarme lo que hice mal.
Cuando cambiamos el agua, cambiamos también el método que anteriormente nos había dado buenos resultados, y la culpa fue mía. Con un sistema muy ingenioso y fácil (lo conocí cuando comenzamos con la piscicultura, mientras buscábamos instrucciones en Internet) que se conecta a la pila del fregadero, succiono el agua y toda la inmundicia, después la vuelvo a rellenar directamente de la pila, con solo maniobrar una pequeña palanca de color azul. Para contrarrestar el cloro, echamos unas gotas de un producto que lo elimina y otro que equilibra el ph del agua (no me pregunten qué es el ph del agua, que es muy complicado). Pero esta vez no lo hice así. No se qué pasó. Me dediqué a recoger los instrumentos, a lavar el filtro, los troncos, separar las decenas de babosas que se reproducen como por encanto, y los peces murieron.
Trato de justificar mi error.
Recuerdo que desde hace varias semanas el agua potable que recibíamos de Biscayne Bay, no viene más. Ahora es de Hialeah y tal vez no haya sido tan pura como la anterior.
El nombre de Hialeah me trae recuerdos agridulces de cuando llegué de Cuba y viví algunos años en esa ciudad. Casualmente, mi primera vivienda era un efficiency mugriento (donde nos apretujábamos para subsistir dos amigos, la mujer de uno de ellos, y yo) que quedaba detrás de la planta purificadora de agua de Hialeah.
Como me siento molesto y culpable, trato de no pensar más en los peces que murieron y preparo un sandwich de jamón, queso, mayonesa y mermelada de naranja. Me acomodo con el plato desechable y una lata de jugo de guayaba en la mecedora de la terraza huyendo del frío glacial que impera dentro de la casa. Mientras voy tragando, decido la fecha exacta para comenzar una dieta. Olvidaré las comidas fritas, los dulces, el pan, las galletas. Voy a dejar todo lo que me gusta, y comeré manzanas, zanahorias, lechugas, yogures, tuna, sardinas, y todas las demás bazofias. Mientras más le doy vueltas en la cabeza a lo que me espera, me dan deseos de llorar, de cagarme en mi madre, de maldecir a todos los santos; pero sigo masticando, y termino de comerme el sandwich, que está muy bueno.
Y aquí estoy, meciéndome lentamente, recibiendo el sol implacable que dentro de muy poco me hará volver adentro, sin pensar en nada en particular, o más bien pensando en muchas cosas a la vez: en la telenovela brasilera, en el árbol que daba sombra y atraía a los pájaros, y ahora ya no están las sombras, ni los pájaros, ni el árbol, pensando en que tengo que llevar a Nataly a Kinkos para hacer varias fotocopias de colores que necesita para un proyecto de la escuela, que al bus escolar le están poniendo los forros de los asientos porque estaban hechos una calamidad, "que el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos", que cada día soporto a menos gente, que tengo miedo a morirme y no me cuido, que volví a leer El guardián en el centeno, de Salinger, y que no me pareció la gran obra que años atrás creí que era, que si tendrá algún sentido que escriba estas descargas inútiles, y aún peor: que después las envíe por email a otras personas, que la muchacha que caminaba con los perros se fue del barrio, que de Hialeah recuerdo dos cosas, un viejo artículo de Gina Montaner titulado Feísmo, y la otra es una madrugada manejando hacia la factoría, cuando en la radio Aznavour comenzó a cantar La Mamma, y que el cielo de aquella madrugada era de un color morado, y las nubes estaban bajas, apelotonadas, y un perro cruzaba la avenida, y lo seguí mirando mientras continuaba su camino, y yo me sentía muy solo.





Saturday, August 23, 2014

She's only rock 'n' roll



Hoy terminan mis vacaciones y las de todos en casa. Mañana comienza el nuevo curso escolar. Mariana está buscando canciones de Mick Jagger, de Freddie Mercury, y baila feliz porque volverá a trabajar y a dejar, por unas horas, a los nietos en la escuela.
Las paredes retumban mientras cantamos: we are the champion, my friends... and we'll keep on fighting till the end... Gritamos como si entonáramos un himno, como si aún fuéramos aquellos jóvenes apasionados y llenos de esperanza que un día fuimos. Gritamos y cantamos y una nostalgia por lo que éramos, por lo que ganamos, por todo lo perdido, nos acompaña en los gestos, en el ritmo de la canción, en el aire.
Para devolvernos al tiempo presente solo faltaría que el vecino nos toque en la puerta encabronado, exigiendo que bajésemos el volumen.
La imagen acaramelada de la abuela en la cocina, preparando un delicioso apple pie y varios niños ayudando felices, es una de las grandes falacias que existen. Pasarse unas vacaciones rodeado de niños puede ser algo terrible. Puede provocar sentimientos funestos, sensaciones insospechadas, fisuras cerebrales, cansancio eterno, jaquecas perennes, angustias existenciales, miedo a la oscuridad, deseos de matar, de gritar, de autoflagelarse. El apple pie tendría un sentido más lógico si se convirtiera en un arma mortal, y la dulce abuelita en Jack the Ripper.
Así que ya pueden comprender mejor el por qué de los deseos de Mariana de bailar por toda la casa. Ella solo quiere bailar y cantar después de casi tres meses de vacaciones escolares rodeada de ángeles insaciables.
En You Tube, Mick Jagger se descoyunta: Goodbye, Ruby Tuesday, who could hang a name on you?. Cuando veo a Mick Jagger en el escenario me recuerda a una lagartija en dos patas con el mal de San Vito. Se lo grito por encima de la musica y se ríe y sigue cantando: when you change with every new day, still I'm gonna miss you.
Yo también tuve mi descanso del trabajo, aunque solo fue por una semana. Siete días pueden ser muchos días. Pero no me quejo, hubo cosas que también valieron la pena. Terminé dos novelas que venía leyendo a trompicones, con la ayuda de Oscar le pusimos freón al aire acondicionado del van, lavamos entre todos el bus escolar, cambiamos el agua a las peceras, compramos otros peces, no me afeité, esperé pacientemente a que mi madre me llamara algún día por teléfono, limpié el filtro del aire acondicionado de la casa, hicimos arroz con leche, y nos fuimos a la cama de madrugada, después de hartarnos con programas de asesinatos y de bicharracos extraños.
Comencé a leer otra novela aunque a la pantalla de mi tablet le han salido unas líneas verticales que la cruzan por el centro. Ya no sé qué hacer. La apago, vuelvo a prenderla, pregunto en la página oficial, y no encuentro una respuesta apropiada. Yo ya tengo la respuesta, y es la más fácil: comprar otra; pero en estos momentos no puedo. La crisis económica mundial nos toca a todos y a mí me aplasta lentamente.
Como estaba diciendo, empecé a leer otra novela. Es más bien una especie de autobiografía de un escritor japonés. Sé que puedo parecer monotemático; cuando me da por algo, no hay quién me pare. Ahora me ha dado por el Japón. Anteriormente me dio por Argentina. Desayuné, comí, cagué, soñé, con Argentina. Hoy hago lo mismo con el Japón.
El libro comienza con una descripción de lo que el escritor observa por la ventana de la habitación donde escribe. Se encuentra en un apartamento alquilado en el norte de la isla Kauai, en Hawai, donde se ha alojado para escribir. Desde su escritorio ve un cielo de un azul parejo, sin una nube, el mar, las rocas, la espuma de las olas. Corre varios kilómetros por la playa al amanecer, después se da una ducha, y con una taza de café recién hecho, comienza la tarea de escribir. Compara el calor abrumador de agosto en la ciudad de Cambridge, Massachusetts, donde reside, con la brisa fresca que le llega del mar y entra por la ventana abierta.
¡Qué maravilla! Yo también voy a escribir una novela. Primero selecciono el país, la ciudad, o el pueblo que deseo, y alquilo un departamento. Con el cheque que la editorial me adelantó, puedo pagarlo todo con comodidad y sentarme a trabajar. Estaré seis meses apartado del mundo. Sí, me impongo ese tiempo, necesito soledad, silencio, un ambiente adecuado a las ideas que llevo en mente... correré junto al mar mientras escucho mi música preferida... o por el campo, si me decido por los árboles y la tierra. La comunicación con la familia, los amigos, las editoriales, será solo por Internet. No aceptaré invitaciones, ni entrevistas. Seré casi un asceta.
Vuelvo a la realidad. Rosy está parada frente a mí con los zapatos que va a usar mañana en la escuela para que le ponga los cordones. Dejo la tablet con las rayas en el centro de la pantalla, la playa solitaria, los bosques y me dedico a los zapatos. Los quiere de una forma diferente a como sé hacerlo, y no lo logro. Se frustra. La convenzo de dejarlos como estaban. A regañadientes lo acepta.
Mariana sigue con su rock mientras prepara el almuerzo. Habrá garbanzos fritos con chorizos y arroz blanco. Me llama. Tengo que cortar las cebollas, machacar los ajos, fregar las cazuelas.
Another one bites the dust.
Another one bites the dust.
Salto al centro de la sala, cierro los ojos mientras brinco y canto:
Another one bites the dust!!!
Nataly, Rosy, Gianna y Mariana se ríen imitando mis movimientos torpes, feos. Me rodean, y bailamos y reímos.





Monday, August 11, 2014

El último tripulante


Contó que primero fue el silencio. Calcularon uno, dos, tres, cuatro... y a los cuarenta y tres segundos un enorme fogonazo de luz seguido por una onda de choque y después otra. Éxito total: 140,000 muertos en la ciudad de Hiroshima. Tres días después, Nagasaki recibió la segunda bomba. 80,000 muertos. Éxito total, repitió. Seis días mas tarde, Japón firmaba su derrota.
Leo en el periódico de ayer, que el último tripulante del Enola Gay murió. Theodore Van Kirk falleció de causas naturales a los 93 años de edad en una residencia para ancianos en Stone Mountain, GA, el pasado día 28 de Julio.
No es mi intención hacer un análisis sobre este episodio de la historia. Ya se ha escrito mucho sobre eso y mis conocimientos son tan superfluos que solo causaría pena una intervención mía sobre el tema. Pero, como no sé escribir de casi nada que no sea sobre lo que me rodea, o lo que de alguna manera me toca personalmente, siento, al imaginar ese instante fatídico, el horror, el pánico de una persona indefensa ante las armas de destrucción masiva y no puedo dividirme ni entender de políticas, ni de gobiernos, ni de banderas, ni de religiones y mucho menos de razones que lo justifiquen.
Sigo con el viejo periódico sentado cómodamente en la sala de mi casa. Una noticia detrás de otra ilustrando la tragedia de vivir día a día con el terror. Ahora es Israel y Palestina. Veo las imágenes, los edificios cayendo, los misiles sobrevolando la noche, los heridos, los muertos, túneles, banderas, tanques, fanatismo, miseria, destrucción.
Pongo a un lado el periódico.
Me duele la cabeza. Tomo dos analgésicos con un vaso de agua. No dormí bien. Pasé la noche teniendo pesadillas. Desperté varias veces durante la madrugada, y al volver a dormirme, los sueños continuaban en el lugar donde se habían interrumpido. Generalmente mis sueños son repetitivos y pueden tener diferentes personajes, pero en casi todos, ando buscando algo, persiguiendo cualquier cosa angustiosamente: mi carro perdido, la salida de un túnel, lograr regresar a mi casa desde La Habana, encontrar un objeto, descubrir que mi padre está ahí, delante de mí, pero no me puede ver, etc.
Anoche soñé que me daban una noticia. Una voz que escuchaba desde un lugar impreciso me anunciaba que Pablo, mi gato, que murió hace más de seis años, estaba muerto.
Mientras lo buscaba, iba caminando por unas calles oscuras, llenas de fango. Todo alrededor había sido destruido; edificios sin ventanas, casas sin techos, árboles caídos, ruinas. Encuentro, tirado sobre un charco, a un gato. No es el mio. No es mi gato, no es mi gato, repito en alta voz. Me asombra el sonido de mis palabras chocando y rebotando contra las paredes. Chorrea un liquido turbio, espeso que va impregnándolo todo. Continúo caminando por lugares cada vez más inhóspitos, más asquerosos, más oscuros. En cada paso que doy hundo los pies en una masa húmeda mezclada con grumos de tierra. No hay nadie por las calles, ni dentro de las casas, ni detrás de lo que queda de alguna pared; pero un murmullo, un cuchicheo lejano me rodea. Cuando trato de escuchar, es como si miles de insectos rasparan sus patas contra una superficie porosa.
Llego a un lugar llano iluminado por una luz intensa. Había varias rocas separadas unas de las otras y un césped de un color amarillento que cubría el terreno. Sentí placer al llegar a aquel lugar. Pensaba que podía quedarme allí, que no regresaría nunca. Me acuesto sobre la hierba y soy joven y soy ligero y estoy feliz de acostarme sobre la hierba. Hay un silencio como es el silencio debajo del mar. Un sonido de helicóptero se acerca y lo interrumpe todo. El zumbido monótono de las aspas me produce un extraño sentimiento de soledad. Los primeros disparos fueron como gruesas gotas de lluvia cayendo sobre la tierra árida. Comencé a correr. Me refugié detrás de una roca, y antes de volver a huir, pude ver la panza del helicóptero y al soldado disparando con una ametralladora. Las balas me perseguían.
Mientras corría, pensaba que hubiera sido muy bueno poder quedarme allí, acostado, sobre la hierba amarilla.

Sunday, July 27, 2014

Breves apuntes sobre uno mismo.



Uno se despierta seis minutos antes de que suene la alarma a las cuatro de la mañana, repasa a grandes rasgos las tareas del día remoloneando por varios segundos debajo de la colcha, va al baño, sentado en el toilette sigue repasando lo que le toca hacer, se ducha, se cepilla los dientes, se unta desodorante, se echa colonia en los brazos, en el cuello, en la cabeza, se viste, baja a la cocina, prepara el café, pone en la mochila el lunch, un yogurt, un banano, la tablet, el cargador de la tablet, recoge del escurridor la loza limpia, la guarda; los platos en su lugar, los cubiertos en su gaveta, el cuchillo en la caja donde están los otros; toma el café, lava la taza, la cafetera, deja caer la borra por el desagüe, prende el triturador eléctrico, enjuaga el fregadero, seca la meseta, apaga la luz de la cocina, abre la puerta y sale.
Uno maneja con precaución, vigila a los policías, activa la señal si va a doblar derecha o si tiene que tomar a la izquierda, frena en los stops, mira hacia un lado, después hacia el otro antes de seguir, utiliza las mismas calles, treinta millas por hora donde exigen las treinta millas por hora, aparca en la estación del tren, apaga el carro, guarda las llaves en un pequeño bolsillo de la mochila, agarra el celular, abre la puerta y sale.
Uno espera el tren revisando Facebook, buscando algo medianamente interesante, y a veces lo encuentra, pero solo a veces; saluda good morning a la mujer que pasa, que le responde buenos dias, dejando en el aire un olor a comida frita, a aceite quemado; marca la tarjeta en la máquina y se monta al tren, busca el asiento acostumbrado, se sienta, sigue revisando cualquier cosa en el teléfono, dormita por varios minutos, se levanta cuando está próxima la parada de Cypress Creek Station, y cuando al fin arriba a la estación y se abren las puertas, sale.
Uno llega al trabajo y espera a que sean las cinco y cincuenta y cinco, marca en el reloj los últimos cuatro dígitos de su Social Security, pone la mano abierta sobre una pequeña plancha de metal hasta que en la pantalla se enciende una señal roja diciendo: OKAY: 0000, guarda la comida en el refrigerador, abre el candado alineando los cuatro números claves, busca la taza blanca de porcelana, va al comedor, la friega, la llena de agua, la pone en el microwave tres minutos, presiona el botón de start, espera hasta que faltan cuarenta y nueve segundos, saca la taza, sobre el agua hirviendo echa dos cucharaditas de café instantáneo, dos cucharaditas de crema y una cucharadita y media de azúcar, lo revuelve, tira la cuchara en la basura y, con cuidado para no derramar el líquido, regresa a su lugar de trabajo, escucha Pandora con los audífonos puestos, canturrea bajito una canción de Silvio; cuando aparece una oportunidad, lee tres, cuatro páginas del e-book del momento, lo deja, trabaja, lleva los papeles a la oficina, saluda a la muchacha obesa, le dice qué calor, sí, y no para de llover, responde ella: gracias, le dice uno, you are welcome, responde ella; hace fotocopias, envía un fax; a las doce en punto, para el lunch, vuelve a marcar los cuatro dígitos, otra vez la mano abierta en el reloj, come la ensalada mientras lee la novela, termina de comer, va al baño, se lava las manos, se enjuaga la boca, orina, se vuelve a lavar las manos, vuelve a marcar los cuatro dígitos en el reloj, la mano abierta, OKAY: 0000, regresa al trabajo, escucha canciones de Buika; a las dos y media es la hora de irse, lo cierra todo, guarda en la mochila la tablet, el cargador, el celular y sale.
Uno vuelve a esperar el tren en el andén, esta vez hacia el sur, y suda y suda; a las tres y dos minutos arriba a la estación, se abren las puertas, entra al vagón, se sienta, lee, con la sensación de frío del aire acondicionado se va durmiendo, cabeceando, hasta que llega a Opa Locka Station a las tres y cincuenta; se levanta del asiento, se abren las puertas y sale.
Uno llega al carro y lo abre, recibe un golpe de vapor en la cara, se acomoda, se pone el cinturón de seguridad, lo prende; conduce por las mismas calles frente a los mismos comercios, el mismo canal, los mismos patos en el canal, los mismos semáforos, la misma escuela, la misma iglesia, el mismo parque, la misma mujer con el mismo perrito hablando por teléfono, el mismo hombre trotando como un atleta profesional, la misma muchacha trotando torpemente, el mismo barrio; dobla en la misma esquina, el mismo drogadicto esperando con la mano extendida, la misma gasolinera, el mismo hueco en el asfalto, llega frente a la misma casa, aparca en el mismo parqueo asignado, abre la misma puerta y entra.