Sunday, January 18, 2015

Dos frases y una foto


Casi no me pregunto nada, aunque no dejo de sentir que, intuitivamente, supiera todas las respuestas. Es esta una frase demasiado ególatra. Puedo borrarla o cambiarla por otra, y nadie me acusaría de engreído, de prepotente, de comemierda, y de mil cosas más que siempre están dispuestos a señalar.
Podría escribir, por ejemplo: "la vida me ha enseñado demasiado y he vivido lo suficiente para conocerlo casi todo". ¡Esto le encantaría a mi madre!. Creo que se la he escuchado repetir muchas veces. Quedaría mejor y un poco menos provocativa, digamos. Pero lo esencial es que dice la verdad. Porque cuando escribo que "intuitivamente, supiera todas las respuestas", estoy mintiendo. Pretendo demostrarle al lector que "ya estoy de vuelta de casi todo". Es como si le dijera:
_No sé... desde aquí arriba te veo tan pequeño...
Sin embargo, la vida sí es la que enseña, aunque no me guste decirlo de esta forma. ¿Entonces, mi madre tiene la razón? La tiene, debo reconocerlo.
Aquí voy a hacer un pequeño paréntesis: tengo frente a mí, sobre la mesa del comedor, una caja que encontramos en la gran recogida que hicimos en casa. Está llena de fotos. Algunas de ellas no las recordaba, otras destapan una caja de Pandora con recuerdos, voces, olores. 

Continúo.
Otra frase muy común es "me duele en el corazón". Imaginen a un escritor de hoy que publique algo así: "mientras miraba c
ómo ella se alejaba, el corazón le dolía de amor y de tristeza". Por supuesto que en estos días muchos escriben así (y lo publican); pero yo hablo de escritores, ¡por favor!.
Y como hoy me dio por las frases, digamos, ridículas, tengo algo que decir de esta última, la del corazón adolorido (que no partido, lo cual sería un caso clínico, de urgencias, de corre-corre): por respeto a mí mismo no la usaría jamás, salvo que la pusiera en la boca de algún personaje, y así, yo tomaría una distancia prudencial. Es más, hace algún tiempo la creía, además de ridícula, cursi, fuera de época; también ilógica, porque científicamente todos sabemos que el corazón es un simple músculo desvinculado del amor, del dolor, de la pérdida o de la empatía. Eso no lo digo yo, lo dicen los científicos, empeñados en echar por tierra millones de poemas, novelas, canciones, grafitis, envoltorios de chocolates, globos con ositos de peluches, mensajes en los celulares, y susurros a la luz de la luna. No es por casualidad que los científicos poseen fama de ser unos aburridos.
Pero el corazón sí duele. Voy a ser aún más osado: el corazón duele de amor. Ya, lo dije.
Catorce años atrás nació mi nieta Nataly. Nació de unos padres que no debían procrear ni a una lagartija, mucho menos a niños. Cuando la vi, supe que iba a caer hacia el vacío sin protección de ningún tipo, y me lancé. Como la gente que no debe de procrear ni lagartijas no tienen en sus cerebros una idea clara con relación a nada, tuvieron a mi otra nieta, Rosy, como a una lagartija más. Y yo, que ya caía sin protección, seguí cayendo aún más profundamente.
Cuento todo esto para llegar a la frase "me duele el corazón", de la que venía hablando. Sí duele. Pueden tratar de refutarme con datos científicos y demostrar que estoy equivocado, pero sí duele. Es muy físico ese dolor. Se retuerce adentro y provoca mucho daño.
Cuando los padres de las niñas, por cualquier razón (o sin ninguna, que era lo más común) las separaban de nosotros, cuando las escuchaba llorar de terror, cuando sabia de golpes, de maltratos, de hambre, de peligros que las amenazaban, literalmente me dolía el corazón. Me dolía como duele un brazo, la cabeza, el est
ómago.
Por supuesto que es una frase ridiculona, pero, en contados casos, describe algo que sucede realmente.

Ahora voy a tratar de ser lo más serio posible (lo que no quiere decir que lo logre). Todo este arroz con mango de palabras y explicaciones que no aportan nada nuevo a nadie tiene su por qué, y eso solo lo sé yo. 
Aunque, aparentemente, no tiene nada que ver lo explicado antes con lo que voy a describir ahora, surgiendo de la nada, casi por azar, una pequeña fotografía color sepia, olvidada desde hace mucho tiempo me trajo, como del rayo, antiguas memorias. Y con los olores reencontrados, las palabras perdidas y la confusión de los recuerdos, surgieron estas anécdotas, sus frases y la ambigüedad entre la realidad y la imaginación.
Hace varios días, debajo de mi mouse pad, conservo la foto que apareció entre papeles olvidados y los arreglos que hicimos en casa. Cuando tengo tiempo y estoy solo, la observo una y otra vez.
Son tres personas. Un hombre y una mujer sentados, y sobre las piernas de la mujer, un niño que llora. Los dos adultos miran hacia puntos divergentes; el niño, parece pedir a gritos que otra persona lo cargue y lo consuele.
El hombre observa a la cámara. En su mirada hay cierta sorpresa y mantiene los ojos muy abiertos. Cuando enfoco mi vista en ellos, creo notar una profunda soledad. Quiero pensar que est
á harto de lo que lo rodea. Construyo una pequeña historia: el hombre sueña con estar muy lejos de allí, de la mujer, del niño que no para de llorar, y fantasea con recuerdos, con historias inconclusas, con otros lugares, con otros amores. Los brazos del hombre reposan sobre las piernas, como si no formaran parte de su cuerpo, como si quisieran salir huyendo, escapar.
La mujer es hermosa y lo sabe. Su cara está ladeada ligeramente hacia la derecha en una pose para mostrar el cuello, la oreja, el pelo. Observa un punto alejado del lente. Sus ojos, y la boca ligeramente crispada, pueden dar una sensación de arrogancia. Creo que la mujer desea algo que no está allí. La mujer, así lo decido yo, cree que en cualquier momento podría explotar, gritar, lanzar al niño al suelo, y salir corriendo. La mujer enlaza (más bien agarra, aprisiona) con un brazo la cintura del niño que se retuerce, llora, y clama por otra persona que no está en el área que cubre el lente. La mujer detesta, secretamente, al niño, y aún más al hombre que está a su lado. La mujer no está del todo consciente de su verdadera rabia hacia ese niño impertinente, llorón, que prefiere a otra y a ella la rechaza. Del odio que siente por el hombre sí tiene plena conciencia. Ella lo compara con un cuchillo afilado, brillante, frío. Sabe que no puede huir, y eso la llena de rencor. Un brazo descansa sobre la pierna cruzada, elegantemente, hacia delante.
El niño parece querer escapar. Tiene la cabeza ladeada hacia su izquierda y levanta los brazos buscando la atención, o el consuelo, de quien no se ve en la foto. Detrás del niño, sobre la pared del fondo, puede apreciarse la sombra o la silueta de alguien. Me pregunto si es a la que el niño llama, llorando y elevando los brazos. Sigo con mi historia: la persona que el niño reclama, es una mujer vieja y negra, con el pelo muy blanco, que huele a comida frita y a cigarros, y es a la que pertenece la sombra que se refleja en la pared.
Ahora soy el fotógrafo. Tengo en mis manos una Zenit de 35mm y regulo el lente, preparo el flash, y me dispongo a tomar la foto. Frente a mí una familia posa. Es una hermosa familia. Enfoco con el lente el centro del grupo. Una vieja, por detrás, le habla al niño, le canta, hace murumacas. No puedo concentrarme. El niño no se está quieto un segundo. Si pudiera, lo golpearía y echaría a la vieja a la calle. Disparo.





Sunday, January 4, 2015

El colchón



Fuimos a Costco para comprar pan, agua en botella, huevos y algún detergente. Si hubiera ido solo, hubiera buscado estrictamente lo que me interesaba y ya, pero, con Mariana es diferente. Mariana lo primero que hace es ir a la sección de televisores. ¿Vamos a comprar alguno? Para nada. Tenemos cuatro televisores en casa. ¿Entonces por qué ir a esa sección? Porque ella tiene que mirar toda la tienda, producto por producto, precio por precio, aunque no lo compre. Mariana disfruta de esos paseos por las tiendas. Nobody's perfect
Y, por esa razón, estábamos cerca de los colchones. Yo a los colchones no los veo, es como si no existieran, son invisibles a mis ojos. No creo que haya en el mundo un trabajo más aburrido que el de vender colchones. ¿Han entrado alguna vez a una tienda de colchones? ¿No les despierta los oscuros deseos de colgarse de una viga del techo? A mí, sí.
De pronto Mariana me agarra por el brazo. Estaba pálida, con los ojos extremadamente abiertos, mientras me apretaba con fuerza, casi jadeante, como si ante ella se hubiera personificado el mismísimo Jesús.
_¡Mira!- me dijo, señalando algo.
_¿Qué miro?- le respondí tratando de adivinar lo que me mostraba.
_¡No lo ves?!-replicó, incrédula.
_¿Qué es lo que tengo que ver?
_¡El colchón!- su entonación no era la entonación con la que se nombra a un colchón cualquiera, era El Colchón, el non plus ultra de los colchones.
_¿Cuál colchón?, lo que veo es una caja.
Me observó como se observa a un bicho miserable.
_El colchón del que te he hablado por años, el mejor de todos, ¡miralo, no la mierda vieja que tenemos sobre la cama!
Me dolió. Me sentí ofendido (como si frente a nosotros hubiera pasado un hombre con un cuerpo perfecto, de esos que te hacen sentir que eres una especie de cucaracha en dos patas, y ella hiciera comparaciones entre los dos). Mi colchón, sobre el que tantos años hemos dormido, donde tanto hemos conversado, sobre el que hemos soñado, amado, donde hemos discutido, sobre el que hemos planeado nuestras vidas y las vidas de las niñas, donde hemos descansado, soñado, donde hemos sufrido y despotricado de la familia, de los amigos; resulta que ahora es "una mierda vieja".
Ella continuaba tratando de convencerme y yo solo veía una caja enorme con la fotografía de una mujer acostada sobre una cama, y el dinero que tendría que pagar por él.
Las explicaciones se extendieron:
1ero: el precio regular es alrededor de los $900 y estaba rebajado a menos de $300, porque era el último que quedaba en la tienda.
2do: era científicamente comprobado que ayudaba a la circulación, a soñar cosas agradables, a eliminar los mil y un dolores con los que despierto cada madrugada, es extremadamente confortable, como por arte de magia eliminaría mis ronquidos, y además, era del tamaño de nuestra cama, que es queen size.
3ro: las otras maravillas que poseía el milagroso traste las olvidé al instante. 
Como todo un buen esposo que sigue los consejos de su mujer, fui a buscar un carrito más grande para montar la caja, que era inmensa. Después de seleccionar el pan, dos cajas de agua en botella, detergente para la lavadora de ropa, detergente para la lavadora de platos, toallitas suavizantes para la secadora, toallitas húmedas para el culo, leche, huevos, dos tipos de quesos, crema para el café, comida para los gatos, y un paquete descomunal de papel higiénico, llegamos a la caja registradora. Lo que sería una compra relativamente pequeña, se convirtió en el sueldo de una semana de trabajo.
¿Terminó todo allí¿Cambié el colchón, tiré el "viejo de mierda", y ya? ¿Nos acostamos a disfrutar del nuevo confort que nos proporcionaría? No.
Tal vez, si fuéramos una familia común, cuerda, asentada, una familia simple donde las decisiones se toman después de analizar los pros y los contras, tal vez, repito, todo hubiera terminado de aquella manera. Pero nosotros no somos convencionales, y mucho menos racionales. 
Una familia como nosotros tiene algo enloquecido que marca cada uno de sus pasos. Una familia que, cuando visitamos Charleston, South Carolina y descubrimos los hermosos jardines y los patios de las mansiones sureñas, nos dio por crear nuestro propio jardín, y para adornarlo dándole un toque de antigüedad, entre otras cosas, yo me robaba los adoquines de las calles, y hasta un viejo hidrante de incendio en una callejuela olvidada que traté de cargar en el maletero del carro sin conseguirlo (por suerte o hubiera ido preso). Una familia que decide construir (sin tener la menor idea de cómo hacerlo) una fuente con peces y corre a los canales de la Calle Ocho, en los Everglades, y mientras Mariana vigilaba, yo me metía al agua (que de pronto me cubría) para recoger plantas acuáticas, y descubrir, cuando milagrosamente salí de allí con vida, que estaba rodeado de caimanes adormilados por el calor. Eso no es una familia convencional. 
Y estos son solo dos ejemplos, porque sería interminable este relato, y porque no tengo deseos de seguir contando situaciones que sucedieron hace tiempo.
Después de colocar el flamante colchón y vestir la cama con las mejores sábanas, llegamos a la conclusión (Mariana la primera) de que también la cama "era una cama de mierda". La cama, el buró, los gaveteros, las lámparas, las alfombras del baño, todo, "era una mierda".
Al instante, sin pensarlo mucho, decidimos correr a IKEA y renovarlo todo. Pero, cuando bajamos las escaleras y nos paramos a observar la sala, vimos que también allí, tendríamos que hacer algunos cambios. 
Llevo dos semanas armando muebles, pintando y arreglando paredes, removiendo cuadros, botando cosas viejas, quitando el polvo acumulado, donando libros a las dos bibliotecas de Miami Lakes, regalando zapatos, ropa, guardando en cajones figuras antiguas, cambiando cortinas...
Y todo comenzó con un colchón dentro de una caja y "una cama de mierda". 
Rectifico: todo comenzó cuando nos conocimos, Mariana y yo, hace más de veinte años.

Saturday, January 3, 2015

La tarea y la entrevista



Es sábado, es de mañana y siento una molestia por dentro que me incomoda. No hablo salvo lo estrictamente necesario, contesto con monosílabos, revuelvo lentamente, con el cucharón de madera, el arroz con leche que se está cocinando a fuego lento sobre la estufa. 
Subo a mostrarle a Jonathan la mugre de su baño, que debe limpiar. Quita las alfombras, le digo, para que no se manchen con los productos de limpieza. No responde nada y asiente con un ligero movimiento de cabeza. Nunca estoy seguro de que comprende todo lo que le digo, y mucho menos de lo que piensa.
Selecciono, para una señora que vive en La Habana, un post antiguo de mi blog (hago copy-and-paste con una pequeña nota, porque allá no tiene acceso a la internet y solo puede recibir e-mails); lo envío. Mientras va pasando, observo las manchas de suciedad en la pantalla de la laptop, la basurita entre las teclas, el polvo acumulado. Soplo sobre el keyboard. No es suficiente. Cuando tenga ganas lo limpiaré.
Ayer Rosy trajo una nota de la escuela. Le faltaban tareas por hacer. La profesora quiere una explicación. Exige una reunión con nosotros. 
Explicame esto, mi'ja. Lloriqueos. Yo sí hice la homework, la maestra...te juro... Apo yo no miro la TV cuando hago el homework... Más lloriqueos. Te voy a quitar el celular, la computadora, no vas a ver Spongebob ni ICarly ni nada. Llanto. Why don't you believe in me?!. ¡No, no te creo! Ok Apo!. Gritos histéricos escaleras arriba. ¿Alguien dijo que sería fácil?
Días atrás habíamos recibido otro papel donde nos instaban a los padres de niños de 5to grado, a afiliarse en unas clases (en no sé cuál colegio), en la que nos enseñarían como ayudar a nuestros hijos en las tareas de matemática y otras materias, con horarios de cinco de la tarde hasta las ocho de la noche. Hablemos claro: el sistema escolar piensa que el mundo es una escuela gigante, y pretende que los padres (o abuelos, como es nuestro caso),  que se levantan a las cuatro de la mañana, día tras día, para comenzar a trabajar a las seis (como es mi caso), soportar ocho, nueve horas en ese inhóspito lugar, regresar a la casa (contando con que el tren cumpla con su horario habitual) a las cinco y treinta, arrastrando un cansancio que te hace dudar si eres una persona o un zombie (en mi caso siempre soy un zombie), darse una ducha apurado, hacer la comida, torear a cuatro niños para que se bañen, hagan las tareas, ayudarlos con las tareas, (este es el caso de Mariana), lidiar con una casa, con los gatos, los peces, contestar el teléfono, soportar las tragedias de otros familiares, recondenarme otra vez porque mi madre no me llama, hacer malabares para pagar lo que hay que pagar, lavar ropa, secar ropa, doblar ropa, limpiar, fregar, etc, etc; y, como si la vida fueran unas prolongadas vacaciones en una soleada y desierta isla griega, también separemos algo del tiempo que nos sobra (¡¿que?!) y nos sentemos en un aula por varias horas para aprender la matemática actual, y así poder ayudar a nuestros queridos muchachos. ¿El que idea semejante cosa tiene hijos y las mil y una obligaciones por hacer que tenemos diariamente los padres? Lo dudo.
Pero el sentimiento negativo que me embarga no tiene que ver con nada de lo que dije antes. La verdadera culpa de la pena que siento, del sentimiento de molestia, impotencia, y tristeza (en ese orden), la tiene Ray Bradbury. Me explico:
No podemos ser honestos siempre. Aunque no se esté de acuerdo con ciertas prácticas, las cosas vienen con diferentes matices, y esos matices nos plantean situaciones en las que se debe de echar por tierra algunas convicciones a las que nos aferramos.
Y por eso, para ayudar a la niña y evitarle un tropiezo más en el curso que tanto trabajo le está costando, me di a la tarea de hacerle uno de los Reading Plus que tenía atrasados. Consiste en escoger una entre varias anécdotas, leerla a la velocidad que el programa te obliga, y después contestar una serie de preguntas. Yo, como me creo intelectual (y chic) seleccioné una titulada Ray Bradbury. ¡Qué fácil!, pensé. Hace apenas dos meses, releí varios de sus libros y además, conozco toda su obra. Será, como se dice en inglés: a piece of cake.
Pero no lo fue. Logré solo el 75%, y eso es desaprobado. Unas simples preguntas sobre un texto para un niño de 5to grado, con un tema tan conocido, me demostraron que soy un inútil. ¿Cómo me pude equivocar con una tarea tan nimia? No lo sé. O sí lo sé: soy un bueno para nada. 
Me aterran los tests. Ante el cuestionamiento más simple puedo perder la compostura. Tener que explicar algo frente a otras personas me trastorna. Y, cuando contestaba a las preguntas sobre el escritor y su obra, y el programa me exigía una rapidez de la cual carezco, en mi mente, vislumbraba a la maestra de Rosy frente a mi señalandome, enérgicamente, con el puntero:
_¡Abuelo-me gritaba con una siniestra sonrisa dibujada en sus labios- pase al frente y conteste las preguntas delante de los demás alumnos!
Podría morir de vergüenza o lanzarme al vacío por una ventana, orinarme, ¡qué sé yo! 
Ese problema mío con la gente no es nuevo. Cuando era un niño y jugábamos a convertirnos en personajes de los cómics, yo escogía ser el Hombre Invisible. Era muy aburrido jugar conmigo, porque le exigía a mis amigos que no podían verme, que era invisible para todos, y eso no lo soportaban por mucho tiempo.
Recuerdo que hace unos quince, tal vez diecisiete años, Armengol, el esposo de mi suegra y periodista de The Miami Herald, me propuso para una entrevista sobre mi llegada a los Estados Unidos, ya que era un aniversario del éxodo Mariel-Cayo Hueso por donde arribé a este país. Dicha entrevista sería seleccionada para aparecer en la primera plana de El Nuevo Herald, en una sección dedicada a ese acontecimiento. Acepté encantado. Imaginaba mi nombre, mi foto, mis palabras leídas por miles de personas. ¡Qué maravilla!
Llegó el día señalado. Una hora antes de la acordada, sonó el teléfono y escuché la voz de la periodista que vendría a entrevistarme. Necesitaba confirmar la dirección, el horario y algún que otro pequeño detalle. Balbuceante y como me lo permitieron los nervios, le respondí a todas sus preguntas. Aún hoy no dejo de escuchar sus últimas palabras antes de colgar:
_Perfecto Marco, mi camarógrafo y yo estaremos allí en unos minutos.
Entré en pánico. De repente el mundo dejó de girar. Estaba parado en el borde de un precipicio y allá abajo se vislumbraba la lava hirviente. No sé cómo logré llegar al baño, abrir la ducha y dejar que el agua fría cayera sobre mi cabeza. No pensaba; temblaba. No recuerdo cuanto tiempo estuve petrificado debajo del chorro de agua, preguntándome el por qué había aceptado la dichosa entrevista, hasta que los golpes en la puerta me hicieron volver a la realidad. Era Mariana anunciándome que la periodista (no digo su nombre porque aún trabaja para el periódico e imagino que no ha podido olvidar aquella tarde) me esperaba en la sala.
_¡Apúrate-me instaba- que están en la sala preparando las cámaras y las luces!
¡No podía moverme! ¡Qué terror sentía! 
Al salir del baño y asomarme a la puerta del cuarto, escuché las voces que venían de abajo. Mariana les explicaba que ya yo estaba listo, solo era cuestión de unos minutos. 
Cerré la puerta cuidadosamente y en cueros, chorreando agua sobre la alfombra, empecé a dar vueltas como un loco por la habitación, deseando que todo fuera una pesadilla, y sin saber qué hacer.
Me vestí como pude y salí al balcón del cuarto que da a la parte de atrás de la casa. Si haciendo varias piruetas me descolgaba por allí buscando una salida, me verían desde la sala... Pero no lo pensé. Tampoco hoy logro imaginar como brinqué al balcón del vecino y, desde su patio, huí del barrio sin que me vieran y sin romperme la cabeza o cualquier otra cosa.
Ahora, cuando recuerdo aquel suceso, me resulta tragicómico. Es una pequeña muestra de lo ridículo e incongruente que puedo llegar a ser. Creo que, en general, sigo siendo el mismo, aunque con una dosis adicional de cinismo para lograr escribir este relato. Es lo único que me salva.




Saturday, November 29, 2014

La caverna




                                                                         Para Dulcita, in memoriam.

Unas imágenes que me vienen esporádicamente a la memoria son tan antiguas que no logro ubicarlas en un tiempo específico. Se han transformado en parte de mis recuerdos, o en parte de los recuerdos de un sueño. No estoy convencido de nada de lo que voy a tratar de contar aquí, aunque la historia, por lógica, parece estar muy lejos de la realidad. Pero la realidad, a veces, es ambigua, sobre todo cuando se trata de recordar, porque la mente distorsiona, embellece, o anula, cualquier hecho.

Soy un niño de siete años. Dulce me agarra de la mano. De pie, a su lado, hay un hombre. No sé quién es ese hombre. No puedo verle la cara. Estamos los tres a la orilla de un río. Observamos el agua correr. El agua es oscura y brillante. Todo está en penumbras, porque es una cueva. Por encima de nosotros hay rocas y a nuestros pies, el río corre en silencio.

Me detengo en este punto: estamos en una cueva, miramos correr un río, pero todo está en silencio. Recuerdo aquel silencio como el instante más apacible del cual tengo memoria. Memoria de qué, si ya dije antes que las imágenes se confunden tanto en el tiempo como en la realidad. ¿O es que "el instante más apacible" nunca existió, y el recuerdo que me dejó aquel hecho es incierto, o sea, que nunca lo viví realmente y mi memoria es una mezcla que se diluye entre el sueño y la imaginación de un niño? Pero, cuando vienen esas remembranzas a mi mente (no importa si son oníricas o no) puedo oler la humedad en las paredes de la caverna y el aroma a perfume y cigarros que emanaba del cuerpo de Dulce.
No logro ver la cara del hombre que nos acompaña. Pero cuando trato de hacer memoria y obligarme a recordar intensamente aquel instante, llego a la conclusión de que el hombre no tiene rostro. Sigo:

Me veo de espaldas. También puedo ver las espaldas del hombre y de Dulce. Dulce aprieta mi mano. Yo no deseo que suelte mi mano. Quiero que siempre el agua del río corra en silencio frente a nosotros y sentir la mano de Dulce agarrando la mía. Estamos parados sobre arena. Ahora el hombre sin rostro nos muestra un lugar lejos de nosotros. Miramos hacia donde señala el hombre y allí hay un bote volcado y a su lado, un cocodrilo.

Es un sueño, diría cualquiera, son símbolos que describen tu infancia: la caverna es la matriz, explicarían, Dulce es el cariño, y también es un poco la madre protectora, la dulzura (no es por gusto que su nombre sea tan obvio), y el hombre sin rostro es el padre ausente. Muy bien, podría ser, y también, si me explayo con otras ideas, el bote sería la libertad, la huida peligrosa (¿no descansaba junto a él un cocodrilo?). Pero solo son diferentes opiniones. Creánme, soy mucho más simple. No pretendo demostrar nada con símbolos. No me gustan.
Desconozco la existencia de alguna cueva con un río subterráneo y la presencia de cocodrilos en ella. Por lo menos, no en Cuba, donde vivía cuando tenia siete años. Pero ese momento está en mis recuerdos tan nítidamente claro como son los recuerdos comunes, o los sueños más caprichosos.

Estamos acercándonos al bote. No siento temor. Dulce cubre mi mano con las suyas. Las manos de ella son tan grandes que la mía desaparece entre sus dedos. Alza mi brazo y lo aprieta contra su pecho, como si de esa forma me protegiera mejor. El bote volcado sobre la arena está cubierto en algunas partes por un liquen verde y húmedo. Tiene pequeñas áreas de un color rojo desvaído. El cocodrilo parece dormir. Su cuerpo también tiene liquen adherido en diferentes partes. Se asemeja a una estatua antigua tumbada sobre la arena. Ahora estamos los tres muy juntos, observando. Trato de leer las letras borrosas que no han sido cubiertas. Leo una u del revés, una r; no logro leer más.

Este tema lo he usado varias veces en escritos que se han perdido, por suerte. Unos días atrás, buscando entre mis papeles, hallé algunos párrafos de una novela insoportable que escribí hace ya más de treinta años y que relataba lo mismo, aunque en un tono descuidado, algo atolondrado, como la juventud de aquella época. Pero ahora que vuelvo a leerlos, los recuerdos siguen siendo idénticos, aunque ya no tenga el mismo ímpetu, ni la juventud. 

Con el bote, podemos cruzar el río, pienso. Me imagino surcando las aguas oscuras. Sólo nosotros dos estamos cruzando hacia el otro lado. El hombre sin rostro, inmóvil, parado en la orilla, nos observa mientras nos alejamos.

Aquí se interrumpen las imágenes que me persiguen hace tanto tiempo. No tengo la certeza de haberlas soñado, ni tampoco la seguridad de que viví aquel momento alucinante. Nunca hablé de ello con Dulce, aunque recuerdo estar a su lado preguntándome qué fue realmente, pero siempre me faltó el valor. Dulce ya no está. Una tarde la encontraron ahorcada en el baño de su casa. Todavía su olor a perfume y cigarros me sorprende en los lugares más inesperados, y cuando eso ocurre, ella me toma de la mano y entre sus dedos infinitos, me pierdo.

Saturday, November 22, 2014

Alice


Conocí a la escritora Alice Munro cuando ganó el Premio Nobel de 2013 y salió la noticia en los periódicos. Antes no sabía nada de ella, es más, creía que Canadá, su país de origen, era un lugar enorme cubierto de nieve, donde los esquimales convivían entre alces y focas, pernoctando en iglúes, y transportándose por desolados parajes en trineos tirados por perros.
No sonrían ante mi ignorancia, porque esta confesión es solo una minúscula parte del océano infinito que es mi desconocimiento.
Pues como venía diciendo, vi la foto de una señora delicada, menuda, con cara de pajarito, que sonreía a la cámara y acababa de ganar el prestigioso premio, y me dí a la tarea de buscar varios de sus libros para conocer su obra.
A algunos escritores hay que encontrarles los trucos para disfrutar y poder digerir mejor lo que cuentan, (no me refiero a los que, en la mayoría de los casos, suplantan el no tener nada que decir con subterfugios idiomáticos y frases ampulosas; con esos ya me di por vencido) se les tiene que conocer, o adivinar el camino que utilizan para armar la trama.
El primer cuento que leí de Munro me dejó en ascuas, se me escapó. La historia comenzaba de una forma y, sin darme apenas cuenta, me perdí entre varias otras anécdotas sutilmente conectadas con algunos de los personajes, y terminó abruptamente, como si de pronto hubiera decidido no continuar escribiendo.
¿Es así?, me dije.
Atento a cualquier detalle, por más insignificante que fuera, pasé al próximo. Entonces comencé a sentir empatía por las pequeñas y sutiles historias, por los pueblos que describe, sus casas antiguas, por las personas, por las tragedias que involucraban sus vidas, por el paisaje helado, y el lenguaje duro, hostil, de la gente del campo. Empecé a descubrir sus trampas.
Los cuentos de Munro parecen anécdotas contadas entre mujeres, que en susurros, se intercambian confidencias. Si no estoy equivocado y la memoria no me traiciona, todos son descritos desde una visión femenina. Parten de detalles aparentemente insignificantes que se van ramificando, camuflando, entre personajes que surgen como por azar, transformándose en el puntal de la trama.
¿Cuál es el tema central de sus anécdotas? podría cualquiera preguntarse. El tema central es elástico, te muestra varios caminos, es el pueblo y su gente, son sus rencores, sus costumbres, los deseos aplazados, la vejez, el esfuerzo de la mujer, su empuje en la sociedad, la grandeza y la miseria humana. Se enfoca aquí, se distorsiona un poco más allá; te va llevando sutilmente de la mano como un paseo, como si por azar escucharas una conversación ajena.
Aquí voy a hacer un paréntesis, porque, en definitiva, mi propósito no es un estudio sobre la obra de la escritora, sino la intención de hablar, o tratar de describir, lo que tanto placer me ha proporcionado.
Y lo que quería decir es que me fascinan las historias de mujeres. Me entusiasma lo que piensan, cómo nos juzgan a nosotros los hombres, sus temores, las ideas que tienen sobre la belleza, su capacidad de sacrificio, su inteligencia, su sexto sentido, su valentía, y sus miserias; por nombrar sólo algunas.
De eso se trata la obra de Alice Munro, cuentos simples, sin grandes pretensiones, donde los personajes son gente común que cuida niños, se enferman de cáncer, sufren accidentes, trabajan, aman, se odian, engañan, se frustran, mienten, viven y mueren como vive y muere la mayoría, sin adornos, sin falsas filosofías, sin alardes intelectuales, arreando con problemas ajenos, con los propios, o sea, como la vida misma.


Sunday, November 16, 2014

La casa está envejeciendo


Se puede palpar en cada rincón, en las paredes, se nota en las baldosas del piso, en la escalera, en la quejumbre de las puertas: la casa envejece.
Lo que ella resguarda también se va tornando viejo: los baños, la cocina eléctrica, los cuadros, los libros cubiertos de polvo, las sillas, las lámparas, los papeles olvidados, las máscaras africanas, los álbumes acumulados en cajones, los pequeños adornos apiñados en cajas, las cartas terribles, las ánforas griegas, las fotografías enmarcadas, la ropa de invierno.
Nosotros, los que la habitamos, también envejecemos sin apenas darnos cuenta: las niñas ya no se persiguen zigzagueando temerariamente entre los muebles como antes, ya no hacen añicos las piezas precolombinas escogidas en cada viaje, y la gárgola destrozada que guardé, pedazo por pedazo, en una caja de caramelos, permanece en algún vericueto olvidado, preservando los recuerdos de París, o los instantes que confundimos sus fechas y lugares, trastocando las palabras, quedándonos en silencio.
Son las cuatro y quince de la mañana. Estoy preparando un café. Sólo el ruido monótono de los motores de la pecera y del refrigerador alteran éste instante donde todavía no he despertado del todo, y permanezco en la frontera entre el sueño y la vigilia.
Observo distraídamente a mi alrededor.
Algunas cosas se precipitan hacia mí: los ecos antiguos, los odios convertidos en costumbre, los muertos de allá y los de aquí, los gatos perdidos, las canciones que ya no escucho, las piedras del Mediterráneo, la taza robada de una cafetería en Manhattan, el cementerio en Virginia cubierto por hojas de colores rojas, amarillas, sepias, tus zapatos extraños, los puentes sobre el Támesis, mi madre joven, el frío intenso, el retorno de Nataly, su miedo, el nuestro, los patios de Charleston, el restaurante hindú, la carretera en la madrugada, los gigantes de Botero en un parque de Washington DC al amanecer, la natilla de Fina, la piscina de noche, el jarrón contra el suelo, los ladridos de Laz...
Termino de tomar el café. Recuerdo la pastilla para la presión. Pongo una cápsula sobre la lengua y la trago con un poco de agua. Lavo la cafetera, la taza, el vaso y la cuchara. Paso el trapo húmedo por la meseta, alrededor del fregadero, la pila, la estufa; después lo echo en la lavadora porque huele mal. Guardo la tablet en la mochila y también un yogurt, una manzana, y la pequeña charola de metal con el almuerzo. Me cuelgo los espejuelos al cuello. Tengo deseos de orinar. Me siento en el toilet. Aguanto el pito apuntando hacia abajo para no mojar nada. Me subo los pantalones. Me acomodo el t-shirt mirándome en el espejo del lavamanos. Veo a un homeless que me observa con un rictus antipático en los labios y una barba de tres semanas. No me lavo las manos. Abro la puerta del baño. Junito me espera del otro lado, acostado a lo largo en el suelo por donde debo pasar. Maulla quedamente.
_¿Qué te pasa?- le pregunto.
Me contesta con un quejido-maullido.
_Déjame pasar, chico- le pido.
No se mueve ni un milímetro. Otro pequeño maullido. Le doy unas palmadas en la cabeza.
_I love you, mi gato lindo- susurro mientras le acaricio las orejas.
Otro quejido. Brinco por encima de él.
_Ya hablamos suficiente, viejito-le digo- y no tengo más tiempo.
Me cuelgo la mochila al hombro. Pongo el celular en un bolsillo del pantalón. Voy hacia la puerta. Agarro el llavero que está colgado en la pared al lado de la entrada. Abro. Salgo.


Sunday, November 9, 2014

Caminando descalzo


Me siento como si caminara descalzo. Y no caminar descalzo. Cuando lo hago, parezco una especie de pato gigante dando zancadas. Entonces, si esa es la sensación que me embarga, es que estoy mal, me encuentro mal, camino como un pato, torpe, golpeando el suelo ¡plaf!, ¡plaf!, lento, feo, ridículo.
Es común en mí tener esta clase de tragedias mentales. Por más que trate, no lo puedo evitar. Soy, ante todo, un consumado pesimista, un tipo oscuro, inmerso en su mundo imaginario, inmaduro, gris, inconforme. Pero, con la edad que tengo, ya solo me resta seguir, un día bien, otro mejor, y el peor, bueno, dejarlo por incorregible.
Recuerdo que cuando era niño e íbamos a pasear estaba todo el tiempo angustiado porque el paseo se terminaría. Mi madre comentaba a todo el que quisiera oírla (¡ah, mi madre, siempre tan conocedora de mí!) que yo era un niño muy casero (son literales sus palabras) y que por eso me ponía rebencúo en las fiestas, en el zoológico, en la playa, donde quiera que íbamos, menos en el cine. Nunca he podido entender lo del cine, porque jamás me llevó al cine. Sí, rectifico, una vez fuimos a ver una película los dos, y hasta compró chocolates con almendras, y recuerdo que me sentí aterrorizado por la bruja que se convirtió en un terrible dragón que echaba fuego por la boca. Aquella tarde, por primera vez, me llamaron cobarde, y nada ha cambiado desde entonces, salvo que ahora no me asusto con el dragón, aunque expele fuego.
Cuando estoy de este modo y me encuentro más desanimado de lo que normalmente soy, raras veces escribo. Existe una teoría de que se escribe más y mejor en la angustia. No estoy de acuerdo. En mi caso, la angustia me paraliza y el bienestar me da por contar boberías, que es, en definitiva, de lo único que escribo.
La semana pasada, por casualidad, me topé con un pequeño vídeo de siete minutos que me dejó perplejo. Y es que de alguna manera cuando comencé a investigar y a buscar datos sobre el tema, una voz interior me decía más o menos así: esta es una muestra de lo que tú nunca serás, una clara visión del tesón y de la continuidad, de la valentía, del empecinamiento; o sea, una muestra de lo que tú careces.
Era el documental sobre Petit Pierre y su carrusel; un hombre sordomudo, deforme, que sacaron de la escuela para pastorear ganado, y se dedicó a construir un traste alucinante, hermoso, triste. Me llegó hondo su ingenuidad, la belleza tosca, infantil, de lo creado por sus manos, y, copiando un poco de cada página que encontraba, le escribí mi pequeño homenaje, al que titulé El carrusel.
No sé si son estas tardes cortas, o es el viento fresco que recorre la ciudad, o tener que tropezar a diario con la infinita miseria humana, o el año que se termina, que producen este estado de ánimo en mí. No sé siquiera, verdaderamente, el motivo real, pero no dejo de sentirme como si anduviera descalzo.
Acabo de hablar con Mariana. Me cuenta los detalles de su próximo proyecto y la alegría se le nota en la voz. Envidio eso de Mariana, envidio su poder de entusiasmarse, de emprender las tareas diarias, de mantenerse a flote sin una queja, de pasar de una ilusión a otra con la misma energía y con la felicidad renovada por pequeñas cosas. Cuando pienso en los más de veintidós años que llevamos juntos no logro comprender de dónde ha sacado la fuerza, cómo ha podido empujarme durante todo ese tiempo para que, mínimamente, funcione, y a veces (solo a veces), deje de ser el gigante inútil que camina por la casa, perdido, oscuro, buscando incansablemente a un dragón que arroja fuego por la boca.