Sunday, November 4, 2012

El barrio: las hermanas putas



En el barrio  había una serie de personajes dignos de la literatura. Vivian sus vidas miserables y hasta cierto punto estrafalarias, por encima de los dogmas, las leyes y la estructura monolítica de gobierno, que era el sueño de los que aun tienen el poder en  ese país. Algo tenían en común, mirándolos ahora al paso del tiempo y la distancia insalvable que se creó entre  los que vivian allí y yo. Todos, sin excepción eran personas solitarias, apartadas la mayoría de las veces de grupos y vecinos y la locura, de una forma u otra, era parte de esas personalidades. Entre los muchachos que íbamos a la escuela se rumoraba con altos grados de morbosidad, mentiras y fanfarronería, las aventuras que cada uno de ellos habían tenido con Las hermanas putas. Así se le llamaba a dos mujeres que se pasaban el día, mirando y atrayendo desde la ventana de su miserable casa a todo el que caminaba  por la acera. Yo les tenía un miedo atroz. Escuchaba los cuentos de mis compañeros de escuela y sentía una mezcla de deseos, miedo y repulsión. La casa estaba frente al parque. Era de maderas,  desvencijada, sin pintura, inclinada como si de un momento a otro se fuera a desplomar. No importaba  el momento que pasara por allí, aquellas mujeres estaban en la ventana. Temblaba cuando me aproximaba de miedo y curiosidad. Las dos sonreían. Sus ojos eran pequeños, pero las lenguas inmensas. Reían y sacaban las lenguas y las movían fuera de la boca, mientras me decían cosas que yo, con el miedo y la prisa, no entendía. Después llegaba a mi casa sudando y atormentado por aquellas largas serpientes  que en mis sueños más secretos, recorrían mi cara y partes de mi cuerpo, viscosas y calientes. No recuerdo por cuánto tiempo seguí buscando excusas para pasar por el frente de aquella casa. Nunca hable con ellas, ni siquiera tuve en mi mente la posibilidad de que  me tocaran. Hoy, después de tantos años, me doy cuenta que siempre las he vuelto a ver (morbosas, sibilinas, repugnantes y deseadas secretamente) en el cine; entre personajes solitarios, maltratados, que utilizan mientras son utilizadas, buscadas por  muchachos encandilados por las hormonas y la aventura.  Las he visto en las calles de las ciudades que he visitado, en Pigalle, donde se abrían los sobretodos mostrando el cuerpo desnudo, mientras  pasaba rápido, de la mano de mi mujer, con la misma sensación de miedo y deseos de aquella época cuando  todavía era  un niño lleno de preguntas e inseguridades.  Todas esas mujeres han sido de alguna manera Las hermanas putas. Un personaje clave de  una  novela que  escribí hace más de veinte años,  es la mujer de un pobre  guajiro,  que se acuesta con jóvenes reclutas a cambio de una lata de leche o una toalla manchada, es secretamente pensado en aquellas mujeres, recreándolas a ellas y a  su  casa sucia, envejecida y miserable. Hoy, con cincuenta años vividos, las recuerdo y las exorcizo de la única forma que puedo, junto con el barrio y su locura, su miseria y también con mi vida.  Las hermanas putas, con sus lenguas de serpientes y sus ojitos pequeños me hacen revivir una época, un momento, que forma parte de mis  pasos  hasta hoy.


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