Saturday, April 12, 2014

A y B


En un almacén de la ciudad de X trabajaban, en el mismo departamento, dos hombres.
El hombre A, hacia el turno del día. Comenzaba a las 6:00 am y terminaba a las 2:30 pm, de lunes a viernes.
El hombre B, cubría el turno de la noche. Empezaba a las 12:00 pm y terminaba cuando todas las órdenes eran despachadas, de domingo a jueves.
A y B tenían diferencias en casi todo:
A era introspectivo, buscaba el silencio y la soledad, hablaba solo cuando le preguntaban y no tenía amigos en la compañía.
B era ruidoso, ponía la radio a todo volumen,  parloteaba constantemente y parecía ser amigos de todos los demás trabajadores.
A era blanco, B era negro.
A pensaba que B no era una persona de fiar. Observaba con desagrado la amistosa complicidad que mantenía con los supervisores y cómo, delante de ellos, aparentaba estar interesado en el progreso de la compañía.
B creía que A era un tipo amargado, que no terminaba su trabajo por estar mirando boberías en los libros y periódicos y además era perezoso, obeso, y no le preocupaba para nada la compañía.
A creía que a B le pagaban más que a él, sin merecerlo.
B pensaba que A recibía un cheque mayor que el suyo, y que eso era injusto.
Algo sí tenían en común los dos: mantenían el lugar de trabajo ordenado, limpio y cada cual respetaba las pertenencias del otro.
Una tarde, A y B, conversaron y rieron. La conversación de ese día, no trató sobre el trabajo: hablaron de mujeres, de comidas, de plantas y varias otras cosas.
A le contó a B la historia de una mujer que conoció hacia ya muchos años y que se parecía a la modelo de la foto, en el almanaque que colgaba de la pared.
B le mostró un video en su teléfono donde una joven se desnudaba y que además, era su amante, en Martinica.
B supo también que A coleccionaba cactus y A se enteró de que B era un cocinero aficionado, que preparaba recetas sofisticadas.
Después de aquella animada charla, regresaron al mutismo de siempre.
Cuando B llegaba en las tardes, encendía la radio a todo volumen y A se taponeaba los oídos, esperando con impaciencia la hora de irse a su casa.
Cuando A se iba, B se alegraba de no sentirse espiado por A.
Otro día, de los años que trabajaron juntos, tuvieron una acalorada discusión:
A tenia la responsabilidad de devolver a su lugar, según la numeración, todas las piezas que, por algún motivo, habían sido devueltas. Las acumulaba durante toda la semana, para el viernes, cuando tocaba hacer el inventario semanal, colocarlas todas de una sola vez.
Eso disgustaba a B, que deseaba que A lo hiciera diariamente y si llegaba alguna de las piezas en su turno de trabajo, la agarraba de donde estaba y la dejaba sobre el buró de A.
En la mañana, A tenia obligatoriamente que regresar la pieza al lugar de las devoluciones o buscar la numeración y su correspondiente localización.
A se sentía molesto con B.
B sabia que eso molestaba a A.
Pero, una de las veces, A, ya muy disgustado, tomó las piezas y las dejó sobre el buró de B.
Al coincidir los dos esa tarde, B pregunta el motivo de las piezas en su buró. A, estallando, contesta que las coloque en su lugar. B replica que ese no es su trabajo. A contesta que si B está tan interesado en el retorno diario de las piezas, que lo haga él entonces.
A le grita a B, B le responde con gritos a A.
Después de ese día, nunca más volvieron a dirigirse la palabra. Crearon un sistema de trabajo, donde sobraba el lenguaje hablado.
Todo siguió tan organizado como siempre y el departamento funcionando a la perfección.
Así se hicieron viejos, en silencio.
Pasaron los años y B se acogió al retiro.
A continuó un tiempo más, soportando a los que pasaron por allí, discutiendo por el desorden que dejaban, la suciedad, los errores y la desidia.
Entonces también le llegó el momento de retirarse.
Cuando ya habían pasado varios años, A y B, volvieron a reencontrarse.
A y su esposa, bajaban en el elevador del hospital, donde fueron a visitar a un familiar que estaba ingresado. Al llegar al lobby y abrirse la puerta, B esperaba para entrar.
Las miradas de ambos se cruzaron por un segundo, reconociéndose.
A salió del elevador, tomado del brazo de su mujer.
B dio un paso y entró. Después apretó el botón del sexto piso.
La puerta se cerró mientras A caminaba, lentamente, hacia la salida.



1 comment:

  1. Están tan bien definidas las características y maneras de actuar de los personajes que uno parece reconocer sus similares a través de nuestra vida. Resulta, por lo tanto, un relato agradable que sentimos cercano. Armando

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