Algunas imágenes de pronto parecen dar
un salto y se posan delante y te llenan de una nostalgia extraña y es entonces
que vuelves a escuchar lo que no recuerdas y a oler olores olvidados con
un sentimiento ambiguo de realidad o historias inventadas con el paso del
tiempo. Algo así me sucedió cuando supe de la restauración del monumento al USS
Maine, en La Habana. Aquel monumento trunco, frente al mar. Un punto de la
ciudad donde viví y he cargado a donde fui. Me recuerdo frente a él. Mis deseos
de vivir de otra manera. La ciudad es lo que se vive de ella. Nunca La Habana
ha sido lo que leí de diferentes escritores. Esa ciudad siempre es la de cada
uno de ellos. No solo por las diferentes épocas, sino porque las cosas son lo
que uno les imparte. Nunca La Habana mágica de Cabrera Infante podría ser
la mía. Cuando la he recorrido, paseo por intrincados parajes que se
encuentran y desencuentran con los míos, en épocas y visiones tan disimiles y
aun tan entrañablemente amadas. Las magias son diferentes. Porque creo que la
verdadera ciudad no existe en la literatura. La ciudad es la poesía y la visión
adulterada del escritor. La ciudad de Pedro Juan Gutiérrez es la oscuridad y el
horror. Yo no la he visto nunca de esa manera y aun así, no me es ajena. La
literatura tiende a unir. Alejo Carpentier me muestra algo que no veo
realmente. Esta ahí, pero no es La Habana vivida. Son las visiones y la creación.
Es la maravilla de crear. El monumento herido del USS Maine es como la ciudad mía.
Trunco, solitario, junto al mar,
ambiguo, lejano.
Sunday, February 17, 2013
La luna
Desperté cuarenta minutos antes de que
sonara la alarma. Cuando me acosté, le envié un mensaje a mi cerebro para
despertar antes. Funciono. Dormí la noche entera. Habíamos reído de cosas que
pasan en la Internet. Sobre todo unas fotos del Papa luchando con el viento que
le desordenaba los trapos que conforman su vestimenta. Era muy gracioso, porque
al final, el Pontífice, cansado de las jugarretas del aire, decide renunciar
con una blasfemia. Todavía reía cuando lo recordaba, debajo de la ducha. Es
bueno reír. A veces se me olvida, pero es bueno. También es bueno cuando
Mariana ríe. Es lindo. Ella y yo vivimos conectados a Internet. Vivimos
conectados a Dios. Es el dios real. El que todo lo sabe, el que te contesta a
todas tus preguntas, el universal, que no te amenaza ni te exige humildad,
ni sometimiento ni fe ciega. Salí más temprano. Entro a un
lugar abierto las 24 horas, para comprar una postal. Escojo una que tiene un
dibujo de un hombre de las cavernas esculpiendo un corazón de piedra. La
señora que está trabajando me hace preguntas. Quiere saber para quien es la
tarjeta. No le contesto. Sonrió. Ella necesita seguir hablando. Me cuenta que
su marido tuvo muchas mujeres hasta que la conoció a ella. Después no, solo a
ella. La miro. Me produce algo parecido a una ternura antigua que
no se por cual vericueto del tiempo se me ha perdido. No puede parar de hablar.
Observo la hora, tengo el tiempo contado, pero la escucho un minuto
más. Cuenta que vivió 28 años felices junto al marido hasta que murió,
hace 2 años. Quiere que me lleve una rosa de tela y plástico. A las mujeres nos
encantan las flores, susurra. Los ojitos le brillan. Veo en ellos momentos
pasados que esos ojos vivieron. Sonrío. Que tierna es la señora. Me voy.
En el tren varias personas están llevando un survey. Se me acerca una muchacha.
Tiene la carita asustada. Me pregunta si quiero participar. Digo que no
quiero participar. Veo su carita que no entiende el que yo no quiera. Le sonrío.
Ella no sonríe. Quisiera decirle que se parece a un cuadro del
Renacimiento, que he visto, pero no sabría precisar cuál es. Se va un
poco enojada. Varios de los que viajan conmigo todos los días me miran. Están
molestos porque dije que no. Ellos llenan las planillas. Hacen preguntas estúpidas.
Donde pongo mi nombre, pregunta uno de ellos. Otro, de los que trabajan
conmigo, me reclama que no llene el survey. No le respondo. No tengo
ganas. Son peligrosos. Se molestan porque no soy de su grupo. No entienden y
los desconcierta. Hay que tratarlos con una calculada cautela. Hay algo
primario en ellos, una actitud primitiva que cualquier cosa los
puede volver violentos. Eso se aprende con el tiempo. Cuando era joven
contestaba a todo. Todo se convertía en una cruzada. Ahora no. No me importa.
Cuento con los dedos. ¿Quien me importa? Algunas cosas me importan. Algunas
personas también. Pocas. Así es mejor. Se libera uno, anda sin muchos lastres.
Lo ideal es vivir más ligero, aunque es difícil. Llego al trabajo. Veo la luna.
Me gusta, es algo que esta allí y lo olvidas y una noche la miras y dices: la
luna, que cosa, ¿no? y
sigues.
Saturday, February 16, 2013
El barrio: Dulce
Cuando la recuerdo, lo primero que viene a mi memoria es una pequeña botella de perfume, con la forma de la Torre Eiffel. Después son sus manos, aquellos dedos largos, interminables, con olor a cigarro, que acariciaban suavemente, como si se posaran sobre una superficie muy frágil que se quebraría al menor descuido. Aquella tarde me invitó a ir con ella. Había siempre un misterio, algo que no se decía en todos sus actos. Entramos por un pasillo, al lado del Ciro Frías, y cuando llegó a la puerta, sacó una llave de la cartera y la abrió. Dentro estaba aquel hombre, acostado en una cama que ocupaba casi la totalidad de la pequeña habitación. Comenzaron a hablar en susurro, y yo me dediqué a mirarlo todo a mí alrededor. Sobre una pequeña cómoda, entre varios portarretratos con fotos de una niña y una Virgen de la Caridad, estaba la torre de cristal. Dulce discutía en voz baja con el hombre. Después le tiró la llave a la cara, me tomó de la mano y salimos de allí, casi corriendo. No entendía por qué ella lloraba, pero creí que lo mejor sería el silencio. Al rato ya reía mientras le gritábamos al viento: ¿qué pinga es la que te singa? Y ella reía y me decía, una vez más: ¿qué pinga es la que te singa? Y yo estaba contento de verla que ya no lloraba, y se reía y gritaba y me llevaba de la mano. Algunas noches me invitaba a dormir con ella. Cuando creía que estaba dormido, se abrazaba a mi espalda y sentía su aliento en mi cuello y era tibio y bueno. Me contaba de sus amantes y se reía de ellos, y yo reía también y cantábamos canciones de Julio Iglesias que la ponían muy triste. Una de esas tardes que sin nada especial se tornan imborrables, hicimos mayonesa. La ayudaba con los huevos mientras echaba el aceite poco a poco y a la vez aguantaba la batidora, porque se estremecía y se iba corriendo por la meseta. Tengo un recuerdo que se disfuma entre un sueño o algo que sucedió realmente: es una cueva muy grande que termina en un río; justo en la orilla, un bote de remos volteado e inservible, cubierto de un musgo verde y húmedo. Muy cerca, un inmenso cocodrilo dormitaba. Dulce y yo estamos dentro de esa cueva y siento una tranquilidad como nunca antes en otro lugar. No hablamos, solo miramos alrededor nuestro. Hay silencio en el sonido del agua deslizándose. Tuvo una hija que nació un día de mi cumpleaños. La fui a ver al hospital con un amigo de la escuela. Cuando llegamos, tenía la niña cargada y me pidió que me acercara a verla. El bebé parecía un gatico albino, arrugado y feo. Ella lo acariciaba suavemente y yo miraba sus dedos rozando aquella piel que parecía irreal, y de alguna manera supe que ya no me tocarían más. Después, no recuerdo cuándo, se ahorcó. Rompieron la puerta del baño para sacarla ante las miradas curiosas del barrio reunido frente a la casa. ¿Qué pinga es la que te singa?, repite, mientras ríe, cuando la recuerdo.
Fotos
Una foto, puede ser más ilustrativa
que un video con sonidos. Por ejemplo: puedo mirar por horas albúmenes antiguos
y disfrutar de cada detalle, cada expresión, actitud o simplemente, sorpresa.
Pero me aburre infinitamente si veo más de veinte minutos un video familiar.
Las fotos captan un instante que se pierde en el movimiento. Crean una magia
imperecedera, estática y única. Tengo infinidades de imágenes en mi memoria de
fotos de todo tipo que he visto durante toda mi vida y ni una sola de un video.
Ahora, después de todo este desvarío, quiero llegar al punto que me hizo
escribir esto: una foto de Nicolás Maduro, Elías Jaua y la procuradora general
de Venezuela, Cilia Flores. Me cuesta trabajo, en este momento, imaginar algo
mas patético. Estos tres importantísimos personajes del gobierno venezolano,
posan para la cámara cargando sendas imágenes de vírgenes destinadas a la recuperación
del presidente Hugo Chávez Frías. Están retratados en Cuba, país donde se
encuentra en estado de gravedad su comandante. Observo las tres caras. Trato de
separarlos de lo que representan y veo a tres subnormales posando para una cámara,
representando la vulgaridad, la nimiedad del Tercer Mundo. Veo en ellos
lo que nos vende en el mundo civilizado. Gente bobinas, llenas de terror,
creyentes subdesarrollados y oportunistas del momento. Me cuesta mucho trabajo
aceptar como estos gobiernos son mirados legalmente en la otra parte del mundo.
Ver a Evo Morales, a Ortega y su mujer, la hippie trasnochada o a Fidel haciendo
ejercicios a la salida de un elevador, son de las cosas más tristes que se
puedan recordar. El Che Guevara fue más inteligente o vivió una época,
aunque equivocada, si más genuina. Fidel Castro fue un emblema, un símbolo de
esa época (aquí no estoy juzgando su cacareada revolución ni su
dirigencia). El Che fue también otro símbolo. Murió y quedaron para la historia
fotos que lo captaban en su vida política. Fotos lindas, donde la cámara
enfocaba a un hombre decidido, romántico, enérgico, trabajando como estibador,
hablando en la ONU, fumando pensativo. No importa lo que era verdaderamente, ni
importa si ahora cubre algunas t-shirts o es la imagen de una cerveza. Lo
captaron para siempre. Fidel pudo competir con esas imágenes, pero no murió.
Paso el tiempo, que nos va poniendo viejos, como dice la gran canción. Las
fotos que quedaran son las de un loco decrepito vestido de Adidas,
mirando al lente con ojos sin vida y su eterna expresión de
sorpresa y observando una olla de presión como si calculara el peso
de un diamante. Fidel como un muñeco olvidado que a veces se descubre en un rincón
y nos recuerda lo que fue en otros tiempos. Esos tres personajes cargando las vírgenes
para llevarlas a la sala de hospital donde muere un presidente alejado de su país,
son una muestra de la incongruencia y la mediocridad de las políticas que
representan. Foto histórica. Todo un símbolo que nunca adornara la camiseta
de un joven progresista.
Sunday, February 10, 2013
Rata
Nada, que vinimos de un pequeño roedor
del tamaño de una rata. Es la conclusión a la que ha llegado un
equipo de científicos internacionales, que nos sitúan en esta tierra de lágrimas,
como dicen los boleros, entre los 200,000 y 400,000 años después de que
el último dinosaurio nos dejara un huevo para que Spielberg filmara
su genial película. Ya llegue a mi propia conclusión. Es simple
como lo soy yo, que no tengo cabeza para interpretar todo esto de las especies:
hijo de gato caza ratón. Y, como somos parientes de un tipo de roedor, es
por eso que existen tantas ratas de dos patas (no se moleste, Paquita la del
Barrio) andando por ahí, manejando, escribiendo en Facebook, gobernando aldeas,
y molestando a la humanidad y todo ese tipo de cosas. Que conste, que no lo
digo yo, que lo publico una revista que no lee nadie, pero parece ser muy
importante, que se llama Sciencie, el día 8 de febrero. Leo estas cosas y
no puedo dejar de pensar. Algo en todo esto se salta o esconde u
omite, vaya usted a saber, todo lo que nos indilgaron por siglos y
siglos hasta el cansancio. Entonces, ¿que hago con todo eso? ¿Donde está el límite
de la decencia, cuando le digo a mis nietas que fuimos creados por algo
natural, que conllevo a un desencadenamiento de situaciones donde no tuvo nada
que ver la mano de un ser divino, que caprichosamente, nos dio el título
de reyes del planeta? ¿Como tirar a la basura todo ese tumulto de ideas que se
encargan de fomentar hasta en las grandes esferas de los gobiernos hipócritas.
¿Que hago hacia ese sentimiento de un dios que nos regula, nos vigila y decide
por nosotros? ¿Y mama Eva y papa Adán? Ese absurdo cuento de ideas platónicas y
bobas. Y no quiero ser rudo cuando pregunto: ¿que hago con el embarazo
divino, ese que no vino ni por probeta, ni por un tarro, ni porque se rompió el
condon? Ratas somos. Fuimos. Algunos siguen siéndolo. Cuanta confusión, yo que
no tengo cabeza para pensar y venir a meterme en estos callejones sin salidas.
No he desayunado aun, creo que es producto del hambre. Si, creo que es por eso.
Saturday, February 9, 2013
Tombuctu
Una foto en el periódico muestra a un
grupo de soldados franceses, acabados de llegar a Tombuctú. Caminan por un
lugar árido, casi un desierto. Lo que se ve alrededor es desolador, arruinado.
En el centro de la foto los soldados europeos. El extremo norte de Mali ha sido
tomado por grupos islamistas armados, apoyados y financiados por Al-Qaeda.
Donde estos islamitas han logrado el poder, fomentaron
(aun mas) el abuso, las limitaciones de las libertades más elementales,
el castigo por las infracciones de la moral establecida, el
oscurantismo y el terror. Estas leyes consisten en amputaciones, latigazos,
velos obligatorios a las mujeres, y un sinfín más de atrocidades. En mi opinión
personal, estoy asombrado de que el gobierno de Francia le esté poniendo término
a esta calamidad. Siempre he visto una especie de cobardía blandengue en
casi todos los países europeos con relación al Islam y sus enloquecidas
actitudes contra la libertad y la vida. Cuando veo al ejército de la civilización
caminando por esas callejuelas inhóspitas, pienso que por fortuna, los que
quieren imponer el atraso a todo lo ganado, no lo van a lograr. La inteligencia
se impone. Por ese motivo el mundo civilizado ha logrado la magnitud que
ostenta. Nunca con dogmas antiguos y religiones absurdas se podrá
destruir la civilización. Estos islamitas con sus ideas de Mahoma, el paraíso y
sus once mil vírgenes, podrán (dan) dar problemas, poner bombas, implantar el
terror; pero de ahí no pasan. Esa foto con los soldados franceses lo demuestra.
El mundo civilizado tiene la fuerza y la inteligencia. Lo demás es la negación
de lo humano. La estupidez malsana.
Sunday, February 3, 2013
Gol
Varios hombres jóvenes discuten,
gritan, hacen gestos violentos, ríen y solo hablan de deportes. De pronto
repiten una frase como un mantra: lest go Ray!, lets go Ray! Hay cierta belleza
en la monotonía de las palabras repetidas. Son como un eco de las cavernas,
nuestro tiempo primero. Se apasionan, se enfurecen, vibran. No dejo de sentir
una especie de envidia. Sin dejar que me envuelva la melancolía, pienso en
cuanto me gustaría poder tener ese tipo de pasión desmesurada por
algo. No solo el deporte. Pasión por algo. Vibrar de una forma similar.
Recuerdo la única vez que participe en un juego de football o balompié, que era
como se le llamaba en esa época. La profesora de Educación Física, (la clase
que yo odiaba más que Matemáticas), se canso de mis justificaciones, tardanzas,
malestares, dolores, ausencias y toda una gama de excusas que utilizaba para no
exponerme torpemente delante de los demás alumnos, con mi penosa y
nula habilidad para cualquier deporte. Sacando toda la masculinidad de que era
capaz, me llevo al campo de juego por una oreja, arengándome de que los machos tenían
que hacer deportes o que yo prefería, ¿sentarme a tejer? Tuve ganas de
responderle que ninguna de las dos cosas eran mis prioridades, pero como
realmente en aquel momento no tenía claro ninguna prioridad y me daba pánico
aquel hombrote con tetas, obedecí. Los gritos, la cantidad de muchachos y
muchachas en las gradas, verlos desde abajo, me mareaban. Tarzan, la profesora,
hablo con uno de los que estaban en el terreno y me dejo allí. El muchacho me
mostro mi lugar, me grito algo que sonó a defensa, delanteros, el
arco, ¡que se yo! y corrió a su lugar. Las muchachas reían, gritaban, los
muchachos en las gradas jugaban a probar fuerzas, se golpeaban, se empujaban
unos a otros. Tarzan sonó el silbato y sentí un silencio, un eco que se producía
en mi cabeza y veía como todos corrían en cámara lenta. Desde las gradas
levantaban los brazos, se agitaban. Parecían todos muy felices. Ver eso me hundía
más en mi propio terror. De pronto, sentí los gritos, el calor del sol, de
nuevo los silbatos de Tarzan. Todo era una confusión tremenda. Corrían
varios hacia la pelota y a patadas la transportaban de un lugar a otro. Se
insultaban, sudaban. Yo no sabía muy bien que era lo que esperaban que hiciera
y corría hacia donde más o menos veía donde estaba la engorrosa acción. Varias
veces escuche improperios contra mí, pero la verdad era que no me reconocía,
con toda la adrenalina que me inundaba embaucado en la locura de patadas
y destrezas. Estaba frente al arco. El arquero me gritaba algo que no entendía.
Un muchacho de lejos pateo la pelota perseguido por una jauría que le
corría detrás. El balón casi tropezó con mis pies. De pronto me vi solo
con la pelota y sentí una euforia que me inundaba. El arquero continuaba gritándome,
y yo no sabía por qué. Corrí con el balón. Tuve aun más cerca
la portería. Vi los ojos de asombro del muchacho antes de patear la
pelota. Mire como rodaba sobre el terreno, hasta que entro limpiamente en el arco.
¡Gooooollllllll!!!! Grite. ¡Hijo de puta, maricon, el coño de tu
madre!!!!! Escuche a lo lejos silbidos, risas, burlas. Eran dirigidas a mí. Me
vi rodeado por un grupo amenazante. ¡Goleaste la portería tuya, comemierda! Ahí
fue que comprendí que yo "tenia" una portería. Sin entenderlo todo
muy bien, mareado y humillado camine hacia las gradas, donde me cerró el
paso Tarzan con una sonrisa que trataba de ocultar el desprecio que sentía. No
te puedes ir del campo, me dijo, tienes que seguir jugando. Recuerdo que la
mire a los ojos y vi en ellos la burla general. No sé cuánto tiempo soporte su
mirada. Segundos, tal vez. Como sería mi expresión, que su boca se fue
desdibujando y la mueca burlesca que antes la marcaba, desapareció de
repente. Me fui en silencio. ¿Cuantos años han pasado de ese episodio?
¿Cuarenta? Si, más o menos. Pienso que hoy sigo siendo aquel muchacho
inmerso en sus tragedias. Algo ha cambiado. Ahora solo me salva el cinismo, las
palabras como escudos. Poderlo contar ya es todo un juego ganado a puros
goles.
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