Saturday, March 1, 2014

Poema


Cuando los niños no están, los pasillos son anchos y las paredes vacías, sin ecos.
En las camas se acuestan las ciudades, las calles húmedas,
los sueños inalcanzables, la vida trunca.
Quedamos los dos hurgando en las gavetas,
buscando la ausencia,
las rabias,
los juguetes rotos.
El televisor es nuestro hoy, y el otro y el de arriba también es nuestro,
el sofá, las puertas, la palabra no interrumpida,
los bombillos, el polvo de los muebles,
mi cuchara preferida.
Hay un silencio en la casa y llamamos y preguntamos las mismas torpes
preguntas de siempre.
Recibimos los monosílabos conocidos,
las respuestas cortantes, el sonido de una risa.
Nos sentamos arropados por la colcha y después cuelas café con sabor a naranja.
Desde la cocina me dices algo que no comprendo
y asiento con un gesto ambiguo, esperando el ataque certero
del tigre en la pantalla.
Miramos los cuadros, las fotos de ellos,
los insectos congelados en sus cajas transparentes,
doblamos la ropa
yo tiro la basura
y volvemos al mismo sitio y nos miramos
pero esta vez no decimos nada.
Así quedamos un rato.
Me levanto para ir al baño.
Paso a tu lado, y acaricias mi mano
con una suavidad de veinte años,
y es suficiente.
En unas horas estarán de vuelta,
dices, y no sé si hablabas conmigo
o a la sombra que proyecta en la pared
la luz de la pequeña lámpara sobre la mesita.
En unas horas, respondo.
Y el tigre salta.

Miami, Febrero, 2014.

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