Saturday, September 13, 2014

Los peces muertos


Murieron nueve. Ocho neones y el blanquito que parecía un fantasma. Iban flotando, dando vueltas, chocando contra el cristal mientras las branqueas, lentamente, dejaban de moverse y las bocas buscaban la última bocanada de oxígeno. Después, en todos los rincones de la pecera, los pequeños peces muertos parecían recordarme lo que hice mal.
Cuando cambiamos el agua, cambiamos también el método que anteriormente nos había dado buenos resultados, y la culpa fue mía. Con un sistema muy ingenioso y fácil (lo conocí cuando comenzamos con la piscicultura, mientras buscábamos instrucciones en Internet) que se conecta a la pila del fregadero, succiono el agua y toda la inmundicia, después la vuelvo a rellenar directamente de la pila, con solo maniobrar una pequeña palanca de color azul. Para contrarrestar el cloro, echamos unas gotas de un producto que lo elimina y otro que equilibra el ph del agua (no me pregunten qué es el ph del agua, que es muy complicado). Pero esta vez no lo hice así. No se qué pasó. Me dediqué a recoger los instrumentos, a lavar el filtro, los troncos, separar las decenas de babosas que se reproducen como por encanto, y los peces murieron.
Trato de justificar mi error.
Recuerdo que desde hace varias semanas el agua potable que recibíamos de Biscayne Bay, no viene más. Ahora es de Hialeah y tal vez no haya sido tan pura como la anterior.
El nombre de Hialeah me trae recuerdos agridulces de cuando llegué de Cuba y viví algunos años en esa ciudad. Casualmente, mi primera vivienda era un efficiency mugriento (donde nos apretujábamos para subsistir dos amigos, la mujer de uno de ellos, y yo) que quedaba detrás de la planta purificadora de agua de Hialeah.
Como me siento molesto y culpable, trato de no pensar más en los peces que murieron y preparo un sandwich de jamón, queso, mayonesa y mermelada de naranja. Me acomodo con el plato desechable y una lata de jugo de guayaba en la mecedora de la terraza huyendo del frío glacial que impera dentro de la casa. Mientras voy tragando, decido la fecha exacta para comenzar una dieta. Olvidaré las comidas fritas, los dulces, el pan, las galletas. Voy a dejar todo lo que me gusta, y comeré manzanas, zanahorias, lechugas, yogures, tuna, sardinas, y todas las demás bazofias. Mientras más le doy vueltas en la cabeza a lo que me espera, me dan deseos de llorar, de cagarme en mi madre, de maldecir a todos los santos; pero sigo masticando, y termino de comerme el sandwich, que está muy bueno.
Y aquí estoy, meciéndome lentamente, recibiendo el sol implacable que dentro de muy poco me hará volver adentro, sin pensar en nada en particular, o más bien pensando en muchas cosas a la vez: en la telenovela brasilera, en el árbol que daba sombra y atraía a los pájaros, y ahora ya no están las sombras, ni los pájaros, ni el árbol, pensando en que tengo que llevar a Nataly a Kinkos para hacer varias fotocopias de colores que necesita para un proyecto de la escuela, que al bus escolar le están poniendo los forros de los asientos porque estaban hechos una calamidad, "que el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos", que cada día soporto a menos gente, que tengo miedo a morirme y no me cuido, que volví a leer El guardián en el centeno, de Salinger, y que no me pareció la gran obra que años atrás creí que era, que si tendrá algún sentido que escriba estas descargas inútiles, y aún peor: que después las envíe por email a otras personas, que la muchacha que caminaba con los perros se fue del barrio, que de Hialeah recuerdo dos cosas, un viejo artículo de Gina Montaner titulado Feísmo, y la otra es una madrugada manejando hacia la factoría, cuando en la radio Aznavour comenzó a cantar La Mamma, y que el cielo de aquella madrugada era de un color morado, y las nubes estaban bajas, apelotonadas, y un perro cruzaba la avenida, y lo seguí mirando mientras continuaba su camino, y yo me sentía muy solo.





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