Saturday, May 17, 2014
De tiburones y otros temores.
Conversamos por teléfono todas las mañanas Mariana y yo. Estamos una hora, hora y media contándonos cosas. Es la conversación mas larga del día, entre las 6:45 a las 8:15. Ella manejando, con los audífonos puestos y yo, mas o menos trabajando, también con los audífonos. Después de ese tiempo, la comunicación es esporádica, intermitente.
¿Sobre qué hablamos? Sobre peces. Ese es el nuevo tema de conversación: los peces. Tenemos dos pesceras con cangrejitos, babosas, camarones, pecesitos de colores, plantas acuáticas, arena, piedras, troncos sumergidos. Un pequeño mundo acuático que nos resta, aún más, el poco tiempo de que disponemos. Pero es lindo todo eso.
Una mañana de sábado me dijo que saldría un rato para comprar algunos mandados y que yo no tendría que ir.
-Voy con Nataly-me gritó ya cerrando la puerta- así tú puedes quedarte escribiendo.
El bombillo de alerta se prendió al instante ante tanta amabilidad, pero la idea de no tener que ir a las tiendas un sabado era muy cómoda, y no pregunté nada.
A las tres horas, llegaron cargando sendas pesceras, bolsas transparentes llenas de agua y peces, motores para el oxígeno, plantas, químicos para el ph del agua, diferentes tipos de comidas, unas tenazas largas, y otros trastes que ahora no recuerdo. Así comenzó la engorrosa etapa de la piscicultura.
Pero la charla telefónica de hoy era alrededor de un programa de Discovery Channel que vimos anoche, sobre tiburones. Nunca nos ponemos de acuerdo Mariana y yo en esto. Como es natural y humano, les tengo pavor. Ella afirma (el documental también) que son casi inofensivos, y que no atacan (solo en circunstancias especiales) al hombre.
-Tú no has visto Jaws, ¿verdad?- la interrumpí, para molestarla.
Según ella, que fue buzo antes de conocerme, los vio (a los tiburones) mientras nadaba a varios metros de profundidad y jamás tuvo miedo.
A los tiburones no les teme, pensaba mientras la escuchaba, pero un día se encerró en el baño dando gritos de pavor cuando, jugando, la amenacé con una cucaracha muerta. No se lo digo, porque al instante, por venganza, me recuerda, como una punzante daga que se clava en mi ego, el terror casi femenino que me producen las ranas.
Cuando tenia unos quince años, fuimos, mis amigos Juan, Nicolás, Carlitos y yo, a bucear a Piedra Alta, en las afueras de La Habana. Salimos de la carretera donde nos dejó la guagua y bajamos por un despeñadero. Sobre una piedra inmensa y plana que sobresalía de las rocas hacia el mar, acampamos.
Nos quitamos la ropa y nos pusimos las trusas y Juan y Nicolás se lanzaron al agua. Me quedé observándolo todo a mi alrededor; la pared de rocas por donde bajamos, el agua transparente y una cueva al fondo, donde entraba el mar. Me estremecí de frío y temor, al imaginarme dentro de aquella gruta.
Carlitos me susurró que tenia miedo. Yo tenia terror, pero no se lo dije y me tiré al agua, nadé unos metros y regresé, un poco más seguro.
Teníamos solo una careta, que me coloqué y volví a nadar. Cuando pude ver claramente el fondo marino, sentí pánico. La profundidad que había allí parecía infinita. Pero lo peor fue cuando me vi frente a unos peces gigantescos, que me miraban, abriendo y cerrando las bocas, amenazadoramente.
Jamás había sido tan ligero. Nunca antes mi cuerpo fue tan etéreo, elástico, alado, asombrosamente ágil. Subí al peñasco, aterrado, con la rapidez del mejor de los deportistas.
Cuando lo supieron los otros, riéndose de mi cobardía, me contaron que lo que vi fue a un grupo de inofensivas chernas. Pero para mí (hoy sigo pensando igual) era un grupo de monstruos dispuestos a devorarme.
Mariana, en Grand Cayman, bajó de noche con otros buzos hasta un barco hundido. Dice que es una de las mejores experiencias que ha tenido. Habla del silencio, de las sombras, de los peces dormidos, las noctilucas que brillaban al removerlas con las manos. Yo solo veo un acto masoquista y suicida. Trato de imaginarla. Me imagino sobre un barco, mirándola como desaparece debajo del mar. No podría soportarlo. Se lo digo.
Uno de los consejos que daba el documental si había un encuentro con un tiburón era, tratar de buscar algún lugar para esconderse y quedarse quieto hasta que el bicho se aleje.
-Pero en que quedamos-le digo- son inofensivos ¿o no?
Ella tiene una explicación científica para eso. Se explaya en estadísticas, en técnicas de descompresión.
-Yo, nadaría como un torpedo, tratando de desaparecer- contesto cuando me deja hablar.
-Lo sé- responde- tú tienes miedo hasta de una pobre rana.
Sonrío, sintiendo como se va encajando la daga hasta lo más profundo.
Sunday, May 4, 2014
Estocolmo y la nostalgia
foto: mariana aguero
Estoy leyendo
la vida cotidiana de un escritor noruego que vive en Estocolmo. Se cita con un
amigo en un bar o un restaurante para conversar. Frente a una cerveza cuentan
historias, esgrimen ideas, mientras la ciudad alrededor, vibra.
La ciudad como
protagonista indispensable. Los nombres de las calles, el de los supermercados,
los museos, los ríos, restaurantes, el metro, las escaleras, las puertas que se
abren, las camareras, la nieve en las aceras, el viento helado, los árboles,
las hojas cayendo, la piscina pública, las librerías, un hombre que corre por
un parque, un viejo que se para en una esquina, un poste de luz que ilumina en la
noche.
Esa ciudad que
no conozco me mantiene, de alguna manera, melancólico, abstraído. Respiro sus
olores, siento el sabor del café, el frío de la nieve, el olor de los cigarros,
la textura de los abrigos. Siento, incluso, el sonido de una cuchara contra la
taza humeante, las voces, las palabras que no comprendo, el aire frío golpeando
mi cara.
Se hace
difícil escribir sobre todo esto. Hay que tener cuidado, incluso, se debiera
descartar. Es casi invisible la línea que divide lo medianamente interesante
con una sarta de cursilerías.
La realidad es
que toda esta semana que ya casi termina me he sentido, más o menos, de esa
forma. ¿Cómo lo podría explicar? Es como si anduviera cuesta arriba, torpe,
acosado por algo que no sé lo que es, en la espera de algún acontecimiento que
me acecha.
En esta época
del año se cumplen dos fechas que, aunque no tienen nada en común, están
envueltas en anécdotas antiguas, y casi todo lo antiguo viene cargado de
nostalgia:
Hoy, dos de
mayo, mi nieta Rosy cumple once años. No es el dilema, ni la alegría que vino con su nacimiento lo que
recuerdo hoy. No es el miedo que me provocaban sus padres, ni la maldad que
les sobraba lo que más recuerdo; es un episodio insignificante, que marcó el
instante en que comencé a amarla:
La trajimos
aquella mañana por primera vez a la casa. Apestaba. La bañamos y limpiamos la
mugre acumulada. Lloraba continuamente. Después del biberón, limpia y vestida,
se durmió, acostada sobre la cama. Me arrodillé para observarla. Respiraba con
el ruido que hacen los bebés; sale de la garganta desde lo profundo. Los puños
cerrados. Con cuidado, le abrí una mano. Las pequeñas uñas estaban llenas de
suciedad. Decidí cortárselas.
Terminé sin
contratiempos la mano izquierda. La derecha me quedaba algo incomoda y
torpemente, le corté un pedazo de la piel de un dedo. Fue el estremecimiento y
el llanto, después la sangre, lo que me alertó. Lloró un rato, mientras
aterrados, Mariana la curaba y la acunaba sobre el pecho y yo sentía un dolor
físico en todo el cuerpo.
Hoy recuerdo
eso y aún me duele.
También hace ya
más de veinte años, un primero de mayo, caminábamos por París. La ciudad era un
continuo asombro. Por la avenida se acercaba un tumulto. Las banderas rojas,
retratos del Che, la hoz y el martillo, puños levantados con violencia,
consignas, carteles escritos con palabras que no entendía, y La Internacional
cantada en francés por cientos de hombres y mujeres.
Nos quedamos
en la acera, perplejos, observando toda aquella parafernalia que nos recordaba
a la Isla y el espanto. Después que pasaron quedó el ruido de los autos, las
personas caminando, los cafés, las
sillas y mesas en las aceras. Nos miramos, y ella me dijo:
─ Esto será
inolvidable.
Contesté que
sí con un gesto, sin saber que ya estábamos creando nuestra historia.
Saturday, April 26, 2014
Miedo
Alguien me
envía un email con un link y una nota: mira esto.
En ese momento
no tengo tiempo, y después lo olvido. Al cabo de varios días, revisando los
mensajes lo abro. Es un video.
Un grupo de
jóvenes grabaron un experimento. Un experimento social, diría yo: en lugares
abiertos, cruzando una calle, a la entrada de un espectáculo (un cine, un
teatro) camina una mujer muy joven. Siguiéndola, de manera sospechosa, va un
hombre. En el momento más inesperado, frente a todo el mundo, el hombre agarra
violentamente por detrás a la mujer y con un trapo, le tapa la boca y la nariz.
Por unos segundos la joven se resiste, grita aterrorizada y se desmaya. Acto
seguido, su atacante la carga y huye con el cuerpo desmadejado en los brazos.
¿Qué sucede
con las personas que han visto semejante acto? Nada.
Solo miran,
curiosos. Algunos se paran para ver mejor, otros se apartan ante el atacante,
que huye con la víctima en brazos. Después de unos segundos de desconcierto,
todo regresa a su normalidad.
La misma
escena se repite en diferentes ciudades, con distintos personajes y escenarios.
En todas, la reacción del público presente es exactamente la misma.
Cuando termino
de ver el video, estoy angustiado. No puedo dejar de pensar en mis tres nietas.
Por un instante el miedo me recorre por dentro.
Cierro la
laptop. Preparo un café. Mientras lo tomo, a sorbos lentos, recuerdo:
Hace unos
veinte y seis años, una tarde, estando en mi casa, escuché lo que me pareció un
llamado de auxilio. Me asomé a la puerta. Varios vecinos, afuera de sus casas,
estaban mirando hacia donde está la
piscina. Salí a la calle para ver qué pasaba y logré reconocer a mi
vecina, una viejita pequeña, frágil y bondadosa, gritando y luchando con un
perro, y a otra mujer que rogaba por ayuda.
Corrí para ayudarlas.
Al llegar, comprendo lo que sucede. La vecina, ya sin fuerzas, trataba de
librar de las mandíbulas de un perro inmenso a su pequeño perrito, que ya no se
movía. La otra mujer, que era la dueña del perro más grande, luchaba con él,
sin lograr moverlo un centímetro.
Todo sucedió
en escasos segundos. Agarré el collar fuertemente y comencé a golpear con el
puño en la cabeza del animal. Con asombro, más que con furia, el perro me miró
y trató de voltear el cuello para atacarme. En ese instante, soltó al pequeño,
que junto a la vecina, fueron a parar al suelo.
La mujer logró
halar de la correa y arrastrar al enfurecido animal hasta su casa. La vecina
lloraba. Le sangraba un dedo de la mano derecha. El perrito sangraba. Apoyada
en mí, la llevé a su casa, donde el esposo, que no se había enterado de nada,
salió apresuradamente con el animal herido, en busca de un veterinario.
Termino el
café. Coloco la taza sobre un portavasos encima de la mesa del centro. Me
acomodo en el sofá. Abrazo uno de los cojines. Cierro los ojos.
Sunday, April 20, 2014
La aventura
Estoy
atravesando una especie de aventura que llevaba tiempo posponiendo. Mi aventura
se llama Doctores.
En este
instante, son las 7:39 am, es sábado, y estoy sentado en el salón de espera de
la clínica donde me chequeo la salud.
Soy, conmigo
mismo, de la misma forma como me relaciono con los carros: un desastre.
Cuando he
tenido un carro nuevo, no me he preocupado absolutamente de nada, salvo de que
tenga gasolina, porque de lo contrario, no andaría. Cualquier otro síntoma, lo
paso por alto. Mi lema mejor: mañana se verá.
Así he sido
también con mi salud. El cuerpo ha ido dando señales de deterioro y le he hecho
caso omiso la mayoría de las veces. Y, al igual que con los carros ya cuando
son cascarones inservibles, les presto más atención. Asustado y lleno de
problemas acudo corriendo a los médicos.
Como dije al
principio, es toda una aventura.
En otro relato
anterior hablé de mis dos visitas anteriores. La primera vez que me vio el
doctor y la segunda, cuando me hicieron los análisis. Todo transcurrió más o
menos como esperaba. Al siguiente día (que era jueves) me llamaron de la
clínica, diciéndome que debía regresar a buscar los resultados. Eso quiere
decir que algo anda mal.
Le pregunté a
la mujer que habló conmigo si tenía que hacer otra cita, a lo que me respondió
que no, que sería por orden de llegada, antes de las 4:00 pm.
El viernes,
salí del trabajo a la 1:00 pm y llegué a la clínica a las 2:06 pm.
Al tratar de
abrir la puerta, comprobé que estaba cerrada. Veía a través del cristal el
salón lleno de gente, y la recepción con las dos mujeres que la atienden. Les
hice señas de que me abrieran la puerta, y me ignoraron. Todavía en ese momento
pensaba que era una equivocación. Volví a tocar la puerta y vi como un señor
muy viejo se levantó de la silla y caminaba hacia mí. Qué bueno, me abrirán la
puerta al fin, pensé.
! Qué ingenuo
pude ser todavía! Aquel viejo me gritó desde adentro:
─ ¡Ya está
cerrado, no toque más!
Desconcertado,
no creyendo en lo que me sucedía, le expliqué, acercando mi boca a la ranura de
la puerta, que por favor me abriera, que debía de hablar con la recepcionista.
─ ¡No moleste
más y venga otro día!─ fue su respuesta.
Ese es el
instante en el que todo puede volcarse. Me sentí agredido, humillado, pateado,
como si me hubieran escupido en el rostro. Mi primera intención fue responder
de la misma forma, patear, gritar, cagarme en la madre de aquel energúmeno, de
aquellas dos mujeres que ignoraban mis pedidos; ser un animal, hablarles en el
idioma que conocen, provocar el caos.
Llamé con mi
teléfono al número de la clínica y como es habitual, una grabación me pedía
dejar un mensaje. Estaba petrificado de rabia. No me moví del lugar, esperando
a que alguien saliera.
Una señora,
también muy vieja, abrió para salir y se quedó parada, autoritaria, sin dejarme
pasar:
─ Está
cerrado─ balbuceó la mujer.
─ ¡Apártese!─
grité.
No puedo
imaginar cuál sería mi expresión corporal, porque aquella anciana se apartó con
cara de pánico, como si un terrorista con un pasa montañas y una granada en
cada mano hubiera penetrado por la fuerza. De la misma forma me miraron las
otras dos mujeres.
Haciendo un
esfuerzo, traté de explicar, lo más calmado posible, que había sido avisado y
que me informaron que hasta las cuatro podía venir.
─ No el
viernes. El viernes es hasta las dos de la tarde.
─ No me lo
informaron así.
─ Porque usted
no preguntó.
─ Sí pregunté.
─ Eso fue el
jueves, hoy viernes es hasta las dos.
─ Pero me lo
hubieran dicho.
─ Los horarios
están afuera, señor.
─ No los vi.
─ Lo siento,
pero están afuera.
─ He perdido
horas de mi trabajo, vengo desde muy lejos, desde Pompano Beach.
─ Ya estamos
cerrados.
─ Usted debió
de haberme escuchado, dejarme entrar, no sabía qué me pasaba, podría haber sido
una emergencia.
─ Estamos
cerrados ya.
─ ¿Usted es un
robot, señora?
─ Usted está
muy alterado, señor.
─ ¡Lo estoy,
sí, es horrible; es rude lo que han hecho enviando a esos viejos a tratarme
como a un delincuente!
Regresé a la
casa, frustrado. Me sentía herido, burlado. La cara bobina de la recepcionista
estaba frente a mí todo el tiempo. Mientras me duchaba, con el agua casi fría,
imaginaba terribles venganzas. Sería monstruosa mi respuesta. Mis planes para
causarle dolor harían palidecer la película Saw. Mientras más cosas truculentas
imaginaba, más me calmaba.
Después,
pasaron las horas, y olvidé el desagradable episodio.
Hoy volví.
Miro a la recepcionista que me cobra. Trato de traer de vuelta el odio que me
produjo ayer. No puedo. Observo la piel de momia de su cara, los ojos que huyen
de mi mirada, su boca como una línea pintada de un color barroso, como una
mueca de apatía genética. No siento ninguna simpatía, pero tampoco siento odio.
Por un instante algo como la lástima me asalta. No, lástima no. Lástima nunca,
me digo, regresando a sentarme para esperar mi turno.
Me molesto
conmigo cuando puedo llegar a ser tan ridículo. Pero le doy un crédito a la
mujer: ¡me diste el pie para un relato, cabrona!
Eso me
tranquiliza aún más. Casi sonrío, y sigo escribiendo.
Saturday, April 19, 2014
53
Hoy cumplo 53 años. Tengo un hambre
desesperante. Por mi mente cruzan bailando pastelitos, café con leche, huevos
fritos, tostadas untadas con mantequilla. Pero no puedo comer, porque estoy en
el laboratorio, esperando el turno para hacerme análisis de sangre.
Ayer estuve en la consulta del
doctor. Una de las preguntas que me hizo: ¿alguna vez te han hecho el examen de la próstata?
No me lo han hecho todavía. Me dio a
escoger: el táctil o por la sangre. Preferí el de la sangre. Dijo que después
de los cincuenta y cinco, no me podré librar del dedo. Ya veremos cuando llegue
ese momento.
La mujer que atiende en la recepción
me llama por mi nombre. Se asombra que sea mi cumpleaños.
─ ¿Cómo vienes un día como hoy a que
te pinchen?
Sonrío. Pago y vuelvo a sentarme a
esperar que me llamen.
Detrás de mí, un televisor con un
programa matutino en español. Las personas que esperan sentadas tienen que
voltearse para mirarlo. Me pregunto a quién se le ocurrió colgarlo en la pared
de atrás. No hay que hacerse muchas preguntas en estos lugares. Escucho las
voces en el programa televisivo. Hablan de Paquita la del barrio, también de la
muerte de Junior. Mentalmente tarareo: "me vine, sin
decirte...¡plogt!...nada..."
Trato de no escuchar más, y sigo
escribiendo.
El teléfono me avisa cuando alguien
me envía un mensaje de felicitación en Facebook. Mami me mandó un text message:
felicidades.
Después me llama. Me pregunta a dónde
voy a pasear hoy.
Lisset, mi hermana, me llamó muy
temprano. Estaba enfrascado en el único juego que me gusta en la computadora, y
mientras hablaba con ella, trataba de explotar todas las bolitas posibles, pero
perdí. Detesto los juegos electrónicos. Soy pésimo en todos. Antes creía que
jugaba muy bien a las damas, hasta que un día jugué con Mariana. Salí
derrotado. Me ganó siete veces.
Detrás de mí, dos mujeres conversan.
Más bien, una de ellas no para de parlotear. Presto atención. La van a operar.
Los ovarios, fibromas, quistes, alteración en los números del examen para
detectar el cáncer. _Me van a vaciar, y
es mejor, el médico me dijo que para no pasar más sustos, todo pa' fuera. Y no me importa, si yo estoy pa' ser abuela,
no pa' tener más hijos, ya se lo dije por arribita a mi hija, y ella me dijo no
mami, tú no tienes nada, tú no tienes nada!...
Siento náuseas. Por un instante me
parece que las paredes me oprimen la cabeza y tengo ganas de gritar algo, hacer
otra cosa que no sea quedarme sentado en esta sala con el sonido de un
televisor a mis espaldas y la cháchara de esa mujer exasperante.
Suena el celular. Mariana ya me
compró las medicinas que ayer me recetó el médico. Una de ellas no la cubre el
seguro. Un antibiótico para la rosácea. Todavía es leve. Cree que se podrá
solucionar con esa medicina. Espera que el doctor conteste. Debe cambiarla por
otra que sí la cubra el seguro. Es complicado.
Llaman mi nombre. Me pasan a un
cubículo y me sientan en algo que me recuerda la silla eléctrica. La mujer
amarra una tira de goma a mi brazo. Da
golpecitos con dos dedos sobre la vena. Mira dubitativa. Me encaja la aguja.
Arde un poco. La sangre parece negra. Llena un tubo, después, dos más.
Se supone que con eso, sabrán todo lo
que tengo mal por dentro. Me entrega un vasito plástico y un tubo para el
orine. Entro al baño. Pongo la tablet y el celular encima del tanque del
toilet. Siento que puedo cometer una de mis burradas y mandar al agua el tubo y
todo lo demás. Pero lo hago bien. Entrego el tubo con el orine. Salgo.
Llamo a Mami.
─ Cuela café, que voy pa' llá ─ le
digo.
Cuando llego me abraza.
─ Ni me huelas, que no me he lavado
ni la cara todavía ─ me dice.
La huelo. Es el olor de las gavetas,
de su ropa, de la casa, de cuando era un niño.
─ Hueles rico, mami ─ respondo,
apartándome de sus brazos.
Me hace café. Le pido algo de
comer. Trae galleticas con margarina.
Miro la margarina. No puedo con eso. Mastico una galleta.
Le gustan mis tenis. Me ve más
delgado. Siempre me ve más delgado.
Yo la veo más vieja, pero no se lo
digo. Me regala un billete de cincuenta dólares. Después me voy.
Ya las calles están más ligeras de
tráfico. Escucho un CD de Pedro Guerra. Canta una ranchera. Canto con él:
..."y tú que te creías el rey de
todo el mundo,
y tú que nunca fuiste capaz de perdonar,
y cruel y despiadado, de todo te reías,
hoy imploras cariño, aunque sea por piedad"...
Llego a la casa. Están cortando los
árboles del barrio. El barrio se ha convertido en algo muy feo. Impera el mal
gusto y la imposición draconiana de una mujer funesta que tiene el timón de
este lugar.
Abro la puerta. Respiro el olor que
todo lo envuelve. Estoy solo. En unas horas llegarán los muchachos y la
algarabía. Ahora hay silencio. Las sombras crean una sensación de abrigo, de
tibieza.
Sobre la mesa, una caja. La destapo.
Es un cake blanco, cubierto de virutas de coco.
Saturday, April 12, 2014
A y B
En un almacén de la ciudad de X
trabajaban, en el mismo departamento, dos hombres.
El hombre A, hacia el turno del día.
Comenzaba a las 6:00 am y terminaba a las 2:30 pm, de lunes a viernes.
El hombre B, cubría el turno de la
noche. Empezaba a las 12:00 pm y terminaba cuando todas las órdenes eran
despachadas, de domingo a jueves.
A y B tenían diferencias en casi
todo:
A era introspectivo, buscaba el
silencio y la soledad, hablaba solo cuando le preguntaban y no tenía amigos en
la compañía.
B era ruidoso, ponía la radio a todo
volumen, parloteaba constantemente y
parecía ser amigos de todos los demás trabajadores.
A era blanco, B era negro.
A pensaba que B no era una persona de
fiar. Observaba con desagrado la amistosa complicidad que mantenía con los supervisores
y cómo, delante de ellos, aparentaba estar interesado en el progreso de la
compañía.
B creía que A era un tipo amargado,
que no terminaba su trabajo por estar mirando boberías en los libros y
periódicos y además era perezoso, obeso, y no le preocupaba para nada la
compañía.
A creía que a B le pagaban más que a
él, sin merecerlo.
B pensaba que A recibía un cheque
mayor que el suyo, y que eso era injusto.
Algo sí tenían en común los dos:
mantenían el lugar de trabajo ordenado, limpio y cada cual respetaba las
pertenencias del otro.
Una tarde, A y B, conversaron y
rieron. La conversación de ese día, no trató sobre el trabajo: hablaron de
mujeres, de comidas, de plantas y varias otras cosas.
A le contó a B la historia de una
mujer que conoció hacia ya muchos años y que se parecía a la modelo de la foto,
en el almanaque que colgaba de la pared.
B le mostró un video en su teléfono
donde una joven se desnudaba y que además, era su amante, en Martinica.
B supo también que A coleccionaba
cactus y A se enteró de que B era un cocinero aficionado, que preparaba recetas
sofisticadas.
Después de aquella animada charla,
regresaron al mutismo de siempre.
Cuando B llegaba en las tardes,
encendía la radio a todo volumen y A se taponeaba los oídos, esperando con
impaciencia la hora de irse a su casa.
Cuando A se iba, B se alegraba de no
sentirse espiado por A.
Otro día, de los años que trabajaron
juntos, tuvieron una acalorada discusión:
A tenia la responsabilidad de
devolver a su lugar, según la numeración, todas las piezas que, por algún
motivo, habían sido devueltas. Las acumulaba durante toda la semana, para el
viernes, cuando tocaba hacer el inventario semanal, colocarlas todas de una
sola vez.
Eso disgustaba a B, que deseaba que A
lo hiciera diariamente y si llegaba alguna de las piezas en su turno de
trabajo, la agarraba de donde estaba y la dejaba sobre el buró de A.
En la mañana, A tenia
obligatoriamente que regresar la pieza al lugar de las devoluciones o buscar la
numeración y su correspondiente localización.
A se sentía molesto con B.
B sabia que eso molestaba a A.
Pero, una de las veces, A, ya muy
disgustado, tomó las piezas y las dejó sobre el buró de B.
Al coincidir los dos esa tarde, B
pregunta el motivo de las piezas en su buró. A, estallando, contesta que las
coloque en su lugar. B replica que ese no es su trabajo. A contesta que si B
está tan interesado en el retorno diario de las piezas, que lo haga él
entonces.
A le grita a B, B le responde con
gritos a A.
Después de ese día, nunca más
volvieron a dirigirse la palabra. Crearon un sistema de trabajo, donde sobraba
el lenguaje hablado.
Todo siguió tan organizado como
siempre y el departamento funcionando a la perfección.
Así se hicieron viejos, en silencio.
Pasaron los años y B se acogió al
retiro.
A continuó un tiempo más, soportando
a los que pasaron por allí, discutiendo por el desorden que dejaban, la
suciedad, los errores y la desidia.
Entonces también le llegó el momento
de retirarse.
Cuando ya habían pasado varios años,
A y B, volvieron a reencontrarse.
A y su esposa, bajaban en el elevador
del hospital, donde fueron a visitar a un familiar que estaba ingresado. Al
llegar al lobby y abrirse la puerta, B esperaba para entrar.
Las miradas de ambos se cruzaron por
un segundo, reconociéndose.
A salió del elevador, tomado del
brazo de su mujer.
B dio un paso y entró. Después apretó
el botón del sexto piso.
La puerta se cerró mientras A
caminaba, lentamente, hacia la salida.
Sunday, April 6, 2014
La muchacha que camina.
Comencé a escribir un cuento sobre un hombre que estaba agonizando en la cama de un hospital y recordaba cosas del pasado. Era una narración que no me dejaba satisfecho. Lo leí varias veces, pero no me convenció.
El enfermo escuchaba los sonidos circundantes, las voces, no abría los ojos; ¡pero quería recordar! Borré todo lo escrito, molesto conmigo mismo.
Digo "molesto conmigo mismo" pero, pensándolo mejor, fue por no poder lograr la, o las imágenes que rondaban en mi memoria hace ya más de cuarenta años. Porque aquel hombre que moría, pensaba lo que yo pienso.
¿Sería por ese motivo tan malo el cuento? No precisamente. Era, simplemente, mi imposibilidad de reflejar claramente recuerdos ambiguos, adulterados por el tiempo.
El hombre recordaba una tarde en La Habana. Más bien, las imágenes que describía el relato comenzaban allí, en el centro mismo de la ciudad. Pero él regresaba en un ómnibus después de estar todo el día en una playa. ¿Dónde quedaron el mar, la arena, el sol, los cuerpos casi desnudos? Todo ese tiempo ha sido borrado. Las descripciones comienzan en el instante en que la guagua se para en una de las calles abarrotadas de gente, y ve a una muchacha caminando.
Si nombro la arena, el sol, los cuerpos, etc., es solo porque, como dije antes, aquel hombre pensaba lo que yo pienso. El personaje del cuento desafortunado no era yo, solo tenía de mí, "sus" recuerdos. Pero cuando esos recuerdos surgían dentro del cuarto de un hospital, se desmoronaban, se hacían débiles, no lograban la belleza o la magnitud de los míos.
Es difícil que la imagen de una muchacha caminando bajo los portales de una vieja ciudad se mantenga viva por cuarenta años. Rectifico: no es difícil, porque la imagen misma sí ha estado rondándome todo ese tiempo. Lo difícil es lograr que surja, tan simple, tan inesperadamente linda, como aquella tarde en que tuve la visión fugaz de una muchacha caminando bajo los portales de una vieja ciudad.
Sin poder mover un solo músculo del cuerpo, el hombre (joven ahora, transportado por la memoria) se inclina hacia la ventanilla y sigue a la mujer con la vista. Recuerda el vestido que ondulaba al compás de sus pasos. ¿De qué color era? No logra recordar ese detalle. Llevaba el pelo suelto y una cartera de cuero con flecos que cuelgan.
¡Ah, aquella cartera! El hombre sonríe. Yo sonrío.
La imagen de la cartera lo traslada hasta Soroa. Estando allí, años después, en su luna de miel, gasta la mitad del dinero que llevaba para comprarle una similar a la mujer con quien acaba de casarse. Las fotos de los dos están guardadas en una gaveta. La cartera, que acompaña el recuerdo de la muchacha caminando, está plasmada en una de aquellas fotografías olvidadas.
El cuento ya no existe. Dos pequeños pasos en la tablet: un click sobre las palabras "Yes, Delete" y desapareció.
El hombre que agoniza se siente inmensamente cansado. El cuerpo le pesa, y a la vez no puede evitar la extraña sensación de estar flotando. Se confunde, quisiera saber si es de día. Trata de recordar el color del vestido. ¿Azul? ¿Será ahora de noche?
La muchacha camina distraída, observando sus propios pasos. Levanta una mano y se alisa el cabello, más bien hunde en ellos los dedos suavemente, lentamente, como una caricia. Con un gesto infantil, inseguro, hace un mínimo (casi imperceptible) movimiento y gira la cabeza hacia un lado.
La cartera va chocando al ritmo de sus pasos contra la cadera. El vestido se mece, la abraza, danza. Después se pierde entre la gente.
Es de noche, el hombre, mientras agoniza, cree percibirlo, porque todo es tan oscuro...
El enfermo escuchaba los sonidos circundantes, las voces, no abría los ojos; ¡pero quería recordar! Borré todo lo escrito, molesto conmigo mismo.
Digo "molesto conmigo mismo" pero, pensándolo mejor, fue por no poder lograr la, o las imágenes que rondaban en mi memoria hace ya más de cuarenta años. Porque aquel hombre que moría, pensaba lo que yo pienso.
¿Sería por ese motivo tan malo el cuento? No precisamente. Era, simplemente, mi imposibilidad de reflejar claramente recuerdos ambiguos, adulterados por el tiempo.
El hombre recordaba una tarde en La Habana. Más bien, las imágenes que describía el relato comenzaban allí, en el centro mismo de la ciudad. Pero él regresaba en un ómnibus después de estar todo el día en una playa. ¿Dónde quedaron el mar, la arena, el sol, los cuerpos casi desnudos? Todo ese tiempo ha sido borrado. Las descripciones comienzan en el instante en que la guagua se para en una de las calles abarrotadas de gente, y ve a una muchacha caminando.
Si nombro la arena, el sol, los cuerpos, etc., es solo porque, como dije antes, aquel hombre pensaba lo que yo pienso. El personaje del cuento desafortunado no era yo, solo tenía de mí, "sus" recuerdos. Pero cuando esos recuerdos surgían dentro del cuarto de un hospital, se desmoronaban, se hacían débiles, no lograban la belleza o la magnitud de los míos.
Es difícil que la imagen de una muchacha caminando bajo los portales de una vieja ciudad se mantenga viva por cuarenta años. Rectifico: no es difícil, porque la imagen misma sí ha estado rondándome todo ese tiempo. Lo difícil es lograr que surja, tan simple, tan inesperadamente linda, como aquella tarde en que tuve la visión fugaz de una muchacha caminando bajo los portales de una vieja ciudad.
Sin poder mover un solo músculo del cuerpo, el hombre (joven ahora, transportado por la memoria) se inclina hacia la ventanilla y sigue a la mujer con la vista. Recuerda el vestido que ondulaba al compás de sus pasos. ¿De qué color era? No logra recordar ese detalle. Llevaba el pelo suelto y una cartera de cuero con flecos que cuelgan.
¡Ah, aquella cartera! El hombre sonríe. Yo sonrío.
La imagen de la cartera lo traslada hasta Soroa. Estando allí, años después, en su luna de miel, gasta la mitad del dinero que llevaba para comprarle una similar a la mujer con quien acaba de casarse. Las fotos de los dos están guardadas en una gaveta. La cartera, que acompaña el recuerdo de la muchacha caminando, está plasmada en una de aquellas fotografías olvidadas.
El cuento ya no existe. Dos pequeños pasos en la tablet: un click sobre las palabras "Yes, Delete" y desapareció.
El hombre que agoniza se siente inmensamente cansado. El cuerpo le pesa, y a la vez no puede evitar la extraña sensación de estar flotando. Se confunde, quisiera saber si es de día. Trata de recordar el color del vestido. ¿Azul? ¿Será ahora de noche?
La muchacha camina distraída, observando sus propios pasos. Levanta una mano y se alisa el cabello, más bien hunde en ellos los dedos suavemente, lentamente, como una caricia. Con un gesto infantil, inseguro, hace un mínimo (casi imperceptible) movimiento y gira la cabeza hacia un lado.
La cartera va chocando al ritmo de sus pasos contra la cadera. El vestido se mece, la abraza, danza. Después se pierde entre la gente.
Es de noche, el hombre, mientras agoniza, cree percibirlo, porque todo es tan oscuro...
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