Saturday, November 3, 2012

Poema del sabado



Solamente porque es sábado
y acabe la botella de vino
puedo decirte
podría tratar de decirte
que a pesar tuyo
a pesar de tu miseria
de tu vida mala
seguí la vida mía.
Un árbol delante de mi mirada
 y manada de pájaros.
El sol se refleja en una ventana y da en mi cara
y eso
aunque ni siquiera sepas
que existe
es importante.
No sé ni como
puedo escribir
esto que llamo poema
si lo escribo
recordando ese timbre tuyo
ese dolor
y el miedo.
Las niñas están para el mall.
¿Puedes creerlo?
Que fácil es decir eso
y servirse más vino.
Que fácil es ahora olvidar el horror
el golpe
la miseria.
Los muchachos son simples
muchachos
que joden
que piden
que viven la vida
que tienen.
Que diferente que
no estés tú.
No estás tú y descubrimos
la tarde,
la música en la tablet,
una receta de la India.
Oh sea,
que tu no estas
y la vida
nos invita.
Tu no estas
y ni rabia siento.
La nada siento.
Mariana compro para las
niñas brazaletes de colores.
¿Viste que fácil?
Jonathan grita, matando electrónicamente:
coño, chico, ¿tu eres comemierda?!
Así es.
Tu no estás, oh, no estás!!!
¿Es asi, tan facil?


El barrio: Prologo



Hace 32 años que no vivo en Cuba. Cuando vivía allí, había en mí cierto desprecio por lo que me rodeaba; los deseos de cambiar para una vida mejor y la eterna inconformidad de la juventud hacían de mi barrio un lugar indeseado. Cuando pude llegar e instalarme en Miami, el Reparto Poey (el barrio) comenzó a tomar matices diferentes. Nunca cometí el error de elevar en la distancia una imagen de aquel  lugar y creerlo una especie de paraíso perdido como hacen algunas personas que he conocido; que han llagado a decirme que en aquella época las personas eran más inteligentes o que eran maravillosos los apagones diarios. Pensando de esta manera y desde la perspectiva del niño y después el adolescente que fui, se me ha ocurrido ir creando algunos post contando recuerdos (inexactos como todos los recuerdos) sobre momentos y cosas en las que me vi inmerso en aquella época ya tan lejana. Me gustaría,  para que tengan una especie de continuidad  llamarlos  El barrio,  y  a continuación el titulo que les daré a cada uno. Veamos hasta donde llegara mi locura. Al  Reparto Poey lo rodean el barrio de Santa Amalia, La Palma, Barrio Azul, Las Yaguas, Los Pinos y Bejucal. Las calles laterales (partiendo desde la Calzada de 10 de Octubre) se nombran con letras que van  desde la calle A hasta la calle H. Las transversales con números : de 1era hasta 7ma. Un parque, la Escuela Felipe Poey y el Ciro Frias (complejo deportivo)  y una capilla  de caracoles, que era parte de mi casa.


El arbol

foto:mariana aguero


Detrás de mi casa había un árbol. Era un árbol viejo. En el tronco se leían los años, las lluvias pasadas, los fríos, el calor y debajo de el también podía leer un poco la vida mía. Unido a la vieja cerca, cargaba con todos los andariveles que le colgábamos, atraíamos a los pájaros con cajas para el alpiste, lo adornamos con  luces y botellas de colores; tenia lagartijas y chipojos, pájaros azules, negros, rojos y grises.  Dejaba un manto de hojas en esta época del año y después en primavera unas pequeñas flores que lo manchaban todo con una sustancia pastosa, desagradable. Ese era el momento de cagarme en el. Y el de ignorarme. Nos protegió con sombra mientras cocinábamos carnes, escuchábamos música perversa para el escándalo de  los vecinos, las niñas jugaban a ser mujeres alrededor de su tronco arrugado  y Mariana compraba flores que adornaban en macetas. El árbol era el calendario de la vida de la casa. Estaba allí, indicando el tiempo que pasa inexorable. Se doblaba con el viento  y después continuaba haciéndose notar, cambiando de hojas, creciendo en ramas nuevas, junto a la casa, al límite de lo que no era mío. Ahora el árbol no está. La vieja monstruosa que dirige lo que pagamos todos, decidió cortarlo. Ahora está el vacio de él y la cerca nueva. Ya no están  la sombra ni los lagartos, ni los pájaros. Ya no hay hojas ni ramas, ni luces, ni sombra  y su lugar es  un sol inmisericorde.  Ya no está el tiempo vivido, el viento y su sonido.  Había  una vez, un árbol viejo detrás de mi casa....


Donald Eugene Moeller



En Dakota del Sur, ejecutaron por inyección letal a Donald Eugene Moeller. Fue muerto en presencia de los padres de la niña que el secuestro, violo y después apuñalo.  El cuerpo de Becky O'Connell , de 9 años de edad, fue encontrado por la policía un día después de su desaparición en las orillas del Big Sioux River. Moeller, que negaba todo, al final confesó el crimen. Tenía más de 60 años cuando lo mataron. Muchas voces se alzaron en contra de esta ejecución. La Unión Europea, y sobre todo Francia, trataron de encontrar  clemencia  para  el. Cientos de personas se congregaron frente  a la prisión con velas, carteles, tratando de  que se suspendiera la ejecución. Querían que se le respetara   la vida. Pidieron que olvidaran a la niña de 9 años que entro a una tienda en busca de alguna golosina cuando fue secuestrada. Los carteles y los ruegos decían: olvidemos eso y sus gritos y su terror y su dolor,  olvidemos su ejecución, su muerte, su vida trunca, perdonemos a Donald Moeller, que es un hijo de Dios. El Estado no tiene el derecho de matar a un ciudadano, decía otro cartel. Salvemos a Moeller, que es un ser humano y como tal tiene que ser tratado. La vida tiene un valor infinito. Así decían  La Unión Europea, Francia y los cientos de personas reunidas fuera de la cárcel, orando por él, con sus carteles y gritos. ¡Salvemos a Moeller! ¿Sera que no leí bien? Porque yo leí eso.



Saturday, October 27, 2012

Pantalla eclectica



Cuando veo una película donde el tema principal es la lucha del bien contra el mal, casi siempre los personajes macabros, con inteligencia para la maldad y la ironía, son los que más me gustan. Me aburren hasta el cansancio esos héroes que pasan toda su vida brincando, peleando y persiguiendo a la malignidad en nombre de la humanidad. No soporto a Batman, con su traje perfecto y esa ecuanimidad a prueba de golpes. Yo prefiero a Jocker, inteligente, cínico, cobarde, irónico. Siempre dispuesto al mal. Si Batman no me gusta, menos soporto a Robin, con su indumentaria de colores, que a mí me produce risa. Vuela raudo Superman a defender una ciudad entera que está en peligro de desaparecer. Que aburrido. Prefiero a su archienemigo que quiere joderlo siempre. Spiderman: no sé ni que pensar de él. Todos los que lo atacan son más trágicos, menos llorones. Dice mi mujer que como puedo tolerar ese tipo de películas, después de ver 8 1/2 o Desierto rojo, o Volver, de Almodóvar. Así es, si estoy pasando de canal en canal y están poniendo Kill Bill, no importa las veces que la vi antes, la vuelvo a ver. Nataly, en una de esas noches donde me quedo hasta tarde, dueño del control remoto, viene y en un susurro me dice: Apo, ¿vamos a ver una película mala? Y arropados con la manta del sofá, buscamos la más sanguinaria, la de pasillos interminables, la que la música  te congela  y una mano con un puñal siempre al acecho, te está esperando;  para juntos abrazarnos de miedo y risas. Rosy huye despavorida para no ver nada y tengo que pagarle soportando  con ella la colección interminable de Barbies, con sus caballitos, sus vestidos y esas vocecitas azucaradas que son su locura, o I Carly, con los muchachos gritando todo el tiempo. Pero la más cruel de todas es Gianna, que me espera cuando llego del trabajo para que vea con ella los programas de Caillou, Doc McStuffins y mil cartoons más. Creo que mis gustos eclécticos por la pantalla tienen  profundas raíces de paciencia. Paciencia y  cariño.


Break time



Hoy no tengo el periódico. Me siento y miro hacia delante y descubro cosas que siempre estuvieron allí. Feísmo, leí una vez. El afiche de la mulata vestida de pirata: pick up a pirate! dice, mientras ella me mira empuñando una botella y con sus labios creo que me dice: de este vino no beberás  y lo repite: de este vino no beberás. El almanaque agarrado con scotch tape. Esa rubia también me mira. Empina las tetas y aguanta la respiración. Mira, me dice. Miro. Veo todo. Imagino todo. Esta acostada en la arena. El mar es azul. Mira, repite. El mar es azul y es dorado. Se va moviendo. Las olas llegan y no la tocan. Mira, susurra. ¡Oh, el mar!  pienso.  Las olas tienen un sonido,  prrrrfchplaff.... escucho atento, plaff. Alrededor mío el polvo, los utensilios para mi trabajo, la toronja picada, el sobrecito con azúcar de dieta. Esta no da cáncer, los otros sí. Yogurt de blueberry. Que mierda. El text message, reviso Facebook, nada veo que no sea la incomunicación habitual y la misma bobería. Pienso que en alguna parte alguien no está bien, que otros ríen y otros entran al Zoológico, esperan en la  consulta de un medico, otros viven en el terror. Recuerdo las ruinas de Chichen-Itzá. El silencio. Las columnas y las piedras alrededor del cenote. Pero sobre todo el silencio. Llaman a alguien a la oficina por los speakers. Salgo un poco de mi letargo. Que rápido pasa el tiempo del break. Ya no están las ruinas ni el silencio y el mar no es ni azul ni es nada, y no suenan las olas allá en la barranca, ni hacen plaff, nada.  Vuelve a tronar la música terrible en cada radio.  Truena y entra y raspa y maltrata. Los ruidos. El no silencio, el no espacio, el no mar, el no color. Me levanto.  Tengo que seguir, para eso me pagan.


El mar



Para Huidobro el mar
para mí su infinita
terrible belleza
y terrible hijo de puta
donde he podido
sentir que algo
vale la pena.
Mar de versos ridículos
y de barcos
y de olas también
cabron que guardas
huesos y esperanzas
recuerdos y cuerpos
desnudos, erotizados.
Mar que es frontera
es límite
distancia peligrosa
atrayente.
Que envuelves
a las ciudades
donde he vivido
o sea,
donde me pierdo
siempre.
Oscuro, verde
a veces, rojo
según mi neura
mi estupidez diaria
o tal vez
depende
si estas
y te veo
o te olvido.