Saturday, July 20, 2013

La verruga (segunda parte)


Anoche fue el final. Lo supe porque sí, por intuición. Me siento agotado. Es difícil estar días, semanas, meses, tratando de que no me descubran; pero lo logré. Fue dura la cuestión,  pero en casa todos siguen pensando  de mí lo mismo: que no sirvo para nada, que mi carro es una bola de churre, que no lavo el carro de mi mujer, que uno de los toilets se descarga solo, y a mí, ni fú ni fá; que pongo los platos con restos de comida en el dishwasher, que uso  el mismo par de medias  tres días sin echarlo a lavar, que tengo grasa en el pelo, que no boto la basura, que me quedo lelo mirando un punto inexistente, etcétera. No recuerdo todo de lo que me acusan diariamente, pero es lo normal; no hay ningún reproche que ya no conozca, y eso me da cierta seguridad. La familia es difícil, muy difícil. No me puedo descuidar, porque en la más mínima distracción, mi mujer o alguna de mis hijas (todas son iguales a la madre) detectarían algo diferente y eso sería mortal. Si dan la voz de alarma, se forma la debacle. Mi madre vendría gritando, pidiéndole a Dios y a la virgencita plástica de la lamparita que echa agua que me cure, que no deje que me pierda en los laberintos de la locura, que su sangre, fruto de su vientre que ha parido y sufrido a las otras dos (aquí se refiere a mis hermanas, que son tan o más peligrosas que ella) no sufran como ella sufrió por nuestro padre, etc.  Así seguiría por horas y horas. Mi madre es muy histrónica  y la única defensa que he logrado contra ella es no irle a la contraria, y sin protestar me trago todas las pastillas que me receta y que ya trae envueltas en paqueticos separados dentro de la cartera. Le tengo pánico, y por eso redoblo con ella todas las precauciones. Sé que fue mi madre la que metió a papá en Mazorra, allá en La Habana, y el viejo, sin poder defenderse, aterrorizado, vivió todo el tiempo perseguido por un dragón rojo que quería calcinarlo, hacerlo chicharrón con las llamas que le salían por la boca. Pobre viejo, todos estaban contra él, liderados por mi madre: médicos, enfermeras, loqueros abusadores, los vecinos, mis hermanas; hasta que perseguido por el hijo de puta dragón, se lanzó desde la azotea del edificio. Como ya no tenía a papá, mi madre se acordó de mí y sentenció: esto puede ser hereditario, hay que vigilar al niño. Y desde entonces, vivo así, vigilado, cuidado, analizado por todos, por mis hijas, por mi mujer, por mis hermanas, por el hermano de mi mujer que me recomienda miles de películas en blanco y negro, por mi suegra que tiene la idea de que los nervios se curan con frijoles colorados y boniatos asados, por el marido actual de mi suegra que quiere darme sesiones de hipnosis para que me comunique  telepáticamente  con Freud,  y por el padre de mi mujer que no dice nada, pero cuando puede me susurra misteriosamente al oído: cógelo suave, sin lucha, man;  y la mujer de su padre que me aconseja clases de ballet clásico,  específicamente  El lago de los cisnes,  para distraer mi mente y relajar el cuerpo. Pero yo, tranquilo. No por gusto llevo años ocultando lo que ellos querrían ver en mí. Comportándome como si no supiera, como si fuera un comemierda, un gil, los engaño a todos mientras creen que me tienen acorralado. Por eso anoche, cuando vi que de la verruga salía aquel bicho diferente, monstruoso, de color verde con patas largas articuladas y la cabeza negra y dentro de ella unos ojos rojos que me miraban con odio, me quedé quieto, esperando lo peor. El monstruo caminó por mi cara, pasó sobre mis ojos, buscó mi oreja y trabajosamente fue introduciendo sus patas delanteras dentro de la cavidad de mi oído y lentamente desapareció en él. Intuitivamente comprendí que ya todo había terminado y que no saldría nada más de la verruga. Uno se va conociendo con el tiempo. Después, más sosegado, regresé a la cama donde dormía, sin sospechar nada, mi mujer, y con un gran sentimiento de triunfo me acosté a su lado.  Nada lograrán contra mí; voy a burlar todas las trampas que han tendido a mi alrededor.  En el nombre de mi padre abandonado a su suerte, así será.


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