Saturday, February 15, 2014

La Habana para mí


En la sección Séptimo Día de el Nuevo Herald de hoy, sale todo un recuento, con fotografías incluidas, de la inauguración, en Buenos Aires, la capital Argentina, de una sucursal de La Bodeguita del Medio.
Si el periódico publicara cada restaurante argentino que se abre en esta ciudad, sería más o menos así:
Desde el sur del continente, el restaurante El Gauchito traerá a nuestra variada gastronomía el placer del bife y los demás cortes de carnes que han hecho de la cocina argentina una exquisitez en las mesas más sofisticadas alrededor del mundo...
O podría ser este:
Boca, el restaurante donde iban, en las soleadas tardes de verano, Jorge Luis Borges y su inseparable esposa María Kodama, abrió una sucursal en esta ciudad de Miami que enriquecerá aún más el amplio universo gastronómico del sur de la Florida.
Estas ideas tan rimbombantes me llegan  cuando leo que, usando la figura de Hemingway, abrieron una sucursal aquí y ahora otra en el cono sur. Es "my mojito at La Bodeguita; my daikiri at La Floridita", pero servidos en vasitos desechables de papel.
El uso del pasado. El picadillo molido. La máquina dando vueltas, y nosotros echando adentro la patria perdida, el pueblo con calles de tierra, el bohío, el honor, la bandera, los héroes. Muele que muele la máquina y adentro van los recuerdos, las ideas caducas, la hipocresía patriótica, la chusmería, la rumba, la ignorancia, los zapatos plásticos.
Hay cosas que molestan, y hablar sobre ellas, mucho más, porque la mayoría de la gente se cree, o es, muy sensible. La mayoría es patriota, política, retrógrada. No por eso voy a dejar de decir lo que pienso.
No es solo El Versalles el punto más neurálgico de la politiquería de sorbitos de café de este pueblo. Son los escritores, los poetas (¡ay, los poetas me ponen los pelos de punta!) los blogueros. ¿Han leído algún  blog escrito por cubanos? Salvo rarísimas excepciones, todo gira en torno de Fidel Castro, Raúl Castro, de la patria, de los atropellos, de los disidentes, de la policía cubana, del chivato, del capitán que hizo esto o aquello, todos viven mirando hacia la isla, recordando al Ché, a los Comités de Defensa, a la miseria y ahora también a Venezuela.  Y los libros publicados, en su mayoría: lo mismo de lo mismo. Las noticias de los canales locales; el picadillo: más carne para moler. El consumo a granel de lo que criticamos y adoramos al mismo tiempo. Del lastre que llevamos como una marca indeleble.
Es como estar parado en el andén mirando cómo se nos va el tren, disfrutándolo.
Voy a tratar de contar una anécdota que me tocó vivir hace unos días y que, aunque no tiene (aparentemente) nada que ver con lo que dije antes, sí ilustra de cierta manera una mentalidad ignorante, soldada a ideas caducas.
Estaba en una oficina para la inscripción del Obamacare. La mayoría de los cubanos ven, en esta nueva ley, un paso más al comunismo, que es la única meta que tiene el presidente en su agenda, y se aterrorizan ante los cambios en el sistema de salud.  Mi madre, por ejemplo, está convencida de que el presidente Obama es un alumno más de Fidel, y que con este nuevo proceso acerca  a este país a sus nefastas consecuencias.
Volviendo al tema: mientras hacía mis trámites, escuchaba en el cubículo de al lado a un hombre de unos sesenta años que montó en cólera cuando le pidieron su email y su password,  que es un detalle imprescindible para la aplicación. El señor, casi gritando, maldecía al presidente y a los demócratas que estaban llevando al precipicio a los Estados Unidos.  Una muestra de ello era que antes no existían esos líos con emails e internet y todo era mejor, hasta que llegó (repetía constantemente), este presidente. 
Más o menos por ahí iba su discurso.
Resumiendo: le crearon un email y fue aprobado para la ayuda; no tendrá que pagar absolutamente nada mensualmente, solo cinco dólares por la consulta médica, diez dólares si requiere de un doctor especialista, y cero deducible, mas cinco dólares las medicinas genéricas.
El señor terminó consternado, molesto, buscando mentalmente la trampa oculta de los izquierdistas del gobierno, y  pensando que de todas formas, antes las cosas sí eran mucho mejor.
Otra anécdota. Tenía un compañero de trabajo que visitó la isla y grabó varios videos de su pueblo en la provincia de Las Villas, y después un recorrido en auto por las calles de La Habana, mientras mantenía una conversación con "el chofer de la máquina y guía" sobre los lugares por los que pasaban. Me prestó los CDs y le pedí permiso para quedarme con una copia, y lo aceptó.
Cruelmente, descarté todo lo relacionado con las imágenes del campo que no tenían nada que ver conmigo, y solo dejé el recorrido por la ciudad. Pero ahí no acabó todo;  puse las voces en off, y sobre ellas grabé algunas canciones de Pablo Milanés, Carlos Varela y Pedro Luis Ferrer.  A "mi película" la convertí en un largo poema nostálgico, con hermosas canciones de la trova. La titulé "La Habana para mí", y comenzaba con una descarnada frase de Guillermo Cabrera Infante: "De Cuba, solo La Habana me concierne".








Sunday, February 9, 2014

El diario (sexta parte)


En la última entrevista con el doctor aproveché la pregunta de siempre:
─ ¿Cómo te van las cosas, hay algo que desees pedir, algo más que decirme?.
Ahí fue cuando no lo dejé terminar:
─ Sí, quiero. Quiero que me permitan tener mi computadora ─ contesté rápidamente.
Ya me había dado cuenta que la palabra computadora no le hace bien al doctor. No lo entiendo. Y no lo entiendo porque él mismo es una de las personas que no dejan la computadora, ni siquiera cuando está hablando conmigo, porque el doctor pregunta y escribe, aun antes de recibir mi respuesta. Hace una pregunta y apenas levanta los ojos de las teclas. Por eso no comprendo su aversión por la palabra computadora.
Salí de su oficina más desolado que cuando entré, ya que sin estar completamente seguro, tenía la esperanza de que esta vez me diera una respuesta precisa. Pero todo quedó en el aire.
Analizando en conjunto lo que hablamos el doctor y yo puedo llegar a una conclusión muy simple: mi mujer es la que está de acuerdo con él para que me niegue la computadora.
¡Claro, si se lo veo en la cara!
Es ella la que no quiere. He tratado de mirar a los ojos de mis hijas para comprobar si están involucradas en el plan de mi mujer y el doctor, pero no he podido, porque no levantan la vista de sus celulares ni un solo segundo. Espero que no sean partícipes de este complot.
De mi madre no estoy seguro de nada, porque le tiene fobia "al aparatico ese", y considera que todo lo relacionado con él es perder el tiempo y la salud. Pero no creo que piense mucho en eso.
De todas formas las cosas tienen que venir poquito a poco y tengo mucho tiempo para pensar sobre eso.
La medicina que me están dando me mantiene en un estado de tranquilidad casi perenne. Ya no puedo dejar de tomarla  porque uno de los escaparates descubrió mi truco y ahora se queda frente a mí, hasta que me trago la pastilla y el vaso de agua y después me revisa la boca, debajo de la lengua, las encías y hasta la campanilla. Por una parte es bueno, pero siento que me cuesta trabajo pensar. Cuando una cosa esta ahí al frente mío y comienzo a analizarla, como por ejemplo, la guerra que están librando mi familia y el doctor, me cuesta concentrarme, crear un campo de batalla para contrarrestarlos.
Es extraño, lo reconozco. Algunos recuerdos se mezclan y se interponen unos a otros.
En este recuerdo, veo claramente al doctor sentado en su buró, detrás de sus monitos, escribiendo en el teclado.
En otro, bailan las imágenes de muñequitos que veía en la televisión cuando era un niño.
Después, lentamente, viene otro recuerdo:
Creo que es Donald Duck.  Por algún motivo es atacado por mosquitos gigantes. Los insectos tienen cara de enfado. El doctor escribe algo, muy concentrado, en la computadora  mientras el enjambre de mosquitos, en picada, se abalanza contra el pato. Una mano le baja el pantalón azul y se le ven unas nalgas rosaditas como las de un bebé, y hacia ellas van, como kamikazes, los mosquitos.
Una y otra vez vuelan hacia el culo de Donald Duck, en picada mortal, los mosquitos. Y una y otra vez, antes de que golpeen o piquen la nalguita rosada de bebé, veo a los monitos sobre el buró del doctor que, horrorizados, se tapan los ojos, los oídos y la boca, y me distraigo con ellos, y me olvido de lo que estaba pensando.
La pastilla que me dan se llama Zyprexa.  María, después de suplicarle por días enteros, terminó diciéndomelo. Necesito saber sobre esa medicina, pero es muy difícil, ya que no tengo acceso a ninguna información. Pero voy a lograr saber algo.
Ahora solo necesito que me visiten mis hijas.




Saturday, February 8, 2014

34


Hace 34 años, caminaba unas siete millas para llegar a la casa de una mujer y acostarme con ella. Pero 34 años atrás yo era otro y cometía diferentes estupideces. Dije "diferentes estupideces", por eso le explico al lector más inteligente (que son todos los que me leen, por supuesto) que continúo cometiendo millares de imbecilidades, menos la de caminar siete millas para ver a una mujer desnuda, por varias razones:
1-Estúpido soy ahora, en aquella época solo era joven.
2-Tengo un carro y cien libras adicionales, adquiridas como regalo.
3-No hay ninguna mujer que me espere a siete millas (dentro de mi casa tampoco; mi esposa me espera solo para que la acompañe a hacer las compras o para que limpie el polvo de los muebles de la sala).
4-Con la experiencia adquirida, considero que tanto esfuerzo sería en vano, y no existe fémina alguna que me haga realizarlo, ni mujer que reclame algo semejante de mí.
5-Las mujeres por las que sí haría el esfuerzo, jamás me tendrían en cuenta.  Esto me costó tiempo entenderlo, pero chocando con la misma piedra una y otra vez, un día lo aprendes.
6-Y por último, voy a ser muy sincero: si camino siete millas y logro llegar (supongamos que los milagros existan) a los brazos de la mujer que me espera, solo atinaría a balbucear entre babas y sudoraciones una sola palabra: ¡llamaalnueveoncequememuero!, o si habla inglés: callnineoneoneplease!
Porque pensándolo bien, como dice el tango, veinte años no es nada, y tiene toda la razón, pero cincuenta y cuatro, ya son otros veinte pesos.
Tampoco debo ser tan pesimista. Con la edad he adquirido algunas experiencias. Por ejemplo: friego la loza ahora mejor que antes.
No mando a cagar a mi jefe cuando me jode más de lo normal. Ahora lo mando a cagar bajito, de boca para adentro, y eso es sabiduría. Otras veces me cago en su madre, depende del día, y eso es estar encojonado.
Ya sé poner sin ayuda las sábanas, y enganchar esa parte que va hacia abajo en las esquinas del colchón. Antes mi mujer lo hacía conmigo, pero ella ahora no puede (las experiencias no son iguales para todo el mundo), y lo hago solo. Ella me adora cuando ve que me supero cada día más. Casi todo tiene su recompensa.
Le echo el pan viejo a los patos que conviven junto al lago (antes lo tiraba a la basura y eso dicen que es pecado). Ahora, cuando abro la puerta de la casa, tengo treinta y ocho patos esperando por mí, y setenta y tres cagadas.
Ya no le cuento a nadie sobre el libro que estoy leyendo. Así que cuando escribo algo y, por supuesto, plagio alguna idea o el tono de lo que leí, no se dan cuenta. Los que sí se dan cuenta no me lo dicen, imagino que por el temor de que les responda que ellos también hacen lo mismo y no los acuso de nada. Los escritores somos muy sensibles.
Algo que sí he aprendido bien es a limpiar muy mal los baños de la casa. Mi mujer lleva veinte y tres años enseñándome y siempre lo hago peor: el lavamanos termina con manchas de detergente, al toilette no le paso el cepillo, la bañadera queda sin enjuagar, no levanto las alfombras, y dejo los espejos salpicados de agua sucia. Es toda una técnica adquirida. Mi mujer limpia los tres baños; en eso, ella sí se ha superado.
Ya no discuto sobre la economía de la casa (comprendí que era como hablarle a una lámpara). El dinero está mientras alcanza, cuando ya no alcanza, hago silencio y disfruto de la mejor merienda posible, después eructo y veo la telenovela brasilera. Un sandwich con papitas fritas calma una multitud de problemas.
34 años atrás, hacía cosas diferentes a las que hago ahora, y ya no soy aquel que caminaba las siete millas.
Hace ya todo ese tiempo que llegué de Cuba, y no estoy seguro si recuerdo o me invento lo que allá hacía.


Sunday, February 2, 2014

Justin Bieber, Julio Iglesias Jr. y Bill Gates

Sería un insulto comparar a Justin Bieber o a Julio Iglesias Jr. con el fundador de Microsoft, Bill Gates. Pero los tres nombres aparecieron, el mismo día, en el mismo periódico aunque, por supuesto, sin relación alguna entre ellos.
Tres diferentes noticias:
La del cantante de origen canadiense, ocupando una página entera, con la repetición de los pormenores de su arresto en Miami Beach, el color del auto de lujo involucrado en una carrera ilegal, las drogas, el alcohol que había consumido, las fans en estado de histeria,  y también, el segundo  arresto de la estrella, llegando a su país natal acusado de violencia contra un chofer de limusinas.
La otra noticia es que Julio Iglesias Jr. comenzó a grabar un reality show sobre su "vida loca". Que conste que lo de vida loca no es mío. El propio artista llamó así a su vida: vida loca. Vamos a saber los pormenores de su relación con Julio Iglesias padre, los muebles de sus casas, quién lo acompaña en la  discoteca de moda, la marca de su ropa , sus viajes, el bote para las fiestas, los autos, el perro, y el champú que usa para  mantener, de esa  formidable manera, su negra cabellera.
Y por último, una entrevista que tuvieron en NY, Bill Gates y el periodista mexicano Jorge Ramos. Gates responde a la pregunta sobre el monto de su fortuna: más de 70 mil millones. Ha donado, por medio de la fundación creada por él y Melinda Gates, su esposa, más de 28 mil millones, que han salvado 8 millones de vidas alrededor de todo el planeta. Pero, sus críticos lo acusan (lanza la pregunta el periodista) de ayudar a países donde hay dictaduras. Su respuesta es contundente:
"Yo me metí en  esto con toda libertad, y doy mi dinero de la manera que yo quiero",..."el dinero está bien gastado, a pesar de la corrupción".
Sigue diciendo Gates al entrevistador:
"La corrupción ocurre en todos lados, incluyendo Illinois y Nueva Jersey;  es como un pequeño impuesto y todos los programas de gobierno están sujetos a eso".
El chairman de Microsoft es optimista. Según él, "en los próximos 20 años habrá ya muy pocos países muy pobres y de bajos recursos".
Continúa nombrando los programas de vacunas, cuidados de salud, redes sociales, educación, comunicación, agricultura y transporte. Tiene otros 70 mil millones de dólares para invertir antes de morir; esa es su mayor convicción y su meta.
Aquí hago un paréntesis, porque recuerdo un video que corrió por internet, donde se veía a una mujer que lanzaba un cake a la cara de Bill Gates en protesta por el monopolio que había creado Microsoft en el mundo. Hoy veo ese pastel proyectado y dando en el blanco, y trato de imaginar a los 8 millones de personas que en países democráticos o con dictaduras oscuras y retorcidas han logrado mejorar, de alguna forma, sus vidas.
Estos tres nombres, como dije al principio, se nombran, el mismo día, en el mismo periódico. Tres nombres. Tres...


Saturday, February 1, 2014

La tribu, el hada y la galeria.


Era un verano intenso y fuimos a Naples a llevar a los niños y a disfrutar del mar. Toda una pequeña tribu: Nataly, Rosy, Gianna, Jonathan, Mariana y yo. Rosy, inquieta como siempre, impredecible; Gianna, pequeña, extrañando a los padres que estaban de vacaciones en NY hacía una semana y la dejaron a nuestro cuidado;  Nataly, distante de todos, como una reina, y Jonathan, callado, molesto, introspectivo porque lo arrancamos de sus juegos electrónicos.
Recuerdo varias cosas de aquel paseo. Una de ellas fue la sensación que sentí al cargar un pequeño caimán, y cómo era de suave su piel en la barriga y lo indefenso que parecía. Otra, las broncas constantes de los muchachos por ver determinada película en el televisor del carro, por unas papitas de paquete, porque una quería ir a un parque y la otra al zoológico, una quería helado y Jonathan pizza, porque una le pegó a la otra (el tormento común de tener niños; la insondable vida familiar). Y lo que más recuerdo es una galería de arte.
Salimos todos del mar.  Todos ayudaban llevando algo: Mariana, agarraba de la mano a Gianna, Nataly y Rosy, una toalla cada una y Jonathan, la sombrilla. Yo, por mi parte, cargaba dos sillas plegables, la nevera, una bolsa con cucharas desechables, servilletas, protectores para el sol, palitas de colores, dos cubos, moldes en formas de castillo,  de carrito,  de peces, de estrellas, pelotas desinfladas, chancletas, los celulares, la cámara fotográfica, las llaves del carro, los caracoles, piedrecitas y conchas que habíamos colectado, los pañales desechables de Gianna, pomos de leche, cremitas para el culo, mayonesa, mostaza, compotas, residuos de galletas, los espejuelos de sol que Mariana se compra y después no usa, el libro que, iluso de mí, pensé leer en la arena.
Habíamos dejado el carro a unas cuadras de distancia, cansados de dar vueltas para encontrar un espacio donde aparcar. Íbamos de regreso en su busca, cuando pasamos por el frente de una galería que exhibía unos muñecos espantosos en forma de payasos con pelotas de colores, payasos en paracaídas, payasos montando bicicletas, payasos tristes, alegres, idiotas, payasos y más payasos.
Cuando Rosy y Gianna vieron aquellos engendros, quedaron catatónicas, emocionadas, paralizadas ante tanta belleza colorida, y sin más, vi a toda mi tribu empujando la puerta de cristal y penetrando en ella como una manada de búfalos.
Como pude, dejé en la acera las sillas, las chancletas, la bolsa, y entré, sacudiéndome antes un poco de la arena que cubría mis piernas. Ya adentro, comprobé que era una galería sofisticada, y que además de payasos, había peces de cristal, tortugas de cristal, manatíes, manadas de manatíes de cristal, garzas, patos, boas, cocodrilos de cristal, toda la fauna de los Everglades en diferentes tamaños y tonalidades. Quedé anonadado ante todo aquel espectáculo cristalino, expuesto en armarios con luces y detalles exquisitos.
Por supuesto, no habían pasado tres segundos de nuestra inmersión en aquel universo brillante y delicado cuando apareció, como un hada alada de alguna dimensión desconocida, una hermosa mujer, toda vestida de negro, que con cara de terror y una sonrisa que parecía un grito contenido, nos preguntó qué deseábamos.
Mientras el hada hacía la pregunta, por encima de su susurrante voz, se escuchaban los alaridos de Nataly porque Rosy casi tiraba al suelo al payaso que montaba bicicleta, y más allá, al fondo, Gianna pedía a gritos, que le compraran  el que llevaba en una mano varios globos de colores. Mientras, Mariana trataba de explicarle, sin éxito, que aquello valía más de tres mil dólares.
Por un instante, como si mirara todo en cámara lenta, tuve la visión real de mi querida tribu: sucios de arena, chorreando agua salada sobre el suelo impecable, hablando a gritos un inglés-español-hialeah-poey-jaimanitas, vi las carísimas  figuras amenazadas por manos y pies descontrolados, y los ojos suplicantes, grandes, azules, aterrorizados del hada vestida de negro.
Con la voz quebrada y el acento del Boston más civilizado, me explicó (los demás deambulaban a su antojo entre las piezas en exposición) que por favor, cuidara que los niños no rompieran alguna cosa. Yo, automáticamente lo traduje mentalmente a un idioma más familiar, más natural, digamos: ¡por favor, recoja a todos esos animales salvajes y lárguense de aquí!
Siempre me sucede que ante una mujer hermosa me pongo gago y parezco aún más imbécil. Balbuceé algunas palabras de excusa con mi inglés terrible, y salpicando arena y amenazándolos a todos, logré, después de largos minutos de batalla, sacarlos de la galería.
Mientras volvía a recoger de la acera la bolsa, las chancletas, las sillas plegables y la nevera, pude ver cómo el hada vestida de negro corría hacia  la puerta,  pasaba el seguro, y sin mirarme, apretando los labios, colgaba un cartel  con una cadenita dorada, al pomo de la cerradura, que decía: "Sorry, we are closed".  


Sunday, January 26, 2014

Cerrado


Hace más de un año, o dos (ni siquiera recuerdo bien el tiempo transcurrido) cerraron para siempre, en Coral Gables, un restaurante que fue para nosotros (mi mujer y yo) un punto predilecto en nuestras escapadas para dejar atrás, por unas horas, las obligaciones cotidianas.
Solíamos viajar desde el otro extremo del condado, casi siempre con una sensación agradable, que, aunque no se nombrara, nos remontaba a la época ya tan lejana de cuando nos conocimos y recorríamos las calles y los rincones de la ciudad, jóvenes, asombrados, enamorados.
Entre platos con curry y otros sabores intensos, conversábamos, hacíamos planes, contábamos anécdotas y criticábamos a casi todo el mundo. Una tarde, al llegar, leímos un cartel en la puerta que decía "cerrado".
Volvimos a la casa con un sentimiento de pérdida que no se evaporó por mucho tiempo. Nos sentíamos huérfanos, no solamente por la pérdida del lugar clausurado, sino porque una parte de nuestra historia pertenecía a ese restaurante.
Hoy leí en el periódico un artículo sobre una exclusiva tienda de muebles de diseñadores que por cincuenta años subsistió cerca de nosotros, y que cerraba definitivamente sus puertas. Personas de todo el país (dice la noticia que incluso, de otros países) asistieron a la clausura angustiados ante la desaparición de un lugar tan especial para ellos.
Puedo entenderlos por mi propia experiencia. Pero perder es parte del proceso.
La realidad es que fue el artículo del periódico lo que provocó que comenzara a escribir todo esto. Me quedé pensando en aquel período ya tan lejano y me asaltaron las ideas y algunos recuerdos.
Ya el restaurante clausurado en Coral Gables se ha perdido en mi memoria. No es que no recuerde nada de aquella época (de hecho, es por recordarla que estoy escribiendo) sino que lo que importó en otro momento, dejó de tener sentido, pasó a otro nivel.
Por ejemplo: desde que llegué a este país, mantuve una correspondencia postal con mi madre que aún me produce asombro por la cantidad de cosas que nos decíamos al escribirnos tan regularmente. Hoy no sabría mantener una conversación de quince minutos seguidos con ella (preguntar cómo te sientes, cuándo vas al doctor otra vez, o cómo está mi hermana, no dura más de tres minutos).
El que lea esto, creerá que soy o me he convertido en una especie de monstruo insensible. No es así, precisamente, aun cuando una tarde arrojé la vieja maleta donde guardaba todas sus cartas a la basura.
Siempre me ha gustado coleccionar objetos de arte. En todos mis viajes compro algo que después adorna de alguna manera un rincón de la casa. Son piezas que significan una historia, una época y muchos recuerdos.
Viví hace muchísimo tiempo con una mujer que al irse de la casa, me pidió o me exigió, no lo recuerdo muy claramente, compartirlo  casi todo. Como lo más importante para mí era terminar con aquello, le permití llevarse lo que quisiera. Cuando regresé, mi colección de piezas prehispánicas, mis íconos mayas, incas y aztecas, habían desaparecido. Al día siguiente lo olvidé todo (reproducciones incluidas).
Con el paso de los años, continué coleccionando hasta que paré. Ya no lo hago por varias razones. La principal de todas es que no me produce la misma alegría que antes el poseer otra máscara africana, o una cerámica olmeca. Las otras son más realistas: falta de espacio, tiempo y sobre todo, dinero.
Así pasó con el querido restaurante que tantos recuerdos albergaba: lo sustituimos por otro (si no igual, muy parecido). Ahora, cuando lo visitamos, disfrutamos del canal con iguanas que tiene al fondo y llevamos a Rosy, que adora la comida hindú. A Nataly, antes de llegar, le compro chicken nuggets y papas fritas, porque no le gusta otra cosa, y así compartimos la misma mesa.
En ese nivel estamos ahora.


Saturday, January 18, 2014

Weekend


Durante toda la semana acaricié los deseos de llegar al viernes y no tener nada que hacer: vegetar, flotar por toda la casa entre el sofá, la TV, el libro en la tablet, buena comida y nada más;  no afeitarme, sin calzoncillos, caminando en plantillas de medias, rascándome despreocupadamente. Cada minuto que pasaba me acercaba a los dos días del pobre, a las horas sin obligaciones, al tiempo vacío, para el ocio, para la acumulación de grasa y colesterol. Mis planes eran no tener planes, "tal vez soñar".
Pero ya es algo sabido de todos que una cosa es lo que se desea y otra lo que viene. Es como si existiera un ente, una fuerza oscura que se burla calladamente, sonríe jijijiji, mientras uno sueña. Yo me hacia ilusiones por un lado, y el oscuro se burlaba de mí por el otro:
─ ¿Qué es lo que pretendes, imbécil? ─ susurraba mientras me observaba, y yo, que a veces me confundo, lalalala, de lo más contento.
Puse sobre la meseta de la cocina el Malbec argentino que había comprado para esta ocasión, busqué  la caja del abridor que me regaló mi mujer hace ya no sé cuántos años y que nunca uso (uso siempre el barato que compré en un supermercado). Estaban las carnes, el pollo deshuesado, los tomates rojos, las cebollas, todo listo para el carbón; la música que siempre escucho, la casa limpia, el polvo sacudido de los muebles.  Las niñas contentas alisándose los pelos con un aparato que me corta la respiración y ellas lo usan con tanta naturalidad (las niñas abarrotan los baños de la casa de cepillos, potes de pomadas, más cepillos de cerdas finas, cerdas gruesas, anchos, estrechos, rojos, negros, largos, más cortos, spray's, gomas para amarrarse el pelo, perfumes, montones de perfumes, lazos, presillas, cremas, más cremas), y en un rincón del lavamanos, mi cepillo de dientes, perdido entre toda la barahúnda.
Pero...¡ay!... mientras todo transcurría tan acariciadoramente, la cosita oscura se reía de mi, de mi casa, de mi entorno, nos vigilaba, y no escuché su jijijiji, tan atareado estaba, tan positivo estaba, tan liviano era todo, y él riendo bajito, gozando conmigo, frotándose las manos, las patas, jiji.
Nada fue lentamente, paulatinamente, como para prepararme, poder tomar un respiro, ir asimilando los golpes. Nada de eso. Jijijiji, sentí  detrás de la llamada de mi mujer, jijiji.
─ Hola, ¿cómo estás? ─ pregunto.
─ No muy bien ─ contestó ella. Jijiji, se escuchaba  a lo lejos ─ ¡¡¡La guagua está botando petróleo, mucho petróleo, borbotones de petróleo!!!! ─ comenzó a gritar.
Ese fue el primer golpe: petróleo, guagua, la escuela, mujer sola, los niños, el tráfico, y yo ¡en Pompano Beach!   Yo esperando un tren que no llegaba, y que por los altavoces repetían:
"El tren seis cero uno, con dirección al sur, está retrasado, veinte y tres minutos, esté atento para más información".
No eran veinte minutos, ni diecisiete minutos o diecinueve,  ¡eran veintitrés minutos!  Tres minutos que sonaban como  la risita malévola que fui escuchando sin darme cuenta hasta ese momento. Si hubiesen sido veinte minutos, ¡pero veintitrés minutos era demasiado!
Bueno, tómatelo con calma, histérico de mierda, gordo inútil, bueno para nada (me decía) mientras caminaba de una punta a la otra del andén. Y lo peor que sucede en estos casos es que las demás personas siguen hablando por teléfono como si tal cosa, se ríen, como si el mundo rotara  perfectamente, hacen chistes, miran a una mujer que contonea las caderas, comen papitas de paqueticos, fuman, se sacan los mocos. Eso es lo peor, porque para mí, en aquel momento, el mundo era una guagua que destilaba  petróleo,  y que tenía que llamar a una grúa y al mecánico, y yo que adoro a los grueros y a los mecánicos y a las piezas engrasadas de los motores y a las tuberías que brotan sospechosamente de todas partes de ese amasijo de hierro. Para mí el mundo se había reducido a un traste amarillo, siniestro, como un tanque de guerra que chorreaba, inservible, terrible, en una calle de Miami Lakes.
Ese fue el detonador, la risita mayor del siniestro que me vigila con ojitos juguetones. Pero, aún en contra de su voluntad, la guagua llegó al mecánico. ¡¡Ay!!!, un mecánico puede ser un dios, puede desprender un aura de colores pasteles  a su alrededor, cuando al fin, depositas en sus manos el armatoste (que para ti solo es el terror sobre ruedas), y te dice, con voz de mecánico (o sea, de un dios):
─ Déjala ahí, yo te llamo cuando esté lista.
Fuimos a las iglesias. A tres de ellas. Me quedo sentado, separando los olores, los murmullos, los ecos, y miro a mi mujer frente al altar, hablando bajito, pidiendo bajito. Adivino lo que está pidiendo, y no puedo evitar sentir ternura por ella que pide por nosotros, que deposita un dinero para el bienestar de la casa, por el trabajo.  Y, no sé, yo solo observo desde atrás, apartado, acurrucado en el banco de madera, hundido, inmóvil, viéndola prender una vela y otra.
Después, desconcertados, llevamos a las niñas a la casa de una amiga, donde iban a jugar, comer pizzas y ver películas. Bueno, decíamos, todo se va arreglar, el dinero va y viene, y esas boberías que siempre se dicen y que nadie cree realmente y... jijiji, otra vez la risita.
Llegué a una cuadra de la casa a donde nos dirigíamos y de pronto ¡plaf!, en la pizarra del carro se prendieron bombillitos siniestros señalando la batería, el aceite, los frenos, ¡todo!  El auto comenzó a perder fuerzas y no me abrían las puertas, no bajaban las ventanillas...
No voy a ser tan pedante explicando cada detalle de esas catástrofes electrónicas; el caso es que no sé cómo, logré llegar a mi casa, dos cuadras antes de que muriera mi adorado van blanco.
Saco cuenta: la guagua, rota, el van, muerto como una ballena impoluta, varada en una playa, y yo...bueno, yo, cagándome en la madre de todo lo que podía cagarme.
Cuando pude aparcar frente a mi casa y comunicarme y lograr alguna  ayuda y al fin cerramos la puerta de la calle y nos fuimos a la cama y nos miramos por un instante, ella me dijo:
─ Duerme tranquilo, mañana todo se arreglará.
Puse el despertador, me lavé los dientes y miré al techo.
─ Mañana será otro día, claro ─ le respondí con una sonrisa.