Debo
rectificar algunas frases dichas a la ligera. Debo de hacerlo porque sí, por el
simple motivo de demostrarme a mí mismo lo equivocado que puedo estar, aunque
con eso no cambie nada, no arregle ni demuestre alguna idea nueva. He dicho
(entre otras tonterías) que no tengo esperanzas. Hoy, sentado aquí, pensando en
las cosas que llevo pendientes, las que de alguna manera soterrada influyen
para molestarme, para inquietarme, me
digo que sí, que es la esperanza o la idea de que algo puede cambiar, que podría ser mejor, lo que hace que camine hasta el carro, abra
la puerta, lo prenda, trabaje, etc. Si no hubiera una pequeña, ínfima, lejana
idea de un posible cambio, ¿cómo podríamos?
Comencé a
pensar en esto viendo un programa por televisión sobre el suicidio. ¿Es
entonces la pérdida absoluta de toda esperanza la que lleva a las personas a
desaparecer violentamente? ¿Qué pasará en ese último instante por la mente del
suicida, antes de apretar el gatillo o lanzarse al vacío? ¿Es la desesperanza
la vía más común del suicida? Pienso en
eso y no tengo una respuesta concreta. Voy a seguir preguntándome: ¿pero acaso
el suicidio conlleva una esperanza? Creo
que sí. ¿Cómo puedo hacer esa afirmación
de algo que es el punto desde donde no se vislumbra ninguna luz? ¿Será que es ese instante oscuro donde se
pierden todas las expectativas? Ya dije antes que no tengo una respuesta
concreta; pero observándolo desde una perspectiva a distancia, pienso que todo
suicida debe tener un ápice, una mínima cuota final de esperanza. Por ejemplo:
creer que terminaría un sufrimiento, acabar con el dolor que trae la pérdida de un ser querido, evitar la
cárcel, cortar con una enfermedad que consume y elimina todo el placer de
vivir. Estos pueden ser, a grandes
rasgos algunos de los motivos. ¡Y en todos ellos existe la esperanza! En todos
está la necesidad de "otra
cosa", otro paliativo al sufrimiento. Podría nombrar algunos aún más
terribles: suicidarse para castigar a alguien, para inculpar a un tercero,
hacerlo para que la propia destrucción salpique de dolor a otros. Motivos estos llenos de una malsana y absurda
actitud; pero ahí están, es la meta para lograr algo, la luz que buscan al
final de su oscuro túnel. Entonces, es
la esperanza la columna de las religiones, la idea de Dios, el motivo de las
más crueles revoluciones, la unión de dos personas, los hijos que engendramos.
Antes de terminar voy a plantear otra idea surgida de la fábula tan manida del
túnel de la muerte y la luz al final. Los que la cuentan, por supuesto, están
vivos. Despertaron de un coma y dicen recordar que caminaban por un túnel
oscuro y al final de ese túnel, vieron una luz. Nunca llegan a la luz,
despiertan antes. Sería interminable la lista. Es una historia que todos hemos
escuchado. La luz, dicen algunos, es Dios. Yo pienso diferente. Todo el que
está muriendo persigue, desesperadamente, seguir viviendo. Ese túnel y la luz
al final no es más que la ineludible, perenne y simple ganas de vivir. La
esperanza de liberarte de lo que te está matando. Pensándolo así, rectifico, y
aunque no sea propenso a usar esa palabra, sí tengo esperanzas, aunque ahora me
suene como un absurdo.
Saturday, August 17, 2013
Neandertales, twitteros y universitarios.
Los
neandertales fueron más avanzados de lo que se creía hasta ahora; dijeron
varios investigadores en un artículo publicado en la gaceta Proceedings de la
Academia Nacional de Ciencias, a raíz del hallazgo de cuatro fragmentos de
hueso, utilizados como herramientas, en el suroeste de Francia. Ya sabía yo que
cuando llamaba Hombres del Neandertal a los personajes que tengo que soportar
cada día, era casi un título honorífico.
Por ese mismo motivo me siento identificado con la hermosa recepcionista
Christina Anamboure, de la oficina municipal del Comisionado de Miami, Francis
Suárez. Esta muchacha, llena de vida y de belleza (cosas que a mi edad se
observan nostálgicamente, como un tesoro perdido) tuvo la delicadeza de
comentar en Twitter sus más profundas opiniones. Dos de ellas me encantaron.
Expresan, en pocas palabras, mi filosofía de vida, mi visión hacia los que tengo que aguantar y a veces,
sonreír. Son estas dos:
1- Por
favor, consíganse una vida, un pasatiempo, háganse una lobotomía... lo que sea.
2- Mi
trabajo ideal: uno donde no tenga que ser amable con nadie.
¿No son
geniales? ¡Lo de la lobotomía no tiene desperdicio! Imagino a esta muchacha
escribiendo eso, soltándolo, gritándolo, expulsando el estrés acumulado por las
llamadas y las horas dándole frente a lo que la saca de quicio. Un crédito le
voy a dar al Comisionado por no despedirla: será un político, pero no
subnormal*. Con las agallas que tiene Christina, sumado a lo que debe de saber
de Suárez y todo el trapicheo en la oficina, con unas cuantas frases escritas
en Twitters, crearía un tsunami más grande que la revolución de El Cairo. Yo,
si fuera su jefe, le duplicaría el sueldo.
Ahora un
asunto de Facebook:
Uno de los
"amigos" de mi lista escribió que cuando él era "una persona
medianamente informada" y estudiaba en la Universidad de La Habana,
escuchó sobre el Proyecto Varela, pero que nunca sobre Oswaldo Payá, que fue un
desconocido como el susodicho proyecto, que pasó sin penas ni glorias. Yo solo
le contesté:
Para que
fueras un universitario completamente informado, debías de haber averiguado
quién o quiénes crearon ese proyecto. Así hubieras sabido quién era Payá.
Nada más
dije. Lo olvidé al instante. Pero el universitario montó en cólera. Contestó
algo así (no es textual):
Yo nunca he
perdido mis energías con cosas sin importancia y trascendentales, ya que en ese
tiempo estaba dedicado a traducir a Homero y a Virgilio. Y además, no sé con
qué derecho usted me critica, siendo un desconocido al que yo nunca dirijo la
palabra. Desde ahora voy a borrar de mi lista a los que se creen con derecho a
contradecirme y darme clases de política que no he solicitado.
Fue más o
menos lo que dijo. Me quedé un poco perplejo: así que traduciendo a Homero y a
Virgilio. Voló alto el muchacho. Mi primera reacción fue no contestar a
semejante altanería. Pero como estaba trabajando y siempre es mejor hacer
cualquier otra cosa, le escribí:
Desconocido
no soy, porque estamos en una lista donde vemos lo que se dice y es público.
Jamás quise contradecirte o hablarte de política (ni siquiera expuse mi
criterio sobre Payá). Pero sí me gustó demostrarte que el hecho de que no
conocieras a una persona que creó algo, no demuestra que fuera insignificante,
importante o no, equivocado o no, sino que eras tú el desinformado. Sé que
cuando yo leía a La Eneida, la Ilíada y la Odisea, no fueron traducciones
tuyas, porque en esa época tú tomabas leche con biberón y te hacías caca en el
pañal.
Después de
esto, literalmente me mandó pa' la pinga y borró mis comentarios.
Me divertí
mucho con este pequeño y surrealista incidente. No siempre Facebook es tan
aburrido, y uno se encuentra con personajes de este tipo. Para que quede
registrado, lo escribo.
*nota: el
pasado miércoles, día 14, el comisionado Francis Suárez despidió a Christina
Anamboure. Retiro el crédito que le di: no es político, es subnormal.
Sunday, August 11, 2013
El diario
Se sienten vencedores. Creen que ganaron la batalla. Al final me acorralaron, lograron lo que se les veía en las miradas, en la baba que se derramaba de sus bocas cuando me analizaban, me escrutaban y cuchicheaban sobre mí.
Me trajeron al hospital, y aquí me dejaron. Todo por mi bien, por amor, por la unión de la familia.
No puse resistencia. Estaba cansado. Es difícil vivir esquivando los ojos vigilantes, las preguntas capciosas, los oídos que todo lo quieren escuchar. Ni siquiera me importó mucho a dónde me traían. Era como flotar en el mar y sentir el silencio debajo del agua. Silencio debajo, ruido arriba. Quise quedarme debajo, flotando, flotando, sin ruidos, sin miradas, sin voces.
Vinieron conmigo, éramos una tribu de caníbales que caminábamos por los pasillos blancos, inmaculados, del octavo piso del hospital. Todos me rodeaban, mi mujer agarró mi mano y cuando la puerta corrediza se abrió dándome la gran bienvenida me susurró al oído:
─ Te quiero mucho.
Mis hijas no dijeron nada. Disimuladamente, contestaban y mandaban mensajes de texto por sus celulares.
Mis hermanas se tragaban con los ojos lascivamente a los enfermeros y a los doctores que nos cruzábamos en el camino.
Mi madre lloraba; por momentos, suavemente, o más alto, según quien se acercara o quien la mirara.
Crucé la puerta. Se cerró detrás de mí y quedé separado de ellos, mirándonos a través del cristal. Después les di la espalda y no los vi más.
Hoy no me encuentro cansado. Me siento bien, relajado y a gusto. No estoy seguro si son las pastillas que me dan diariamente o es que aquí no tengo de qué preocuparme. En este lugar soy un loco más. Un loco declarado. Solo me falta tener una cadenita al cuello y un cartelito que diga: LOCO.
Es la primera vez desde que ingresé que puedo escribir. Tengo dos composition books y tres lápices que me trajo mi mujer. No me dejaron la laptop. Se la pedí al doctor. No me dijo ni que sí ni que no. Sus manos se alargaron desde el otro extremo del buró, y convertidas en serpientes, me observaron, húmedas, con rabia. Al final, no lo permitió. Solo me dejaron estos papeles. Y con estos papeles tengo lo que necesitaba.
Todos creen que ganan. Mejor que así lo crean. Lo importante es que me dejen lo más tranquilo posible.
Tengo un solo amigo. Los dos nos sentamos en las tardes y desde el ventanal de cristal, brinco a las azoteas y camino por ellas y observo a la ciudad desde arriba, donde nadie puede joderme, ni mi familia llegar.
Les dije a María y al doctor que iba a escribir un diario. Ahora no estoy seguro. No sé lo que voy a escribir. Puede que sea un diario. Puede que sea un cuento interminable. O que no sea nada. Las cosas hoy pueden ser y mañana no ser nada. Un día soy yo y otro día soy otro yo. Pero ellos no entienden eso. Tienen el control absoluto. Sienten que siempre son el mismo "yo". Y quieren que también sea el mismo yo que ellos. Todos los mismos yo, todos con el mismo cartelito: soy yo. Ver otro cartelito: soy yo.
─ ¿Quién eres tú?
─ Soy yo, igual que tú.
Anoche fui a visitar a mis gatos. Me quedé en el techo de la casa, y sin llamarlos, vinieron todos. Cada vez son más. Me senté sobre las tejas y se turnaban para rozarme, para olerme. Estuve en silencio todo el tiempo. Ni una palabra. Sin sonreír, sin esperar un golpe. Así nos quedamos una hora o una hora y media con unos minutos, hasta que regresé.
El hospital no es un lugar tan pavoroso como pensaba. El problema mayor son los demás. Pero ese mismo problema lo tengo en todos lados. Es por eso que me he adiestrado para eliminarlos de mi entorno.
Conlleva un poco de esfuerzo y algo de concentración, pero ya es casi una rutina. Por eso casi siempre estoy solo. Los veo, parecen títeres en un movimiento continuo, pero en silencio.
Otra cosa que he aprendido es a no chocar contra los escaparates. Son peligrosos. Una palabra que no les guste, negarse a tomar alguna pastilla, gritar, o tirar un juego al piso, y puedes tener un brazo alrededor de tu cuello, asfixiándote hasta que empiezas a ver todo de un color primero rojizo, después con tonos morados, verdes, amarillos. Lo más inteligente es evitarlos y seguir sus órdenes lo mejor posible.
Mi amigo estaba sentado mirando hacia todas partes: abajo, arriba, al lado, al otro lado y se le acercó un escaparate y lo llamó.
Mi amigo estaba en su muro, subido allá arriba y no contestó, ni siquiera movió la cabeza un milímetro. Ese fue su error. Otro escaparate se aproximó, y entre los dos lo arrastraron hasta un cuarto, donde lo pude ver después amarrado a la cama de pies y manos, con la boca abierta por donde salía un hilo de babas que se perdía sobre el colchón, y los ojos que no miraban a ningún lado, solo a un punto en el techo.
Dice María que hoy podría venir a sentarse aquí frente a la ventana. Lo espero mientras la ciudad se va alumbrando con las luces de los focos, con los carteles de neón y las luces rojas que se apagan y se prenden, se apagan y se prenden.
Mientras, escribo. No sé qué voy a escribir, si un cuento interminable o un diario o cualquier otra cosa.
Me trajeron al hospital, y aquí me dejaron. Todo por mi bien, por amor, por la unión de la familia.
No puse resistencia. Estaba cansado. Es difícil vivir esquivando los ojos vigilantes, las preguntas capciosas, los oídos que todo lo quieren escuchar. Ni siquiera me importó mucho a dónde me traían. Era como flotar en el mar y sentir el silencio debajo del agua. Silencio debajo, ruido arriba. Quise quedarme debajo, flotando, flotando, sin ruidos, sin miradas, sin voces.
Vinieron conmigo, éramos una tribu de caníbales que caminábamos por los pasillos blancos, inmaculados, del octavo piso del hospital. Todos me rodeaban, mi mujer agarró mi mano y cuando la puerta corrediza se abrió dándome la gran bienvenida me susurró al oído:
─ Te quiero mucho.
Mis hijas no dijeron nada. Disimuladamente, contestaban y mandaban mensajes de texto por sus celulares.
Mis hermanas se tragaban con los ojos lascivamente a los enfermeros y a los doctores que nos cruzábamos en el camino.
Mi madre lloraba; por momentos, suavemente, o más alto, según quien se acercara o quien la mirara.
Crucé la puerta. Se cerró detrás de mí y quedé separado de ellos, mirándonos a través del cristal. Después les di la espalda y no los vi más.
Hoy no me encuentro cansado. Me siento bien, relajado y a gusto. No estoy seguro si son las pastillas que me dan diariamente o es que aquí no tengo de qué preocuparme. En este lugar soy un loco más. Un loco declarado. Solo me falta tener una cadenita al cuello y un cartelito que diga: LOCO.
Es la primera vez desde que ingresé que puedo escribir. Tengo dos composition books y tres lápices que me trajo mi mujer. No me dejaron la laptop. Se la pedí al doctor. No me dijo ni que sí ni que no. Sus manos se alargaron desde el otro extremo del buró, y convertidas en serpientes, me observaron, húmedas, con rabia. Al final, no lo permitió. Solo me dejaron estos papeles. Y con estos papeles tengo lo que necesitaba.
Todos creen que ganan. Mejor que así lo crean. Lo importante es que me dejen lo más tranquilo posible.
Tengo un solo amigo. Los dos nos sentamos en las tardes y desde el ventanal de cristal, brinco a las azoteas y camino por ellas y observo a la ciudad desde arriba, donde nadie puede joderme, ni mi familia llegar.
Les dije a María y al doctor que iba a escribir un diario. Ahora no estoy seguro. No sé lo que voy a escribir. Puede que sea un diario. Puede que sea un cuento interminable. O que no sea nada. Las cosas hoy pueden ser y mañana no ser nada. Un día soy yo y otro día soy otro yo. Pero ellos no entienden eso. Tienen el control absoluto. Sienten que siempre son el mismo "yo". Y quieren que también sea el mismo yo que ellos. Todos los mismos yo, todos con el mismo cartelito: soy yo. Ver otro cartelito: soy yo.
─ ¿Quién eres tú?
─ Soy yo, igual que tú.
Anoche fui a visitar a mis gatos. Me quedé en el techo de la casa, y sin llamarlos, vinieron todos. Cada vez son más. Me senté sobre las tejas y se turnaban para rozarme, para olerme. Estuve en silencio todo el tiempo. Ni una palabra. Sin sonreír, sin esperar un golpe. Así nos quedamos una hora o una hora y media con unos minutos, hasta que regresé.
El hospital no es un lugar tan pavoroso como pensaba. El problema mayor son los demás. Pero ese mismo problema lo tengo en todos lados. Es por eso que me he adiestrado para eliminarlos de mi entorno.
Conlleva un poco de esfuerzo y algo de concentración, pero ya es casi una rutina. Por eso casi siempre estoy solo. Los veo, parecen títeres en un movimiento continuo, pero en silencio.
Otra cosa que he aprendido es a no chocar contra los escaparates. Son peligrosos. Una palabra que no les guste, negarse a tomar alguna pastilla, gritar, o tirar un juego al piso, y puedes tener un brazo alrededor de tu cuello, asfixiándote hasta que empiezas a ver todo de un color primero rojizo, después con tonos morados, verdes, amarillos. Lo más inteligente es evitarlos y seguir sus órdenes lo mejor posible.
Mi amigo estaba sentado mirando hacia todas partes: abajo, arriba, al lado, al otro lado y se le acercó un escaparate y lo llamó.
Mi amigo estaba en su muro, subido allá arriba y no contestó, ni siquiera movió la cabeza un milímetro. Ese fue su error. Otro escaparate se aproximó, y entre los dos lo arrastraron hasta un cuarto, donde lo pude ver después amarrado a la cama de pies y manos, con la boca abierta por donde salía un hilo de babas que se perdía sobre el colchón, y los ojos que no miraban a ningún lado, solo a un punto en el techo.
Dice María que hoy podría venir a sentarse aquí frente a la ventana. Lo espero mientras la ciudad se va alumbrando con las luces de los focos, con los carteles de neón y las luces rojas que se apagan y se prenden, se apagan y se prenden.
Mientras, escribo. No sé qué voy a escribir, si un cuento interminable o un diario o cualquier otra cosa.
Aniversario
Hoy hace un
año comenzó este blog Palabras.
En todo este
tiempo no hubo un día que dejara de trabajar, por lo menos mentalmente, en él.
Pero
también, junto conmigo, otras personas con su inestimable ayuda han hecho
posible todo esto. Quiero darles las gracias a todos ellos:
Mariana
Agüero, por la parte técnica y apoyo de todo tipo.
Sara
Calvo, que con el manejo perfecto de la
ortografía, la síntesis, y sus sugerencias, es indispensable cada día.
Armando
Céspedes, con los conocimientos ortográficos, la paciencia y el ojo avizor,
imprescindible.
A todos los
que han compartido mis escritos con otras personas:
Joel Núñez,
Asela Abreu, Ximo Rochera.
A todos los
lectores.
Gracias.
Saturday, August 10, 2013
El mazo
Es una
sensación. Un resquemor continuo, jodedor. Una idea que no se me quita de la
cabeza. Pero creo que la vida no está de buenas conmigo. Siento que
tiene cosas contra mí y que me las hace pagar a cada rato. Estoy casi
en el fondo.
Ya sé cuál
será la expresión de algunos cuando lean esto: tú solo no, la mayoría de la
gente está pasando por malos momentos, problemas, inseguridades. Ya, de hecho,
les doy la razón. Es verdad, casi todos están pasándola mal, tal vez, peor que
yo. Pero mi problema no termina o se resuelve cuando descubro que mi vecino
pasa por una mala situación. Sigo jodido, apabullado, maltrecho.
Es como si
estuviera encerrado en esas máquinas de juego, que tienen un mazo y varios
huecos por donde salen unas cabezas ridículas que tienes que golpear antes de
que se escondan. Mientras más cabezas logres golpear, más puntos ganas. Saco la
cabeza y el mazo está encima de mí. Me escondo. Vuelvo a sacarla por otra
abertura y pam, el mazazo.
¿Puedo decir
que estoy cansado? Estoy cansado. Quisiera un poco de aire limpio. Poder mirar
hacia algún lado y sonreír. Relajar los músculos. Dejar de vigilar el golpe que
viene por algún lugar.
Fuimos todos
a repartir tarjetas para transportar alumnos cuando comiencen
las clases. Cientos de tarjetas. Las dos niñas, Jonathan, Mariana y
yo. Entramos a un barrio nuevo. Lindos apartamentos. Jardines, fuentes. Calles
perfectas, olor a hierba recién cortada.
Dejamos tarjeticas en las puertas, en los buzones. Terminamos, ahora nos
dirigimos a otro lugar.
Estas son casas.
Todo es feo. Las puertas feas. Conejitos plásticos, viejos adornos de
navidad, flamingos plásticos, vírgenes
con flores. Alfombras en las entradas con la palabra Welcome.
Poníamos las
tarjetas insertadas entre el marco y la puerta; fáciles de encontrar. Se abre
una puerta. Un hombre en shorts, sin camisa, descalzo. La barriga prominente,
peluda. Me mira por unos segundos. Lo miro sorprendido por unos segundos. Le
sonrío. El no sonríe. Le muestro la tarjeta. Me dice que no ponga nada en su
puerta. Me disculpo, doy media vuelta para dirigirme a la otra casa. Me grita
que no quiere verme por allí, que me vaya. No digo nada. Sigo poniendo
tarjetas. Sale a la calle. Me grita que si soy sordo.
Terminé. Paso frente al energúmeno. El teléfono de mi casa, el
celular de Mariana y uno de nuestros emails están colgados en la puerta de cada
casa de ese barrio. Siento ganas
de golpearlo. Imagino esa barriga peluda delante de mí y uno de mis
puños hundiéndose en ella. Otro golpe en su cara, patadas en el culo, en los
riñones, en los huevos.
Camino hacia
mi carro. Ya los muchachos están esperándome. Lo prendo. Afuera la temperatura
a 90°, 95°. Dentro, 105°, más. Sudamos. Suena el
teléfono. Qué bien, ya comienzan las llamadas. Escucho a mí mujer hablando. Es de las oficinas del barrio nuevo, el barrio lindo. No podíamos
dejar tarjetas ni ninguna propaganda allí. No podemos entrar más. El mazo. Lo había olvidado. Se disculpa, no sabíamos que era prohibido.
Disculpe, vuelve a decir.
Rosy
protesta. Tiene sed, tiene calor, tiene hambre. Le digo que también tengo
hambre, calor, sed. Me dice que no, que es ella la que tiene todo eso.
El teléfono
otra vez. Una voz burlesca preguntando si rentamos un efficiency.
Más de quinientas personas tienen nuestro teléfono. Alguna de ellas
hará el día a nuestra costa. Es el mazo
buscándonos. Pongo el aire acondicionado. Es un horno.
Hay un gato muerto en la calle. Tenemos una amiga que se baja del carro y quita los cuerpos muertos de los animales para que no los desbaraten más. Pienso en ella. Ahora pasea por Turquia con su marido. ¿Con quien habrá dejado los perros y los gatos?
Hay un gato muerto en la calle. Tenemos una amiga que se baja del carro y quita los cuerpos muertos de los animales para que no los desbaraten más. Pienso en ella. Ahora pasea por Turquia con su marido. ¿Con quien habrá dejado los perros y los gatos?
Mi mujer me
pide que cuando lleguemos haga una tortilla de papas. Le digo que sí.
Soy el tortillero oficial de la casa. Es lo mejor que hago en la
cocina. Y los batidos: de
mango, de mamey, de papaya, de chocolate.
Necesito
seis papas grandes que corto en cuadritos y frío en aceite bien caliente.
Una cebolla picada y la sartén con aceite de oliva, (muy poco) solo para cubrir las cebollas hasta que se
ponen cristalinas.
Trece
huevos. A veces uso quince, depende del tamaño de las papas, pero siempre en
números impares. Once cucharaditas de sal kosher (la cuchara es minúscula, como
de juguete). Bato los huevos y la sal vigorosamente. Saco las papas del aceite
y las mezclo con la cebolla y el aceite de oliva. Las amoldo a la sartén. Vierto
los huevos. Pongo la hornilla en low. Trato de que todo el líquido pase a la
capa de abajo. Después le doy vuelta. Lo pongo unos segundos por la otra cara y
vuelta otra vez.
Lista. A la
francesa. El huevo todavía algo líquido, suave.
Sunday, August 4, 2013
Maria
Hacía
más de dos horas, creo que tres, o tres horas y diez minutos, que miraba
al techo sin moverme. Es inmaculadamente blanco y no me gusta, porque
me es imposible descubrir los tanques, las montañas y los dragones
que se dibujaban en el de mi casa; algunas veces era un perro
comiendo y después, un televisor apagado o un árbol. Este techo es monótono,
y por mucho que haga, no logro ver nada, sobre todo con esa lámpara
tan blanca sobre mi cabeza.
Después
de la comida, cuando tenía frente a mí la visión de las terrazas
de los otros edificios, entró María y me tocó la cabeza, como solo
ella sabe hacerlo, que no es una caricia, ni un aviso, ni un golpe;
pero quisiera que siempre tenga algo que decirme para que vuelva
a pasar la mano por mi cabeza.
─
Mañana a las diez estate listo que el doctor te espera ─ me dijo.
A las
nueve y media ya estaba bañado y tenía la ropa limpia y los dientes
limpios y los oídos y entre los dedos de los pies. Esperaba sentado
en el borde de la cama a María. Miraba el reloj que está colgado en la
pared, y eran las nueve y cincuenta, después cincuenta y uno, cincuenta
y dos, y a las cincuenta y siete llegó María, y me tocó-acarició
muy delicadamente. Aunque miré el reloj, no fue ni un minuto,
ni un segundo, porque no le dio tiempo al secundario hacer tic y ya su
mano había bajado y no estaba sobre mi cabeza.
El
doctor no me gusta. Me mira con unos ojos que me dicen: te veo por dentro. Entonces
hago como que no me doy cuenta que me mira por dentro, y
pongo la cara y la parte de adentro y mis ojos como si no vieran los
del doctor arrancándome un pedazo por aquí y otro por allá.
El
doctor me interrumpe y me dice:
─ ¿Qué
tal, cómo está todo?
Arrancó
un pedazo.
─ Muy
bien, gracias─ le respondo, y sonrió.
No
muevo mi boca ni una pestaña; no muevo nada.
─
¿Continúa con las pastillas que le receté?
─ Sí,
doctor.
Imagino
al escaparate delante de mí y yo negándome a tomar la pastilla. Me quito esa idea de la mente porque me da escalofrio.
El
doctor escribe sin parar en la computadora. Sobre el buró, a un lado, está
el mono sentado sobre la calavera, leyendo un libro. Un poco más apartado,
tres monitos; uno se tapa los ojos, el otro la boca, y el tercero
los oídos.
─
¿Quisiera algo? ¿Quiere salir a hacer algún deporte, le gustaría el taller
de arte, qué le gustaría?
─ Mi
laptop.
─ ¿Su
laptop?
No
dije nada más. Él se quedó un instante indeciso.
─
¿Para qué quiere su laptop?
─ Para
escribir.
─ ¿Qué
piensa escribir?
No
sabía qué decirle. De pronto vi cómo le crecían las manos y se convertían
en serpientes húmedas que me miraban y hacían tiiirrr, tiiirrrr.
─ Voy
a escribir un diario.
─ Eso
está bien. Un diario es algo muy bueno.
Entró
a mi estómago y me mordió, pero no grité, ni me estremecí, ni me quejé.
─
Veremos eso después. Tenemos que analizarlo mejor. ¿Algo más que quiera
decirme?
Las
serpientes se acercaban y hacían el mismo ruidito sin parar, tiirrr.
─ No.
Íbamos
de vuelta por los pasillos y el perfume de María también venia con
nosotros, estaba entre ella y yo, y disimuladamente, con la mano izquierda,
lo tocaba. Otras enfermeras se cruzaban con nosotros, pero no me
veían, solo le decían Hi a María y seguían sin verme. Después pasó
uno de los escaparates y creo que sí me descubrió, porque sus ojos entraron
y me dijeron: te veo por dentro, y no le respondí nada. Con los escaparates
hay que andar como si pisara descalzo sobre piedras: dar un paso
aquí, otro un poco más allá, y otro hacia atrás.
Después
tomamos el elevador.
─ ¿Me
dijo el doctor que querías tu laptop?─ preguntó María.
No
supe qué contestarle.
─ Así
que escribes...
Volvió
a hablar después de dos segundos, no, tres segundos.
─ Sí,
algunas veces escribo cosas.
─ ¿Qué
cosas? ¿Poemas, cuentos, novelas?
─
Cosas que se me ocurren.
─ ¡Ah!
Cuando
llegamos al salón todos gritaban. Algunos lo hacían por una jugada
del juego de damas, por un programa de la televisión, otros porque
querían sentarse donde ya había alguien sentado o porque les daba la
gana. Yo dejé de oírlos en uno o dos minutos. Los veía gesticular, mover
los pies, las bocas, los ojos, pero en silencio.
Mi
amigo estaba en un rincón. Me miraba. Miraba el techo, las paredes, la
ventana, a los otros. Me
senté junto a él.
─ Hi ─
lo saludé.
Me
observó un instante. Yo también lo miré, tanteando el muro, buscando un
lugar para pasar del otro lado.
─
María me llevó a ver al doctor. Le pedi mi computadora ─ le dije.
Mi
amigo miró hacia mí, y después al piso y a una silla que tenía cerca.
─ Ella
no se llama María.
─
¿No? ¿Cómo se llama entonces?
─ No
sé. No se llama María.
Saturday, August 3, 2013
Ítaca
Hace varios
días que no escribo. Siempre que termino algún relato, un cuento, me queda la
sensación de que me vacié, que no encontraré más nada que decir. Antes me
atemorizaba esa idea. Ya no. Por ese
motivo es que llevo una semana sin
pensar mucho, sin prestar atención. Escribí unas líneas sobre la esperanza, que
deseché al momento. No tiene sentido que
trate de explicar algo tan obvio. Podría decir cualquier cosa sobre el Papa,
por ejemplo. Ahora la prensa no deja de repetir que Francisco comentó que la
iglesia no está en contra de los homosexuales, solo de sus prácticas. ¿Cómo
fue? No entiendo. ¿Me repite, señor
Papa? No, no puedo con esto, es
demasiado para mis pobres neuronas. Sigo releyendo a Kundera. Ahora estoy con La ignorancia. Ella vive en
Paris, él en Dinamarca. Se encuentran por casualidad en el aeropuerto desde
donde volarán a Praga, ciudad que dejaron hace veinte años huyendo del
comunismo. Ella lo reconoce, se alegra, conversan. Él no la recuerda, no recuerda
nada, ni su nombre. Ella rememora el pasado, y en algún lugar de ese pasado
está ese hombre. Él rememora su vida, y en ella está la imagen del cuerpo de
una esposa muerta, omnipresente; está su
profesión, y la vieja ciudad a donde no quería volver. Los dos regresan por
caminos distintos y a la vez semejantes: la añoranza. Al llegar a Praga,
descubren un paraje ajeno a sus recuerdos, un lenguaje diferente; los amigos
son personas extrañas, cargadas de historias individuales, las calles
recordadas ni están o no son como la memoria las proyectaba. Como el regreso de
Ulises a Ítaca, son desconocidos y desconocen el entorno. Todo lo que los ataba
termina por mostrarse ajeno, hostil.
Hasta la historia individual que los había acercado un día, se
desarrolla de forma paralela para cada uno. Hago una pausa. Me veo caminando
por mi ciudad, La Habana que recuerdo. Busco los lugares que he llevado a mis
espaldas. Me imagino solo, sin prisa. ¿Qué prisa puedo tener si estoy en el
pasado, si ese pasado excluye cualquier futuro? No encuentro aquella calle
donde esperé recostado a una pared. ¿Existe ese lugar? ¿Existió?
¿Existió esa pared en el pasado? Desde el futuro, que es de donde vengo, se
convierte en una cortina de niebla que solo me deja mirar a medias, inseguro.
Veo el mar que
rompe contra las rocas y dientes de perro. Se entrelazan otros mares, otras
rocas. Me observo caminando en una
ciudad que no recuerdo, que confundo con otras. Son varias ciudades que se
distorsionan. Calles que busco en mi
memoria, espacios yuxtapuestos y
extraños. Me pierdo. No sé dónde estoy.
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