Saturday, May 31, 2014

Rostros en el cajón.



Ya la madrugada tiene un olor, una forma diferente al resto del día. Pero en una madrugada que llueve, el mundo cambia totalmente, el olor es otro, los sonidos se dispersan, imprecisos, y las ideas se alargan espesas, como si se deslizaran lentamente.
Manejaba hacia la estación. El estribillo de una canción, monótonamente, se repetía y se repetía en mi mente. De pronto, recordé la conversación que tuve con alguien que trabaja conmigo, ayer en la tarde, mientras esperábamos el tren de regreso. Hablábamos de otro compañero de trabajo, que ahora está ingresado para operarse. Tengo entendido que es algo simple; la vesícula, creo.
Mientras escuchaba lo que decía el que conversaba conmigo, me asaltó la idea de que tal vez ya no volvería a ver más a esa persona. Fue una idea que surgió de la nada. Si no volviera y lo dejara de ver, ese hombre, en muy poco tiempo, "dejaría de existir". De hecho, en este momento, me cuesta definir un solo rasgo de su cara. Recuerdo algunos gestos, una forma precisa de andar, el tono de voz. Pero su rostro se me difunde entre miles de otros rostros. Si lo viera ahora, al instante lo reconocería, pero por el contrario, si me pidieran describir su cara, me llenaría de dudas.
Estoy leyendo una novela donde el personaje principal está echando en un cajón las pertenencias de su esposa, que abandonó la casa para irse con su amante. Es una situación común en la vida y en el arte. Pero lo que me atrae de este relato, este instante específico, es la falta de sentimientos. O, entendamoslo mejor: es la ausencia de la descripción de esos sentimientos.
El personaje comienza la limpieza por el baño. Lo primero es el gorro plástico para el cabello, que aún cuelga de la ducha. Después será casi un ritual descrito con una precisión perfecta: el champú, el cepillo de dientes, los cosméticos, las toallitas para limpiarse el cutis, el desodorante, los perfumes, las blusas colgadas, los vestidos, los cajones con la ropa interior, un reloj inservible, zapatos, libros, pequeños adornos.
Mientras leía, palabra tras palabra, yo sentía que se iba difuminando el cuerpo "real" de la mujer. Que iba desapareciendo en cada uno de los artículos depositados en la caja. No sé lo que el hombre pensaba. No me mostraba nada preciso con relación a sus sentimientos, pero el cepillo para el pelo, la blusa de color azul, el olor del perfume, "sí" me decían cosas. Era un silencio a gritos, un desprendimiento en cada insignificante acto de agarrar un objeto y depositarlo en el fondo de la caja. Con cada objeto guardado, la mujer desaparecía aún más, hasta que al final, no quedaba nada de su presencia. Fue una especie de despedida para quien ya había dejado de existir.
Cuando termina de guardarlo todo va a la cocina, prepara una ensalada, cuece dos huevos y con una cerveza helada, se sienta a la mesa. Mientras va arrancando la cáscara de los huevos, distraídamente, observa por la ventana las ramas de un árbol que se mecen al viento.
No me siento capaz de poder explicar con palabras el sentimiento o la sensación que me dejó ese instante de la novela. Un momento que no es ni siquiera definitorio para el desenlace del argumento. Pero, ahora que los charcos dejados por la lluvia, van reflejando las sombras y las luces de mi auto, mientras me dirijo a tomar el tren, recuerdo que hace treinta y seis años, yo también recogía y guardaba en un cajón de cartón, las pertenencias de mi padre.
En el pequeño cuarto había un ventilador con las aspas desnudas, sin la rejilla de protección, varios periódicos, una máquina de afeitar, la brocha para la espuma, una loción, un jabón, dos camisas sucias, un pantalón tirado en el suelo, un cenicero con colillas de cigarro, una silla, un maletín vacío, tres baterías de linterna, una libreta de teléfonos y un bolígrafo. 
Todo lo que rodeaba a mi padre, cupo en un cajón, menos el ventilador. Puedo describir con precisión cada detalle de aquel cuarto, los olores, el rostro de la mujer embarazada que me rogó que le regalara el ventilador, hasta las manchas tan habituales en las camisas de mi padre, pero no podría describir su rostro.
Cuando, buscando alguna cosa, me topo con una foto suya, su imagen me muestra una cara conocida, pero es solo un conocimiento de algo aprendido. Me explico: el rostro de mi padre es "el rostro de la foto".
El suyo desapareció, dejándome en su lugar, un ventilador viejo, una máquina de afeitar y dos camisas sucias.
Estaciono el carro. Subo en el elevador y camino sobre el puente que cruza, por encima, las líneas del ferrocarril. Me siento en uno de los bancos que están bajo techo. Espero a que llegue el tren.


Friday, May 23, 2014

Imágenes en el espejo



Estoy medio dormido, tratando de hacer una siesta cuando me asalta, entre el sueño y la vigilia, una escena surrealista: Tomás y Sabrina, de espaldas a mí, desnudos, frente a un espejo. El espejo proyecta la imagen de ambos. Miran a un punto lejano y ella sostiene en la cabeza un sombrero hongo de color negro.
Los cuerpos que veo de espaldas están entrelazados. Cada cual rodea la cintura del otro. En el espejo no se tocan;  parados uno al lado del otro, miran con cierta melancolía hacia un lugar inexistente detrás de mí. Ella, ataviada con el incongruente sombrero.
No es un cuadro de René Magritte. Es la descripción distorsionada en mis recuerdos de un momento cumbre de La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.
Doy vueltas en la cama tratando de borrar cada detalle de mi mente. No lo logro.
Imagino otra escena:
Dentro del espejo están Sabrina y Franz. Sabrina está desnuda, mirando ahora hacia un lado. Franz va completamente vestido y sobre su cabeza lleva el sombrero hongo. Franz observa algo que queda delante de él. De espaldas, mirando hacia el espejo, estoy yo. Franz mira hacia mí.
Me levanto y bajo por la novela. La hojeo buscando la anécdota del sombrero. No encuentro lo que busco, pero me topo con otra que no recordaba:
Teresa visita a Sabrina en su departamento. Sobre una mesita, descansa un sombrero hongo de color negro. Teresa retrata a Sabrina desnuda, con el sombrero puesto. Sabrina le ordena a Teresa:
─ ¡Desnúdate!
Teresa, se deja llevar sin oponer resistencia.
Teresa posa para la cámara con los ojos cerrados.
Teresa no quiere ver, solo sentir.
Teresa cierra los ojos y se abandona.
Teresa se deja hacer por la cámara-Sabrina.
Sabrina se esconde detrás de la cámara.
Sabrina es un lente que indaga.
Sabrina dice: ¡desnúdate!
Sabrina escucha a Tomás diciéndole: ¡desnúdate!
Sabrina-Tomás-Teresa-Franz.
Imagino a las dos mujeres, de perfil, frente al espejo. Las dos desnudas. Una apuntando a la otra con una antigua cámara fotográfica. En el espejo, de frente, estoy yo, observando. Tengo puesto el sombrero hongo.
Estoy sentado frente al televisor apagado. La pantalla ahora es un cuadro. Dentro del cuadro, el espejo. Nada se refleja en él. De espaldas, un hombre. Junto al hombre, una columna, y sobre un pedestal, un busto griego. No hay nada más. Es un cuadro de Giorgio de Chirico.
¿Soy ese hombre de espaldas? No. Es un hombre sin imagen. Es un hombre que solo veo yo. El espejo no lo capta. Está parado ahí, dándome la espalda, ignorándome. Existe solo para mí.
Levanto el brazo y toco su hombro. No se mueve, no gira la cabeza. Me desespera el deseo de ver su cara. Estoy parado detrás. Me quito el sombrero y lo coloco en su cabeza. Hace un ligero movimiento, como una forma de acomodarse, de estirar los músculos del cuello. Nada se refleja en el espejo, solo un espacio vacío, profundo como un túnel.
Me encuentro parado en el centro de un salón vacío. Miro alrededor.  Solo paredes de color blanco me rodean. Doy vueltas y descubro lo mismo donde quiera que miro.
Se abre una puerta que no había detectado antes. Entra una mujer. Trato de reconocer su cara. Me esfuerzo queriendo recordar, pero es inútil. La mujer camina y se detiene a unos pasos de mí. Me mira a los ojos. Logro  mantener su mirada. Hay algo feroz en la suya.
Se desnuda. El vestido cae y se pliega con un ligero movimiento a sus pies. La observo. Levanta un brazo hacia mí, señalándome. Es una mujer de Salvador Dalí. El brazo se estira, se hace pastoso, pero no llega a tocarme.
Siento tanta angustia que me duele el cuerpo. Ella no deja de mirarme. De pronto se da vuelta y camina lentamente hacia la puerta. Desaparece.
El vestido queda abandonado sobre el suelo. Lo levanto. Voy hacia el lugar por donde salió. Paso las manos por las paredes buscando el picaporte. No lo encuentro. Recorro toda la habitación, inútilmente.

Saturday, May 17, 2014

De tiburones y otros temores.


Conversamos por teléfono todas las mañanas Mariana y yo. Estamos una hora, hora y media contándonos cosas. Es la conversación mas larga del día, entre las 6:45 a las 8:15. Ella manejando, con los audífonos puestos y yo, mas o menos trabajando, también con los audífonos. Después de ese tiempo, la comunicación es esporádica, intermitente.
¿Sobre qué hablamos? Sobre peces. Ese es el nuevo tema de conversación: los peces. Tenemos dos pesceras con cangrejitos, babosas, camarones, pecesitos de colores, plantas acuáticas, arena, piedras, troncos sumergidos. Un pequeño mundo acuático que nos resta, aún más, el poco tiempo de que disponemos. Pero es lindo todo eso.
Una mañana de sábado me dijo que saldría un rato para comprar algunos mandados y que yo no tendría que ir.
-Voy con Nataly-me gritó ya cerrando la puerta- así tú puedes quedarte escribiendo.
El bombillo de alerta se prendió al instante ante tanta amabilidad, pero la idea de no tener que ir a las tiendas un sabado era muy cómoda, y no pregunté nada.
A las tres horas, llegaron cargando sendas pesceras, bolsas transparentes llenas de agua y peces, motores para el oxígeno, plantas, químicos para el ph del agua, diferentes tipos de comidas, unas tenazas largas, y otros trastes que ahora no recuerdo. Así comenzó la engorrosa etapa de la piscicultura.
Pero la charla telefónica de hoy era alrededor de un programa de Discovery Channel que vimos anoche, sobre tiburones. Nunca nos ponemos de acuerdo Mariana y yo en esto. Como es natural y humano,  les tengo pavor. Ella afirma (el documental también) que son casi inofensivos, y que no atacan (solo en circunstancias especiales) al hombre.
-Tú no has visto Jaws, ¿verdad?- la interrumpí, para molestarla.
Según ella, que fue buzo antes de conocerme, los vio (a los tiburones) mientras nadaba a varios metros de profundidad y jamás tuvo miedo.
A los tiburones no les teme, pensaba mientras la escuchaba, pero un día se encerró en el baño dando gritos de pavor cuando, jugando, la amenacé con una cucaracha muerta. No se lo digo, porque al instante, por venganza, me recuerda, como una punzante daga que se clava en mi ego, el terror casi femenino que me producen las ranas.
Cuando tenia unos quince años, fuimos, mis amigos Juan, Nicolás, Carlitos y yo, a bucear a Piedra Alta, en las afueras de La Habana. Salimos de la carretera donde nos dejó la guagua y bajamos por un despeñadero. Sobre una piedra inmensa y plana que sobresalía de las rocas hacia el mar, acampamos.
Nos quitamos la ropa y nos pusimos las trusas y Juan y Nicolás se lanzaron al agua. Me quedé observándolo todo a mi alrededor; la pared de rocas por donde bajamos, el agua transparente y una cueva al fondo, donde entraba el mar. Me estremecí de frío y temor, al imaginarme dentro de aquella gruta.
Carlitos me susurró que tenia miedo. Yo tenia terror, pero no se lo dije y me tiré al agua, nadé unos metros y regresé, un poco más seguro.
Teníamos solo una careta, que me coloqué y volví a nadar. Cuando pude ver claramente el fondo marino, sentí pánico. La profundidad que había allí parecía infinita. Pero lo peor fue cuando me vi frente a unos peces gigantescos, que me miraban, abriendo y cerrando las bocas, amenazadoramente.
Jamás había sido tan ligero. Nunca antes mi cuerpo fue tan etéreo, elástico, alado, asombrosamente ágil. Subí al peñasco, aterrado, con la rapidez del mejor de los deportistas.
Cuando lo supieron los otros, riéndose de mi cobardía, me contaron que lo que vi fue a un grupo de inofensivas chernas. Pero para mí (hoy sigo pensando igual) era un grupo de monstruos dispuestos a devorarme.
Mariana, en Grand Cayman, bajó de noche con otros buzos hasta un barco hundido. Dice que es una de las mejores experiencias que ha tenido. Habla del silencio, de las sombras, de los peces dormidos, las noctilucas que brillaban al removerlas con las manos. Yo solo veo un acto masoquista y suicida. Trato de imaginarla. Me imagino sobre un barco, mirándola como desaparece debajo del mar. No podría soportarlo. Se lo digo.
Uno de los consejos que daba el documental si había un encuentro con un tiburón era, tratar de buscar algún lugar para esconderse y quedarse quieto hasta que el bicho se aleje.
-Pero en que quedamos-le digo- son inofensivos ¿o no?
Ella tiene una explicación científica para eso. Se explaya en estadísticas, en técnicas de descompresión.
-Yo, nadaría como un torpedo, tratando de desaparecer- contesto cuando me deja hablar.
-Lo sé- responde- tú tienes miedo hasta de una pobre rana.
Sonrío, sintiendo como se va encajando la daga hasta lo más profundo.


Sunday, May 4, 2014

Estocolmo y la nostalgia

                                                             foto: mariana aguero

Estoy leyendo la vida cotidiana de un escritor noruego que vive en Estocolmo. Se cita con un amigo en un bar o un restaurante para conversar. Frente a una cerveza cuentan historias, esgrimen ideas, mientras la ciudad alrededor, vibra.
La ciudad como protagonista indispensable. Los nombres de las calles, el de los supermercados, los museos, los ríos, restaurantes, el metro, las escaleras, las puertas que se abren, las camareras, la nieve en las aceras, el viento helado, los árboles, las hojas cayendo, la piscina pública, las librerías, un hombre que corre por un parque, un viejo que se para en una esquina, un poste de luz que ilumina en la noche.
Esa ciudad que no conozco me mantiene, de alguna manera, melancólico, abstraído. Respiro sus olores, siento el sabor del café, el frío de la nieve, el olor de los cigarros, la textura de los abrigos. Siento, incluso, el sonido de una cuchara contra la taza humeante, las voces, las palabras que no comprendo, el aire frío golpeando mi cara.
Se hace difícil escribir sobre todo esto. Hay que tener cuidado, incluso, se debiera descartar. Es casi invisible la línea que divide lo medianamente interesante con una sarta de cursilerías.
La realidad es que toda esta semana que ya casi termina me he sentido, más o menos, de esa forma. ¿Cómo lo podría explicar? Es como si anduviera cuesta arriba, torpe, acosado por algo que no sé lo que es, en la espera de algún acontecimiento que me acecha.
En esta época del año se cumplen dos fechas que, aunque no tienen nada en común, están envueltas en anécdotas antiguas, y casi todo lo antiguo viene cargado de nostalgia:
Hoy, dos de mayo, mi nieta Rosy cumple once años. No es el dilema, ni  la alegría que vino con su nacimiento lo que recuerdo hoy. No es el miedo que me provocaban sus padres, ni la maldad que les sobraba lo que más recuerdo; es un episodio insignificante, que marcó el instante en que comencé a amarla:
La trajimos aquella mañana por primera vez a la casa. Apestaba. La bañamos y limpiamos la mugre acumulada. Lloraba continuamente. Después del biberón, limpia y vestida, se durmió, acostada sobre la cama. Me arrodillé para observarla. Respiraba con el ruido que hacen los bebés; sale de la garganta desde lo profundo. Los puños cerrados. Con cuidado, le abrí una mano. Las pequeñas uñas estaban llenas de suciedad. Decidí cortárselas.
Terminé sin contratiempos la mano izquierda. La derecha me quedaba algo incomoda y torpemente, le corté un pedazo de la piel de un dedo. Fue el estremecimiento y el llanto, después la sangre, lo que me alertó. Lloró un rato, mientras aterrados, Mariana la curaba y la acunaba sobre el pecho y yo sentía un dolor físico en todo el cuerpo.
Hoy recuerdo eso y aún me duele.
También hace ya más de veinte años, un primero de mayo, caminábamos por París. La ciudad era un continuo asombro. Por la avenida se acercaba un tumulto. Las banderas rojas, retratos del Che, la hoz y el martillo, puños levantados con violencia, consignas, carteles escritos con palabras que no entendía, y La Internacional cantada en francés por cientos de hombres y mujeres.
Nos quedamos en la acera, perplejos, observando toda aquella parafernalia que nos recordaba a la Isla y el espanto. Después que pasaron quedó el ruido de los autos, las personas caminando, los cafés,  las sillas y mesas en las aceras. Nos miramos, y ella me dijo:
─ Esto será inolvidable.
Contesté que sí con un gesto, sin saber que ya estábamos creando nuestra historia.







Saturday, April 26, 2014

Miedo


Alguien me envía un email con un link y una nota: mira esto.
En ese momento no tengo tiempo, y después lo olvido. Al cabo de varios días, revisando los mensajes lo abro. Es un video.
Un grupo de jóvenes grabaron un experimento. Un experimento social, diría yo: en lugares abiertos, cruzando una calle, a la entrada de un espectáculo (un cine, un teatro) camina una mujer muy joven. Siguiéndola, de manera sospechosa, va un hombre. En el momento más inesperado, frente a todo el mundo, el hombre agarra violentamente por detrás a la mujer y con un trapo, le tapa la boca y la nariz. Por unos segundos la joven se resiste, grita aterrorizada y se desmaya. Acto seguido, su atacante la carga y huye con el cuerpo desmadejado en los brazos.
¿Qué sucede con las personas que han visto semejante acto? Nada.
Solo miran, curiosos. Algunos se paran para ver mejor, otros se apartan ante el atacante, que huye con la víctima en brazos. Después de unos segundos de desconcierto, todo regresa a su normalidad.
La misma escena se repite en diferentes ciudades, con distintos personajes y escenarios. En todas, la reacción del público presente es exactamente la misma.
Cuando termino de ver el video, estoy angustiado. No puedo dejar de pensar en mis tres nietas. Por un instante el miedo me recorre por dentro.
Cierro la laptop. Preparo un café. Mientras lo tomo, a sorbos lentos, recuerdo:
Hace unos veinte y seis años, una tarde, estando en mi casa, escuché lo que me pareció un llamado de auxilio. Me asomé a la puerta. Varios vecinos, afuera de sus casas, estaban mirando hacia donde está la  piscina. Salí a la calle para ver qué pasaba y logré reconocer a mi vecina, una viejita pequeña, frágil y bondadosa, gritando y luchando con un perro, y a otra mujer que rogaba por ayuda.
Corrí para ayudarlas. Al llegar, comprendo lo que sucede. La vecina, ya sin fuerzas, trataba de librar de las mandíbulas de un perro inmenso a su pequeño perrito, que ya no se movía. La otra mujer, que era la dueña del perro más grande, luchaba con él, sin lograr moverlo un centímetro.
Todo sucedió en escasos segundos. Agarré el collar fuertemente y comencé a golpear con el puño en la cabeza del animal. Con asombro, más que con furia, el perro me miró y trató de voltear el cuello para atacarme. En ese instante, soltó al pequeño, que junto a la vecina, fueron a parar al suelo.
La mujer logró halar de la correa y arrastrar al enfurecido animal hasta su casa. La vecina lloraba. Le sangraba un dedo de la mano derecha. El perrito sangraba. Apoyada en mí, la llevé a su casa, donde el esposo, que no se había enterado de nada, salió apresuradamente con el animal herido, en busca de un veterinario.
Termino el café. Coloco la taza sobre un portavasos encima de la mesa del centro. Me acomodo en el sofá. Abrazo uno de los cojines. Cierro los ojos.




Sunday, April 20, 2014

La aventura



Estoy atravesando una especie de aventura que llevaba tiempo posponiendo. Mi aventura se llama Doctores.
En este instante, son las 7:39 am, es sábado, y estoy sentado en el salón de espera de la clínica donde me chequeo la salud.
Soy, conmigo mismo, de la misma forma como me relaciono con los carros: un desastre.
Cuando he tenido un carro nuevo, no me he preocupado absolutamente de nada, salvo de que tenga gasolina, porque de lo contrario, no andaría. Cualquier otro síntoma, lo paso por alto. Mi lema mejor: mañana se verá.
Así he sido también con mi salud. El cuerpo ha ido dando señales de deterioro y le he hecho caso omiso la mayoría de las veces. Y, al igual que con los carros ya cuando son cascarones inservibles, les presto más atención. Asustado y lleno de problemas acudo corriendo a los médicos.
Como dije al principio, es toda una aventura.
En otro relato anterior hablé de mis dos visitas anteriores. La primera vez que me vio el doctor y la segunda, cuando me hicieron los análisis. Todo transcurrió más o menos como esperaba. Al siguiente día (que era jueves) me llamaron de la clínica, diciéndome que debía regresar a buscar los resultados. Eso quiere decir que algo anda mal.
Le pregunté a la mujer que habló conmigo si tenía que hacer otra cita, a lo que me respondió que no, que sería por orden de llegada, antes de las 4:00 pm.
El viernes, salí del trabajo a la 1:00 pm y llegué a la clínica a las 2:06 pm.
Al tratar de abrir la puerta, comprobé que estaba cerrada. Veía a través del cristal el salón lleno de gente, y la recepción con las dos mujeres que la atienden. Les hice señas de que me abrieran la puerta, y me ignoraron. Todavía en ese momento pensaba que era una equivocación. Volví a tocar la puerta y vi como un señor muy viejo se levantó de la silla y caminaba hacia mí. Qué bueno, me abrirán la puerta al fin, pensé.
! Qué ingenuo pude ser todavía! Aquel viejo me gritó desde adentro:
─ ¡Ya está cerrado, no toque más!
Desconcertado, no creyendo en lo que me sucedía, le expliqué, acercando mi boca a la ranura de la puerta, que por favor me abriera, que debía de hablar con la recepcionista.
─ ¡No moleste más y venga otro día!─  fue su respuesta.
Ese es el instante en el que todo puede volcarse. Me sentí agredido, humillado, pateado, como si me hubieran escupido en el rostro. Mi primera intención fue responder de la misma forma, patear, gritar, cagarme en la madre de aquel energúmeno, de aquellas dos mujeres que ignoraban mis pedidos; ser un animal, hablarles en el idioma que conocen, provocar el caos.
Llamé con mi teléfono al número de la clínica y como es habitual, una grabación me pedía dejar un mensaje. Estaba petrificado de rabia. No me moví del lugar, esperando a que alguien saliera.
Una señora, también muy vieja, abrió para salir y se quedó parada, autoritaria, sin dejarme pasar:
─ Está cerrado─ balbuceó la mujer.
─ ¡Apártese!─ grité.
No puedo imaginar cuál sería mi expresión corporal, porque aquella anciana se apartó con cara de pánico, como si un terrorista con un pasa montañas y una granada en cada mano hubiera penetrado por la fuerza. De la misma forma me miraron las otras dos mujeres.
Haciendo un esfuerzo, traté de explicar, lo más calmado posible, que había sido avisado y que me informaron que hasta las cuatro podía venir.
─ No el viernes. El viernes es hasta las dos de la tarde.
─ No me lo informaron así.
─ Porque usted no preguntó.
─ Sí pregunté.
─ Eso fue el jueves, hoy viernes es hasta las dos.
─ Pero me lo hubieran dicho.
─ Los horarios están afuera, señor.
─ No los vi.
─ Lo siento, pero están afuera.
─ He perdido horas de mi trabajo, vengo desde muy lejos, desde Pompano Beach.
─ Ya estamos cerrados.
─ Usted debió de haberme escuchado, dejarme entrar, no sabía qué me pasaba, podría haber sido una emergencia.
─ Estamos cerrados ya.
─ ¿Usted es un robot, señora?
─ Usted está muy alterado, señor.
─ ¡Lo estoy, sí, es horrible; es rude lo que han hecho enviando a esos viejos a tratarme como a un delincuente!
Regresé a la casa, frustrado. Me sentía herido, burlado. La cara bobina de la recepcionista estaba frente a mí todo el tiempo. Mientras me duchaba, con el agua casi fría, imaginaba terribles venganzas. Sería monstruosa mi respuesta. Mis planes para causarle dolor harían palidecer la película Saw. Mientras más cosas truculentas imaginaba, más me calmaba.
Después, pasaron las horas, y olvidé el desagradable episodio.
Hoy volví. Miro a la recepcionista que me cobra. Trato de traer de vuelta el odio que me produjo ayer. No puedo. Observo la piel de momia de su cara, los ojos que huyen de mi mirada, su boca como una línea pintada de un color barroso, como una mueca de apatía genética. No siento ninguna simpatía, pero tampoco siento odio. Por un instante algo como la lástima me asalta. No, lástima no. Lástima nunca, me digo, regresando a sentarme para esperar mi turno.
Me molesto conmigo cuando puedo llegar a ser tan ridículo. Pero le doy un crédito a la mujer: ¡me diste el pie para un relato, cabrona!
Eso me tranquiliza aún más. Casi sonrío, y sigo escribiendo.



Saturday, April 19, 2014

53




Hoy cumplo 53 años. Tengo un hambre desesperante. Por mi mente cruzan bailando pastelitos, café con leche, huevos fritos, tostadas untadas con mantequilla. Pero no puedo comer, porque estoy en el laboratorio, esperando el turno para hacerme análisis de sangre.
Ayer estuve en la consulta del doctor. Una de las preguntas que me hizo: ¿alguna vez te han  hecho el examen de la próstata?
No me lo han hecho todavía. Me dio a escoger: el táctil o por la sangre. Preferí el de la sangre. Dijo que después de los cincuenta y cinco, no me podré librar del dedo. Ya veremos cuando llegue ese momento.
La mujer que atiende en la recepción me llama por mi nombre. Se asombra que sea mi cumpleaños.
─ ¿Cómo vienes un día como hoy a que te pinchen?
Sonrío. Pago y vuelvo a sentarme a esperar que me llamen.
Detrás de mí, un televisor con un programa matutino en español. Las personas que esperan sentadas tienen que voltearse para mirarlo. Me pregunto a quién se le ocurrió colgarlo en la pared de atrás. No hay que hacerse muchas preguntas en estos lugares. Escucho las voces en el programa televisivo. Hablan de Paquita la del barrio, también de la muerte de Junior. Mentalmente tarareo: "me vine, sin decirte...¡plogt!...nada..."
Trato de no escuchar más, y sigo escribiendo.
El teléfono me avisa cuando alguien me envía un mensaje de felicitación en Facebook. Mami me mandó un text message: felicidades.
Después me llama. Me pregunta a dónde voy a pasear hoy.
Lisset, mi hermana, me llamó muy temprano. Estaba enfrascado en el único juego que me gusta en la computadora, y mientras hablaba con ella, trataba de explotar todas las bolitas posibles, pero perdí. Detesto los juegos electrónicos. Soy pésimo en todos. Antes creía que jugaba muy bien a las damas, hasta que un día jugué con Mariana. Salí derrotado. Me ganó siete veces.
Detrás de mí, dos mujeres conversan. Más bien, una de ellas no para de parlotear. Presto atención. La van a operar. Los ovarios, fibromas, quistes, alteración en los números del examen para detectar el cáncer.  _Me van a vaciar, y es mejor, el médico me dijo que para no pasar más sustos, todo pa' fuera.  Y no me importa, si yo estoy pa' ser abuela, no pa' tener más hijos, ya se lo dije por arribita a mi hija, y ella me dijo no mami, tú no tienes nada, tú no tienes nada!...
Siento náuseas. Por un instante me parece que las paredes me oprimen la cabeza y tengo ganas de gritar algo, hacer otra cosa que no sea quedarme sentado en esta sala con el sonido de un televisor a mis espaldas y la cháchara de esa mujer exasperante.
Suena el celular. Mariana ya me compró las medicinas que ayer me recetó el médico. Una de ellas no la cubre el seguro. Un antibiótico para la rosácea. Todavía es leve. Cree que se podrá solucionar con esa medicina. Espera que el doctor conteste. Debe cambiarla por otra que sí la cubra el seguro. Es complicado.
Llaman mi nombre. Me pasan a un cubículo y me sientan en algo que me recuerda la silla eléctrica. La mujer amarra una tira de goma  a mi brazo. Da golpecitos con dos dedos sobre la vena. Mira dubitativa. Me encaja la aguja. Arde un poco. La sangre parece negra. Llena un tubo, después, dos más.
Se supone que con eso, sabrán todo lo que tengo mal por dentro. Me entrega un vasito plástico y un tubo para el orine. Entro al baño. Pongo la tablet y el celular encima del tanque del toilet. Siento que puedo cometer una de mis burradas y mandar al agua el tubo y todo lo demás. Pero lo hago bien. Entrego el tubo con el orine. Salgo.
Llamo a Mami.
─ Cuela café, que voy pa' llá ─ le digo.
Cuando llego me abraza.
─ Ni me huelas, que no me he lavado ni la cara todavía ─ me dice.
La huelo. Es el olor de las gavetas, de su ropa, de la casa, de cuando era un niño.
─ Hueles rico, mami ─ respondo, apartándome de sus brazos.
Me hace café. Le pido algo de comer.  Trae galleticas con margarina. Miro la margarina. No puedo con eso. Mastico una galleta.
Le gustan mis tenis. Me ve más delgado. Siempre me ve más delgado.
Yo la veo más vieja, pero no se lo digo. Me regala un billete de cincuenta dólares. Después me voy.
Ya las calles están más ligeras de tráfico. Escucho un CD de Pedro Guerra. Canta una ranchera. Canto con él:
..."y tú que te creías el rey de todo el mundo,
    y tú que nunca fuiste capaz de perdonar,
    y cruel y despiadado, de todo te reías,
   hoy imploras cariño, aunque sea por piedad"...
Llego a la casa. Están cortando los árboles del barrio. El barrio se ha convertido en algo muy feo. Impera el mal gusto y la imposición draconiana de una mujer funesta que tiene el timón de este lugar.
Abro la puerta. Respiro el olor que todo lo envuelve. Estoy solo. En unas horas llegarán los muchachos y la algarabía. Ahora hay silencio. Las sombras crean una sensación de abrigo, de tibieza.
Sobre la mesa, una caja. La destapo. Es un cake blanco, cubierto de virutas de coco.