Monday, May 6, 2013

Dos viejas cabezas




El sentimiento más profundo que me asalta cuando recuerdo a mi padre es la pena. No lo puedo evitar. Trato de sobreponerme, situarme por encima de ella y reconocer que ya tengo casi la misma edad que cuando dejó de estar, pero algo muy oscuro siempre fluye, irremediablemente, dejándome inseguro, vulnerable.
No nos conocimos mucho. Creo que era para él como una especie de paquete que alguien le entregó diciendo: aquí está, ahora cuídalo, porque te va la vida en ello. Y asombrado, como quien no se convence de lo que hizo,  me miraba crecer, distante y cruel, como suelen ser los adolescentes.
Ahora que dos de mis nietas se alzan y se distancian de los verdaderos amores, para entregarse al de la ilusión transitoria, enloquecida, que trae la juventud, pienso a cada rato en él. Ya dejé de preguntarme hace mucho tiempo si la influencia nefasta de mi madre logró que surgiera ese sentimiento, en algún momento, casi sin notarlo. Ya no juzgo nada. Solo veo pasar delante de mí todo esto que, para nombrarlo de alguna manera, llamo vida.
Anoche volví a soñar con papá. Lo veía esperando ansiosamente un ómnibus en un lugar que semejaba a una vieja y desolada estación de trenes. Creo que esto que escribo ahora es provocado por el recuerdo que me queda de ese extraño sueño. Estaba de espaldas a mí. Su cabeza, cubierta de canas, era mi cabeza y, delicadamente, la acaricié, con la misma sensación de torpeza e incertidumbre que sentía cuando estábamos juntos. Él se dio vuelta y, sin asombrarse de verme, como si hiciera mucho tiempo que me esperaba, me dijo: debo de estar en San Cristóbal antes de mañana. Su voz rezumaba seguridad y se iba repitiendo como el eco que choca contra las paredes de una cueva. Nos quedamos en silencio observando  una puerta abierta por donde veíamos pasar, lentamente, una antigua locomotora.
Después él ya no estaba y comencé  a llamarlo por mi celular, pero ningún número que marcaba lograba comunicarnos. Con una mano aferraba el teléfono y con la otra, marcaba los botones rojos, azules y blancos, del control del televisor. La locomotora se alejaba y yo trataba de "cambiarla" tocando desesperadamente los botones del control remoto.
Ahora sé que el día entero estará  dándome vueltas este sueño con la figura imprecisa de mi padre, esperando aquel ómnibus-tren que lo llevaría al pueblo deseado. La imagen de los dos, juntos, desconocidos, las cabezas idénticas. Como dos viejos en silencio.









4 comments:

  1. Y a mí que me gustan tus relatos cuando escarbas en tu interior, en tu pasado... Bien, Marco

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  2. Muy bonito. Poético.
    Armando

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  3. Como siempre, dices mucho con muy poco... Me ha gustado.

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